martes, 12 de agosto de 2014

Adiós, oh, capitán, mi capitán.

Robin Williams ha muerto. La policía sospecha que ha sido un suicidio por asfixia. Es extraño que alguien que ha realizado tantas comedias haya tenido este final. Supongo que no hay que confundir persona con personaje. Me recuerda al chiste de Watchmen: “Un hombre va al médico. Le cuenta que está deprimido. Le dice que la vida le parece dura y cruel. Dice que se siente muy solo en este mundo lleno de amenazas donde lo que nos espera es vago e incierto. El doctor le responde "El tratamiento es sencillo. El gran payaso Pagliacci se encuentra esta noche en la ciudad. Vaya a verlo. Eso lo animará". El hombre se echa a llorar. Y dice "Pero, doctor... yo soy Pagliacci”

Tenía quince años cuando vi “El club de los poetas muertos” y descubrí la famosa expresión carpe diem. Pero no presté mucha atención porque perdí los siguientes dos años observando en la distancia a Marta, una compañera de clase, que al final fue desflorada –con bastante poca fortuna-, por Marcos, macarra irreverente del que copié mi clásica perilla.

La vida sigue girando. Los depresivos siguen desconfiando de la belleza de la rosa y miran al mundo desde los huecos de su memoria. La muerte sigue afilando su guadaña con amor infantil. Adiós, oh, capitán, mi capitán.

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