sábado, 13 de julio de 2013

Las imperfecciones te hacen especial,son tormentas de arena a las que coges cariño, la nostalgia suele follar con ellas con la luz encendida.

Mi barrio es un gueto muy divertido. Los niños, como cucarachas locas, gritan sobre mí desde sus ventanas abiertas ante el absoluto desdén de los padres. 
Los padres, esos seres mágicos. Resulta tan sencillo dejar un legado. Deberían de hacer un examen antes que demostrase su capacidad como ser humano. Pero no, la potencialidad más absoluta y aborrecible plasmada en un niño que lleva llorando desde el martes una media de doce horas seguidas. Es impresionante. Me despierta una ansiedad alcohólica. Y me digo: “¿por qué no?” No sería la primera vez que voy al trabajo borracho, mi trabajo no requiere nada, sólo estupidez, mendacidad y vacío.

Ahora cantan, ríen, llaman desde su balcón a una mujer que pasa por la calle, la invitan a subir. Al niño ya no se le escucha. Cierro la ventana, acerco más el ventilador. Aire caliente circulando por la habitación. Thom Yorke de fondo. Me relaja. Es como un zoo, mandriles masturbándose con las manos llenas de su propia mierda. Aunque quizás –y aquí repito una frase- los barrotes están de mi lado y sólo es un efectivo Show de Truman. Pero eso sería dar demasiada importancia a mi vida, típico error del que la ve siempre en primera persona. Un perro se une al festival de ruido. Normal. Demasiado calor. Demasiados agudos.

Creo saber cual es el problema de esta gente: simplemente no pueden vivir en silencio. El silencio les turba, les congestiona, les hace infelices. Necesitan tener la televisión de fondo, necesitan discutir, tener a un niño gritando. Puedo entender eso. También puedo sacarme la licencia de armas. El exceso de empatía puede hacer que te guste Taxi Driver. O que utilices ese avatar y te creas inteligente. Tampoco importa demasiado.

En las relaciones el silencio se considera contraproducente, no valoran su potencial solidaridad. La gente habla y habla sin decir realmente nada importante, es como citar continuamente las mismas cosas una y otra vez. Son aburridos. Vivimos en un maniqueísmo cargante. O “si” o “no”, o te gusta o lo odias, o eres de izquierdas o de derechas. Todos buscando la etiqueta adecuada. Somos como pequeñas píldoras, no hay tiempo para digerir ningún tipo de complejidad. No hay tiempo para pensar la respuesta, tienes que tener las cosas “claras”, no deberías decir “depende de cada caso”, no hay tiempo para improvisar: eres de un bando o del otro.
También sucede con el sexo, por ejemplo con los roles del BDSM, ¿eres sumisa o Amo? Que impresionante avance en tu libertad personal. Luego leo los blogs de sumisas y me quedo sorprendido ante su complicada trayectoria; pero a ver, si eres sumisa, ¿por qué no fluye todo? a lo mejor es que no puedes serlo los putos trescientos sesenta y cinco días del año, a lo mejor es que a pesar de todo el atrezzo es aburrido hacer siempre lo mismo cada noche. Prueba a cambiar de vez en cuando y dar tú las órdenes, quizás sea más excitante para los dos. Una cosa es ser sincera con tu “naturaleza” –frase que todavía no soy capaz de comprender en su compleja totalidad-, y otra que sea necesario firmar un contrato de comportamiento –esto último es literal.

Por eso la adolescencia es más divertida, se te permite dudar; parece que cuando la rebasas ya tienes que tener muy claras tus opiniones, como tienes que ser. Creo que dudar es una muestra de madurez; o mejor aún: de curiosidad. Como sientes curiosidad y te cuestionas a ti mismo y tu entorno eres más proclive a escuchar, a respetar y probar otros puntos de vista; no se trata de definirte con un número cada vez más grande de etiquetas, sino de vivir un tiempo presente y cambiante de una forma más racional –y más valiente, aunque la pereza mental también tenga que ver mucho en todo esto.

Sigo bebiendo. Leo la poesía –mejor dicho releo- de Bukowski. Me gusta, es como escuchar la charla de un viejo amigo; la sorpresa es necesaria, pero también la calidez de un hogar conocido. Pienso en subir este texto al blog, defenestrado por mi ominosa pereza. A fin de cuentas no he contado nada demasiado personal. Y me contesto: “¿por qué no?”

Y esa suele ser, sin duda, la mejor respuesta para todo.

El tiempo de las cerezas by Enrique Bunbury on Grooveshark Trasegando by Marea on Grooveshark