martes, 17 de junio de 2014

Y cuando al fin te transformes en oleaje dejaré sobre tu piel, como regalo de despedida, un corazón de semen y mis alas de viento.

La madrugada es un vulgar misterio de ventana iluminada. Pero el público sigue siendo el enemigo. Un ejército de cervezas de nombres ampulosos me rodea: Sputnik. Mort Subite. Judas. Todo para nada. Las cosas hieren y fornican entre espejismos de silencio. Madrid es una puta sifilítica, su vientre abierto en canal, huestes de antidisturbios, empresarios y políticos golpeando nuestra dignidad. La madurez es luchar. Pero, ¿cómo hacerlo cuando eres un eunuco existencial? Anquilosamiento. Quietismo irreflexivo. Onanismo irracional. La historia de un idiota contada por él mismo.

Jim Morrison ríe en su tumba porque comprende lo incomprensible de morir joven y no querer ir más allá. The End como toque de queda. Sin pájaro azul. Sin Dostoievski haciendo girar la ruleta. Sin los cuervos de Poe. Las heridas tienen nombre de cuco y veleidad. Todos erramos el tiro. Excepto Hemingway. Puedes elegir que el miedo sea tu estandarte de fingida singularidad. Declamar sobre la supervivencia del menos apto con la rígida y ridícula coartada del arte. Beberte tu futuro mientras esquivas el reflejo del espejo en el cubo de basura.

Releo La Náusea de Sartre. Esa extraña lucidez en los últimos capítulos, cuando el protagonista está en la cárcel viviendo de recuerdos. Los escritores son seres extraños. Emily Dickinson y Emily Brontë vivieron aisladas, sin amores conocidos, sin embargo su obra es pasional y abrasiva. Incluso la decadencia requiere un poso de pasión. Escribir es acercarse a la herida. Paladearla. Observar como las sombras fornican entre sí. Pagar el peaje del grito. Del vómito.


Ven aquí
Deja de jugar al escondite
Ayúdame a componer un réquiem
De vaho despeinado
Déjate llevar y baila conmigo sobre la hoja del cuchillo
Quiero violar tus dudas
Esconder la bufanda de nubes negras
Que siempre llevas empapada
De efímeros y puntos suspensivos.

Ven aquí
Mirada de jardín
Oasis de enredadera
Dibujaré rayuelas de saliva sobre tu cuerpo
Y cuando al fin te transformes en oleaje
Dejaré sobre tu piel
Como regalo de despedida
Un corazón de semen
Y mis alas de viento.

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