miércoles, 9 de julio de 2014

El alcohol es como el amor. El primer beso es mágico, el segundo es íntimo, el tercero es rutina. Después desnudas a la chica.

Los siguientes escritores fueron alcohólicos: William Burroughs. Malcolm Lowry. Truman Capote. Cinco Premios Nobel americanos: Sinclair Lewis, Eugene O’Neill, William Faulkner, Ernest Hemingway y John Steinbeck. Jack London. F. S. Fitzgerald. Thomas Wolfe. Dashiell Hammett. Tennessee Williams. Raymond Chandler. Carson McCullers. John Cheever. Truman Capote. Raymond Carver. Robert Lowell. Li Po. Dostoievski. Graham Greene. Allen Ginsberg. Marguerite Duras. Jack Kerouac. Edgar Allan Poe. Joseph Roth. Dylan Thomas. Hunter S. Thompson. Anne Sexton. Arthur Rimbaud. Ray Bradbury. John O'Brien. James Joyce. Samuel Beckett. Baudelaire. Verlaine. Thomas de Quincey. Lope de Vega. Francisco de Quevedo. Y por supuesto: Charles Bukowski, el cual decía: " Beber es algo emocional. Te sacude frente a la estandarización de la vida de todos los días, te lleva fuera de eso que es lo mismo siempre. Tira de tu cuerpo y de tu mente y los arroja contra la pared. Tengo la impresión de que beber es una forma del suicido en la que se te permite regresar a la vida y comenzar de nuevo al día siguiente. Es como matarte a ti mismo y después renacer. Creo que he vivido diez o quince mil vidas ahora”

La lista es muchísimo más larga, pero he preferido poner sólo a los que he leído y me gustan. Es evidente que hay una relación entre la escritura y el alcohol. Hemingway con su famosa frase: “Escribe borracho, corrige sobrio” veía en el alcohol una manera de expandir el material artístico del artista dándole una libertad creativa nueva y sin limitaciones. Los motivos son muy claro: escribir requiere imaginación, confianza en uno mismo, concentración y grandes dosis de exhibicionismo. El alcohol te ayuda en todo eso: las primeras horas te hace más sociable, despierta cierto delirio amable, desinhibe progresivamente tu mente y te relaja.

Con esta entrada no pretendo hacer apología del alcoholismo. El alcoholismo es una lacra que puede echar a perder el cerebro de un genio. Pero tampoco seamos hipócritas: hay muchos canceres para el alma. Y con esto no digo que haya que elegir el menos malo. Pero peor sería para mí creer en Dios –que es parecido a regalar tu cerebro-, o ser un votante del PP –que es lo más parecido a no tener cerebro. El alcohol es legal. El alcoholismo social es aceptado sin cortapisas. Y es lento, te consume muy despacio, puede llevarte décadas alcanzar la mente de un forofo del fútbol. En el fondo es una forma de ser coherente: no estás satisfecho con la realidad que te rodea, no tienes cojones para cambiarla, te gustaría quitarte de en medio pero no demasiado rápido. Adelante pues. Vamos allá. Ir en dirección contraria a lo marcado, sabotearte, puede abrir nuevas vías. Y delante del teclado también.

El problema es que la gente lo entiende al revés. Lee a Bukowski y dice: “Ok, lo que tengo que hacer es beber mucho, follar con putas y luego escribirlo” No. No funciona así. Lo que tienes que hacer es tener la necesidad de escribir lo que sucede a tu alrededor porque la náusea es demasiado poderosa. Lo que tienes que hacer es intentar vivir de forma diferente para escribir de forma diferente. El hecho de que fuera alcohólico era anterior, otra capa de certeza. A mí me gustaba beber con quince años. Ahora tengo treinta y cinco y sigo bebiendo. Bebo cuando escribo. Bebo cuando escucho música. Bebo cuando macero mi sensibilidad con la pornografía más brutal. Es cuestión de mezclar placeres y ver qué sucede. Beber ayuda en esos primeros treinta minutos en los que tanto cuesta enfrentarse al teclado. Desinhibe y te hace olvidar las grandes preguntas. Porque el primer problema que tiene alguien que quiere encontrar la verdad -su verdad- escribiendo no es la indolencia o la falta de ideas, lo peor es la FUTILIDAD del acto en sí. Porque, ¿para qué sirve cualquier cosa que hagas? Para nada. Somos polvo de estrellas con forma de mierda. La inmortalidad no existe. Naces. Comes. Cagas. Trabajas. Follas. Te reproduces. Y mueres. Y durante el proceso esa singularidad de conciencia, ese poso de transcendencia que te ha sido concedido, va poco a poco perdiendo su brillo y su dignidad. O quizás no. Quizás exista la reencarnación. Pero no creo en ello. No creo en nada. Ni siquiera creo en mí mismo. ¿Veis? A esto me refería con el exhibicionismo del borracho.

De todas formas sigo pensando que es más digna la ventana iluminada de madrugada del borracho disciplinado que intenta evadirse en esa guerra sin cesar con el teclado, que el fanático del fútbol que llora por Brasil y su equipo de mierda. Que todos esos mal llamados ciudadanos a los cuales no les interesan la política y no salen de sus casas para votar. Odio la estupidez humana. Todo se reduce a trabajar. Sacrificios. Tiempo muerto. Matan tu tiempo allá afuera. Una hora tras otra. Y al final quedas reducido a una pulpa sin alma. A la otredad de un número. El neoliberalismo mata a gente todos los días en nuestro país, acostumbra a los niños a la malnutrición. Pero la gente sigue cogiendo el metro para ir a su trabajo sin quejas, su tiempo vendido a los hombres grises. El miedo lo domina todo. Por eso el alcoholismo de tres días a la semana, de beber hoy hasta que amanezca porque mañana no trabajo me despierta cierta condescendencia afín. Ama, ama y ensancha el alma. El arte es el único salvador del ser humano. Mi sangre es vino. Y soy el héroe de mi propia mierda.

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