viernes, 30 de mayo de 2014

Lo que no soporto de ti es tu incapacidad para funcionar en el mismo plano de existencia que los demás.

1
Escucha, tengo algo importante que decirte: tienes que entender que la sociedad capitalista que te rodea es más importante que tú. Ella calcula tu valor y lo hace con solemne exactitud. Te nutre. Te permite existir desde un sentido práctico y unidireccional. Acepta, conviértete en lo que ella exija, su dado anacrónico dictamina tu valor y tienes que creértelo. Todos te dirán lo mismo, desde el jardín de infancia hasta la oficina alienante. Deja que te señale el camino correcto, la autopista de pensamiento mass media donde nunca te sentirás solo y te reirás por las cosas adecuadas. Ten paciencia, siempre hay treguas, regalos, malformaciones de tu singularidad que te darán la suficiente paz para que puedas seguir interpretando tu papel con estoica convicción. Siempre podrás decir que el sacrificio fue inevitable, que es una ventaja carecer de pasión, pura supervivencia. A fin de cuentas ahora eres una nómina, una cuenta bancaria, una factura con intereses. Alguien responsable que siempre da la respuesta correcta, la respuesta que te han enseñado a dar. Aunque en tu fuero interno, muy de vez en cuando, te des cuenta que nunca nadie, ni siquiera tú mismo, se ha atrevido a hacer las preguntas adecuadas. Eso sería un problema. Una broma de mal gusto. Así somos felices. Muy felices.

A veces incluso demasiado.


2
Juego a que la música restañe el presente fijando la palabra con neones de fraude; quizás dentro de la palabra agujero encuentre la palabra relámpago. Juego a columpiarme en un nadir cubierto de servilletas manchadas de amor blanco. Juego a intentar destilar lo eterno de esta embrutecedora soledad. Juego a encontrar versos perfectos que dedicar a una musa analfabeta a la que le gusta hacer la calle para poder contarme todos los detalles sórdidos.

El vaso simbólico en la mano, entre lo cómico y lo fútil, consiguiendo huir de la ecuación común, de la muerte antes de la muerte, protegiendo una piel muy fina repleta de toques de queda. Por eso, antes de que el grito se transforme en bostezo, te bajo las bragas buscando el destello lírico que producen dos manchas de carne. Quiero sentir el calor de tus flujos acicalando mis cojones, dibujar con mi lengua un mar entre tus muslos, buscar mi Ítaca en tu orilla acristalada.

El amor verdadero deja huellas en la piel, marcas en las muñecas. Y aquí estamos los dos, viviendo una realidad que se deshace como flecos quemados de neurosis, con un síndrome de Tourette provisional que provoca mordiscos a ras de hueso, sonidos guturales y puntos de ruptura. Tu coño teñido de azul, muerto y acribillado por la cadencia de mis golpes de cadera. Dentro y fuera, hundiéndome una y otra vez en su asfixia erótica, esparciendo mis cenizas en este pozo de nostalgia que me deglute y me desgarra. Hay un talento torpe en todo esto, una inercia sin escrúpulos que nos empuja hasta el estertor final.

Me desplomo en tu regazo mientras pequeños fragmentos de memoria genética son decapitados bajo la risotada química. Roncos sueños sin magia me devoran al mirar al océano de tus ojos. Siento que hemos fallado en lo más importante. Te apiadas de mí, amartillas tu arma y el olor a pólvora –adicta a la sangre- inunda con vehemencia la habitación.

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