domingo, 19 de enero de 2014

Me siento como una bufanda en agosto, con el pensamiento teñido de tus flujos. Todo por follarme una canción con tus bragas en el bolsillo…

Todos estamos atrapados, como un columpio al viento. Metro de Madrid. Observo a un chico joven, está leyendo Rayuela, lectura lineal. Se cansa, mira hacia delante y me ve. Mantiene la mirada. Sonríe al ver que tengo el mismo libro. Alguien se pone en medio. Se levanta y se acerca. Tiene un aire tímido. Desaliñado. Parece que va a decirme algo pero justo en ese momento anuncian la parada de Sol. Me da la espalda y se acerca a una de las puertas. Sale sin mirarme. Mejor. No quiero llenar mi vida con otra historia de puntos suspensivos. No existen las serendipias. Soy una mujer que pasa los fines de semana escuchando viejos discos con una copa de vino en la mano. Nunca han existido destellos de riesgo en mis relaciones, ni esa plenitud del amor romántico que leo en las novelas, nadie ha llegado a tatuarse –metafóricamente hablando-, mi nombre. La ternura acorazada de unos labios muy finos no puede competir con la falta de voluptuosidad. O tal vez mis ojos marrones asusten porque destilan demasiada melancolía, una desesperanza aceptada.

A veces nos atenazan impulsos extraños. Sueñas algo que permanece durante horas en tu memoria, o es una canción, una película, un olor lo que de alguna manera despierta la pulsión, esa insana curiosidad por saber de otra persona, por descifrar el paso del tiempo. Pero la resolución es inmediatez. Y nuestro tiempo no nos pertenece del todo. O peor aún: haces esa llamada y el número no existe. Ni siquiera sucede algo digno de mención. Ya no me dejo llevar por ese tipo de impulsos. Hace un año habría bajado con ese chico en su parada y le habría abordado. Sutiles cambios que mutilan.

Seis paradas de metro. Diez minutos más andando. Por fin llego a casa. Es miércoles y ya me siento agotada. Madrid es una trampa mortal. Me descalzo y enciendo el ordenador. Es una casa pequeña. Sin ruidos ajenos ni mascota. Con olor a cena y amor recalentado. El amor. Joder. Estoy obsesionada. Pero es tan injusto, ¿dónde está mi masaje en los pies, mi cena con velas, mi lugar en el sillón donde acunar mi conciencia junto a él, la manta y una película mala? Ni siquiera necesito fanfarria. Sólo un poco de pasión, ver mi lencería roja en el suelo alguna vez. Miro al poster de la pared –Ash en la película “Evil Dead 3”-, uno de los pocos recuerdos que me permito conservar de mi primera pareja. Me río al leer la frase en rotulador rojo: “Dame tu cariño, nena”. Carlos era un capullo, un gilipollas, pero no puedo negar su buen gusto. Su particular cosmovisión ecléctica. Cuando alguno de los dos llegaba jodido del trabajo, despotricando, siempre teníamos un tiempo tácito para el desahogo. Pero cuando se superaba y el mal humor se empezaba a pagar en el lugar equivocado, el otro señalaba el póster. Se hacía el silencio y empezábamos de nuevo. Nos esforzábamos en reírnos y hablar de otros temas. Éramos buenos compartimentando. De aquella relación sólo queda una carpeta con fotos, dos pósters, diez cartas y dos regalos de cumpleaños. Y algún buen polvo. Hubo bastantes perfect day. Es más de lo que pueden decir otros.

Ceno frugalmente y me pongo a leer blogs. No hay nada interesante: la experiencia se ha agotado. Llevo semanas sin masturbarme, no sé por qué. Quizás sea un gatillazo mental. Un atisbo de depresión asomando el horizonte. He quedado con un amigo el domingo. Para cenar y follar. No hay nada especial en ello. Pero me deja siempre una molesta sensación de vacío. Debería de anularlo. Pero sé que no lo haré.

Debería de ir a un psicólogo. Pero conozco su discurso: mi vida es mi responsabilidad. Tengo que enfocarme en mí misma y no volcar todos mis anhelos en una relación. Mejorar otros aspectos como el laboral. Estudiar un idioma. Conocer más gente. Respondería que apenas tengo energía para hacer lo básico: trabajar, ir a comprar, mantener un mínimo de salubridad en mi casa, etcétera. Que el problema es que follo poco. Ella me diría que todos tenemos las mismas obligaciones, que tengo que luchar por mi felicidad y no dejarme llevar por el quietismo de la autocompasión. Que tengo que ser más ambiciosa. Y yo terminaría gimoteando más excusas o me quedaría callada mirando al suelo durante el resto de la sesión. Así dos veces por semana. A sesenta euros por sesión. Maravilloso.

Tengo correos nuevos. Es curioso como puedes llegar a exponerte con tanta facilidad ante un desconocido. Hay cierto masoquismo morboso, por idealista, en el coqueteo subyacente. Aunque ellos son mucho más simples. La mayoría usa una artificiosa pose romántica de poeta de vertedero, para luego, una vez pasado un tiempo prudencial, insistir en vernos en persona para aprovechar esa afinidad tan brutal e inédita. Claro. Luego los otros: el hombre sin sentimientos al que han hecho mucho daño y que ya no es capaz de enamorarse. Utilizando la indiferencia simpática, el reto, como si aún fuéramos adolescentes. Cumplí treinta años hace un par de meses, el baile de cortejo debería de haber evolucionado un poco. O quizás no. Da igual, caigamos en la comedia, aunque sólo sea por simple desahogo. Contesto al mail:

Estar enamorado es una enfermedad disociativa. Una obsesión. Un virus. Una droga cuya desintoxicación es la pura y dolorosa mutilación. Nunca antes había sentido celos, nunca había montado una escena ni había perdido los papeles en ningún momento. Ahora, cada vez que pienso que está follándose a otra, me sube un odio enfermizo por la garganta. Odio hacia una mujer que ni siquiera conozco, pero que ocupa un lugar que no merece porque es mío. La destrozaría con mis propias manos por disponer de su tiempo, disfrutar de las caricias de su polla, de su orgasmo, de sus palabras, su voz, su risa…

Lo peor son las ganas de llorar, sí, de esas que te encogen el alma como arcilla mojada. Y es ridículo reconocerlo, ya han pasado cuatro meses desde la ruptura, pero es así. El tiempo es el padre de la verdad. Inventar, idealizar, aislar, adoctrinar, domesticar, abducir, no sé qué es el amor, sólo sé que tengo ganas de anestesiarme brutalmente, ganas de él, ganas de dar la vuelta a mi vida como si fuera un bolsillo del revés, ganas de meterme en la cama y no levantarme nunca más. Y no se lo merece. Nadie. Pero es lo que siento. Y también asco. Asco por no estar a la altura, por ese rechazo que es un lastre sempiterno.
No existen excusas que me hagan observar el muñón de su ausencia con optimismo, es una prueba, estúpida pero sincera, de mi desahucio sentimental. Veo a alguien en el metro que se le parece y me sobrecoge la angustia, la inseguridad, el estupor. Atontada, incapaz de seguir adelante, prefiero huir hacía mi agujero y seguir cavando. Borro y borro, pero él permanece, ¿cuánto tiempo más? Ya es suficiente. Necesito enamorarme de mi soledad. Buscar la reasignación emocional en manos de cualquiera que sepa llenar mi bancarrota de finalidad y además tenga olor a elipsis.

Podrías aducir que sólo hablo del desamor, pero es una cuestión de perspectiva: la idiosincrasia del concepto lo abarca todo, aquí el contenido y el continente son lo mismo. En cualquier caso ya no tengo ganas de continuar. Seguimos en contacto. Un beso.

Pierdo el tiempo, me sorprendería cualquier atisbo de respuesta inteligente. Me mandará su foto acompañada de un par de halagos vacíos, y sí está muy seguro de si mismo me reprochará de forma condescendiente que sea tan romántica. Ninguna respuesta real. Flores para los cerdos. Desgraciadamente para él lo que me pone cachonda es la inteligencia, el sentido del humor.

El decadente ha actualizado su blog. Me turba uno de sus párrafos:

Leer no sirve de nada ante el recuerdo de su coño, esa flor que cae y aplasta con su incendio la mente. Sucumbir a la cleptomanía ninfómana de tu boca siempre me pareció la forma más espectacular de equivocarse. La vida empieza a resultar una sucesión de soliloquios con un te quiero al principio y un no te quiero al final. Como si la gente hubiera guardado su corazón en una caja de zapatos viejos. Tú eras saliva de exilio. Mi brote esquizoide. El poema sodomizado por tus besos en morse. Intenté recordarme entre los pliegues de tus bragas indomables. Mi polla esparcía su cáliz de serpiente herida y tú preguntaste: “¿Dónde está tu dignidad? Y te respondí: “Allí, junto al ejercito invencible de tus tacones” Ya no me dejaste volver a violar tu espalda desnuda y comenzó el homicidio infinito de mis noches.
El poema siempre es un manicomio. Si fueras una diosa yo sería el único ateo que llevaría rosas a tu iglesia. Y temblaría de lejos.

Hemos hablado varías veces por teléfono. Aunque vive en Madrid no se ha mostrado ansioso por conocerme. Me gusta su voz. Tiene morbo. A pesar de esa decadencia trasnochada tan vehemente está enamorado de la idea del amor. Supongo que huye de si mismo, por eso vive al día, sin planes. Me gusta su risa. Su respiración al otro lado del teléfono. No se lo he dicho, pero a veces me pone cachonda. Me siento tentada de vernos en persona. Pero no quiero salvar a nadie. No pido demasiado: ser feliz y que me follen bien. ¿Qué clase de mujer puede sentirse atraída por semejantes textos? ¿Una depresiva tarada? Las personas normales quieren hombres divertidos, alegres, con perspectiva de futuro, planes, acción. Quieren esplendor, no decadencia. Al menos al principio, luego todos nos vamos conformando con la verdad

Da igual, a fin de cuentas son entelequias en la oscuridad. Me voy a acostar, mañana tengo que madrugar. La vida es un bar de blancas paredes acolchadas donde cualquiera puede convertirse en isla. En ruido. En la órbita cementerio de una sonrisa torcida. O incluso en Arte.

Vocal by Madrugada on Grooveshark