jueves, 6 de febrero de 2014

El amor repta por el suelo. Garzas canosas habitan mi esquizofrenia. Enciendo la luz. La Muerte se desovilla y me mira con certeza.

Siento que soy una luciérnaga traumada. Con ese desliz en la mirada, como un haiku incompleto, manchando de pura esquizofrenia las paredes. Bajo mi mano y recorro la ruta de mi sexo, el kilómetro cero del dolor. Bocanada de semen azul. Un semáforo a punto de morir de viejo. Cojo el sacapuntas y me abro el pecho. Aquí adentro sólo hay un extraño olor a bayoneta oxidada.

Día horrible. Estéril. Fútil. Intento entorpecer mis sentidos con el alcohol hasta convertirme en un charco de semen y tormentas. Secar mi lucidez sin tener que lubricarme con la caricia ajena. Acunarme entre pornografía como si las profecías aún me siguieran buscando. Masticar los escombros que anidan inconclusos dentro de mi boca y olvidar el sabor de tu nombre.

Los condones caducados lloran solitarios en el cajón. Son mucho más sabios que cualquier poeta escribiendo sobre el amor un día lluvioso. Intentando convencer al vaho del cristal de que su nombre y el de ella son rimas eternas de amor impoluto. Cuando lo único que anida en su mente ponzoñosa es meterle la polla, horadarla, poseerla, para luego, como exige la Naturaleza, cosificarla con su pérdida de interés. Y ella, la musa pretérita, ¿se peinará los años delante de ese recuerdo malherido? No creo. Somos supervivientes. La metáfora perfecta del amor es un leñador follando con el árbol. El orgasmo es una bala disparada al corazón de la eternidad. Una eternidad efímera, como el deseo, que muere al satisfacerse y necesita cambiar el continente de su obsesión una y otra vez.

Luego está la historia en sí, los detalles, cómo me apagaste con tus tijeras de neón cuando lo único que quería era brillar contigo en la oscuridad perfecta de nuestro amor de harapos. Tus ojos eran cielo ajenjo, pura melancolía. Me masturbaba dentro de tu boca y al correrme lanzaba a tu estómago de mariposa una maldición de viento en forma de epitafio blanco. Mi compromiso era hacerte nieve y que bailases con mi incendio. Pronunciar la palabra muerte tantas veces como fuera necesario. No es culpa nuestra que el jardín transportase en el último vagón espejos congelados en vez de sabanas.

Ah, mujer de tacón alto. Tan apocalíptica. Diosa de clítoris regio, dominando todo desde su cornisa de versos y unicornios. Los pájaros, ángeles drogados de un paraíso sin nombre, alimentaban la herida de tu sexo, esa hemorragia de vida. Pero nunca tuviste piedad. Me escupiste en la boca tu pecado y te llevaste todo el desorden de mis ojos.

Y yo, con la sobria elegancia de un punto y aparte, me encargué de eyacular el resto.

Six Against One by Joseph LoDuca on Grooveshark