Escucha, tengo algo
importante que decirte: tienes que entender que la sociedad capitalista que te
rodea es más importante que tú. Ella calcula tu valor y lo hace con solemne
exactitud. Te nutre. Te permite existir desde un sentido práctico y
unidireccional. Acepta, conviértete en lo que ella exija, su dado anacrónico dictamina
tu valor y tienes que creértelo. Todos te dirán lo mismo, desde el jardín de
infancia hasta la oficina alienante. Deja que te señale el camino correcto, la autopista
de pensamiento mass media donde nunca te sentirás solo y te reirás por las cosas
adecuadas. Ten paciencia, siempre hay treguas, regalos, malformaciones de tu
singularidad que te darán la suficiente paz para que puedas seguir
interpretando tu papel con estoica convicción. Siempre podrás decir que el
sacrificio fue inevitable, que es una ventaja carecer de pasión, pura
supervivencia. A fin de cuentas ahora eres una nómina, una cuenta bancaria, una
factura con intereses. Alguien responsable que siempre da la respuesta
correcta, la respuesta que te han enseñado a dar. Aunque en tu fuero interno,
muy de vez en cuando, te des cuenta que nunca nadie, ni siquiera tú mismo, se
ha atrevido a hacer las preguntas adecuadas. Eso sería un problema. Una broma
de mal gusto. Así somos felices. Muy felices.
A veces incluso demasiado.
2
Juego a que la música
restañe el presente fijando la palabra con neones de fraude; quizás dentro de
la palabra agujero encuentre la
palabra relámpago. Juego a
columpiarme en un nadir cubierto de servilletas manchadas de amor blanco. Juego
a intentar destilar lo eterno de esta embrutecedora soledad. Juego a encontrar
versos perfectos que dedicar a una musa analfabeta a la que le gusta hacer la
calle para poder contarme todos los detalles sórdidos.
El vaso simbólico en la
mano, entre lo cómico y lo fútil, consiguiendo huir de la ecuación común, de la
muerte antes de la muerte, protegiendo una piel muy fina repleta de toques de
queda. Por eso, antes de que el grito se transforme en bostezo, te bajo las
bragas buscando el destello lírico que producen dos manchas de carne. Quiero
sentir el calor de tus flujos acicalando mis cojones, dibujar con mi lengua un
mar entre tus muslos, buscar mi Ítaca en tu orilla acristalada.
El amor verdadero deja
huellas en la piel, marcas en las muñecas. Y aquí estamos los dos, viviendo una
realidad que se deshace como flecos quemados de neurosis, con un síndrome de
Tourette provisional que provoca mordiscos a ras de hueso, sonidos guturales y
puntos de ruptura. Tu coño teñido de azul, muerto y acribillado por la cadencia
de mis golpes de cadera. Dentro y fuera, hundiéndome una y otra vez en su
asfixia erótica, esparciendo mis cenizas en este pozo de nostalgia que me deglute
y me desgarra. Hay un talento torpe en todo esto, una inercia sin escrúpulos
que nos empuja hasta el estertor final.
Me desplomo en tu regazo
mientras pequeños fragmentos de memoria genética son decapitados bajo la
risotada química. Roncos sueños sin magia me devoran al mirar al océano de tus
ojos. Siento que hemos fallado en lo más importante. Te apiadas de mí, amartillas tu arma y el olor a pólvora –adicta a la sangre- inunda con vehemencia la
habitación.
Leer el libro Skagboys de Irvine
Welsh y entristecerme por su actual falta de talento. Quería dejarme llevar por
la nostalgia, por el respeto intrínseco que consideraba oficioso en esta
precuela de Trainspotting, pero ha sido incapaz de arrancar algo de magia a las
palabras. Y había muchas. Casi seiscientas páginas. Puedo recomendar una
película: Snowpiercer (Rompenieves) dirigida por Bong Joon-ho. He formateado el
ordenador. Dos veces. Windows 8 me recuerda a una película pornográfica amateur
desenfocada, a una despedida de soltera en la que todas llevan una polla de plástico
en la cabeza y se sienten mal porque hace más de un mes que no sienten una de
verdad entre las piernas. Luego he visto un documental “Zeitgeist”; divertido,
cae en el sensacionalismo, pero tiene ideas ingeniosas. Mañana por la noche
veré los otros dos, será una buena terapia antes de empezar a encañonarme al
estilo Taxi Driver delante del monitor del ordenador.
Divago. Ha sido un mal
día. Estéril. Yermo. Indolente. Dipsomanía aburrida. Nihilismo suspicaz. Irritado.
No hay red de seguridad. Mañana madrugo. El capitalismo es una lacra,
naufragamos entre el cansancio, las obligaciones y el miedo a no conseguir el
dinero necesario para sobrevivir. Luego paseamos por los centros comerciales a
principios de mes, sacamos la tarjeta de crédito y lidiamos con la frustración
comprando cosas que, a priori, no necesitamos. Si sólo entregásemos dinero no
sería importante, pero entregamos algo muchísimo más valioso: nuestro tiempo,
todo el tiempo invertido, vendido, esclavizado a una causa ajena para luego venderlo
de nuevo en objetos que nos atrapan como sanguijuelas. De acuerdo: hay gente
con ambición, empresas propias, genéticas, pero prefiero pensar como Seneca: no
es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita.
Bukowski si entendía cómo
funcionaba este tinglado y a pesar de todo conservaba su sentido del humor. Me
lo imagino llegando a casa después de diez horas de trabajo, temblores en las
manos, dolores de espalda, una nevera desangelada. Arrastra los pies entre su
soledad, enciende un puro, se sienta delante de la máquina de escribir, da un
largo trago a su primera cerveza de la noche y sonríe: adelante con el placer
del condenado, con la guerra sin cesar, escrutemos la locura en busca de la palabra,
el verso y la ruta hasta que las personas parezcan flores al fin, y el amor,
ese perro del infierno, nos permita robar alguna rosa azul de las avenidas del
infierno. Adelante a pesar de su infancia y las palizas de su padre, a pesar
del alcoholismo, de la sordidez, de las putas, del desamor, de la muerte de Jane,
del divorcio, del aislamiento, a pesar de todos los recuerdos y el dolor. Hay que
seguir porque es su forma de sobrevivir, de dotar a los días de brillo, de
parar brevemente la transmutación en tuerca y eludir la locura.
La epifanía sutil está al
alcance de todos, no hay que ser un gran escritor, no hay que pensar en el arte
con mayúsculas, ni masturbarnos en ridículos círculos literarios de red social para
percatarnos que dotar de cierto orden nuestro caos interior otorga una
transcendente paz intelectual que no es posible de otra forma. Así de simple. Demiurgos
y mendigos delante de la página en blanco. Coger carrerilla y lanzarnos hacía
la luz. Quemarnos. Explotar. Y recordarnos. Como el niño que se inventa un
final feliz para una película mediocre. Como el decadente que canta desde su
agujero una bonita balada de héroes y fracasos. Qué fácil es regodearse en la
fascinación del abismo, lo respeto, pero ven, dame la mano, sal al exterior,
observa: todo sigue igual, hemos asesinado a los dioses, ya no hay nadie a
quien echar la culpa, ¿qué importa la nieve, qué importa el pasado? Sigue adelante.
Vive. Y no mires atrás.
Ruiseñor, deséame suerte. He
tenido un sueño. Mi abuelo moría en la habitación de al lado. Y yo escuchaba
los sollozos de mi abuela. Tenía siete años y no comprendía la transcendencia
de la muerte. Y la pregunta se atoraba en mi garganta y me impedía respirar.
Miro el reloj: son las
cinco de la madrugada. En dos horas tendré que levantarme. Ducharme. Esquivar el
baile de sombras del espejo. Resistir el impulso de llamar al manicomio y pedir
habitación. Intento volver a dormir. Imposible. Me incorporo y enciendo el
ordenador. Debería aprovechar y escribir algo. Mi blog está abandonado. Hace casi
un mes que no escribo nada, ni siquiera una frase vacua estilo: “Robar flores
tiene más sentido que amar, porque su belleza dura más que los sentimientos”. Pero
me cuesta escribir, ya no leo, no tengo tiempo ni ganas de nada. Sólo me dedico
a ser útil a la sociedad completando mi hermosa jornada laboral con la
desesperación kafkiana del que lleva en el mismo circulo del infierno capitalista
cuatro largos años. No comprendo la resistencia de los demás, yo noto el cáncer
extendiéndose por mi cerebro. Gusanos devorando poco a poco mi singularidad,
las cucarachas amotinadas en mi corazón. La transfiguración en tuerca, en saco
de arena deshilachado.
Escucho gritos en la
calle. Discusión sentimental. Una cruenta ruptura. O quizás sólo estén
disfrutando de los preliminares de un buen polvo dialéctico. Difícil saberlo
con la adrenalina del alcohol formando figuras de neón sobre su contexto. Como
aquel relato que nunca escribí cuyo protagonista va mutilándose poco a poco
para intentar ganar el favor de una mujer. Primero un dedo, luego la mano,
luego una pierna… Macabros regalos que va dejando delante de su puerta con un
bonito lazo de color azuloscurocasinegro. Totalmente obsesionado sigue y sigue
amputando hasta que lo único que queda de sí mismo es su polla. Desesperado por
la indiferencia mostrada por su amada se arrastra hasta su casa y se deja caer
en el felpudo. Ella al abrir la puerta se encoge de hombros, abre su bolso y
mete ahí a su tramposo Werther. Sí, así es el verdadero amor, convirtámonos
todos en el consolador de alguien.
Voy a la nevera y cojo un
par de cervezas. Dulce combate. Las voy devorando como Saturno a sus hijos. Sus
lágrimas de espejo perforan mis tripas con vocación de vómito. Resisto sin
fingir felicidad. Soy la puta descartada de Dios. Soy la que limpia los
retretes de su inmenso prostíbulo existencial. Decido pensar en otras cosas. Podría
escribir un cuento donde la niña asesina al lobo en un frenesí de violencia. Donde
la niña se esconde debajo de la cama del psicópata y lame la sangre que gotea
de sus sabanas. Podría pensar en tu coño. En el grito convulso que ahoga el
papel y justifica tu belleza. En lamer el pecado que escondes entre las piernas
e inventarme una delicadeza del color de mis cojones.
Por eso ven. Ven. Ven.
Todo es tan efímero que no existe un mañana más allá de estas líneas. Los años
de plenitud han sido devorados por los cuervos. Los dos hemos nacido grieta con
vocación de jardín. Es nuestra naturaleza, cómo gatos jugando con el globo
antes de explotarlo con cruel veleidad. Déjame caer en tu boca. Ahogarme en tu saliva.
Desciende sobre mí con tu sonrisa afilada y mastícame sin piedad.
Acúname en este
romanticismo de caricia violenta y espita de gas que llamamos amor.