viernes, 10 de mayo de 2013

Capítulo 29 - No es tu sonrisa, es mi recuerdo (Ana)

Mi problema ha sido siempre la soledad. Es cierto que soy inmadura, cobarde, efímera, idiota, inestable, insegura, fervientemente egoísta. Soy muchas cosas. Pero también existe mucha soledad en mí, siempre me he sentido –a pesar de mi familia- aislada, ajena. La primera vez que empecé a sentirlo fue cuando perdí la fe. Estaba segura de que existía algo, sentía una presencia. No rezaba: hablaba con él por las noches, le contaba como había sido mi día. No siempre. A veces. Cuando lo necesitaba.

Pero una noche que estaba sola en casa –debía de tener nueve años-, tuve la necesidad de algo más tangible. Entonces fui a la habitación de mi hermana, que a pesar de tener tres años más que yo todavía conservaba sus osos de peluche, cogí uno, volví a mi cama y dormí abrazada a él. Y a la noche siguiente lo noté: silencio. Como si se hubiera orquestado una versión infantil del becerro de oro. Es una idiotez, todo mecido por la imaginación de mi mente infantil, pero más que comprender sentí que el amor de mi dios era como el de mis padres: mezquino, egoísta, supeditado a unas reglas. Quizás todo tuviera que ver con el hecho de que en ese momento estuvieran a punto de divorciarse. El típico chantaje emocional en que parece que los hijos son muebles, dividendos, algo que repartir.

Al final no se separaron y siguieron jugando a la familia feliz. En cuanto a mi fe, todavía quedaban rescoldos, pero a los dos años tuve que hacer la comunión y ahí desapareció del todo. A mí me gustaba ir a la iglesia los domingos, sí, había que levantarse y sentarse cada cierto tiempo y las historias del cura eran en su mayoría muy parecidas unas a las otras, pero era una iglesia de pueblo y si no eras muy ruidoso te dejaban jugar con libertad. Podías ir de un lado a otro, aspirando el olor a incienso, mirando los santos, tocando la madera del confesionario, de los asientos. 

Pero sobre todo lo que me gustaba era ir al margen del presbiterio y quedarme observando fascinada la mesa con las hileras de velas. El calor, la cera, el rito de mujeres enlutadas acercándose con manos artríticas encendiendo otra vela con la mecha de la anterior. Podía quedarme horas mirando los cirios consumiéndose. Como si hubiera algo más complejo que aún no podía comprender pero que de igual forma me serenaba.

Pero poco antes de hacer la comunión cambiaron todo eso por una consola llena de bombillas que se encendían al echar dinero, monedas, como una tragaperras. Me sentí horrorizada, y lo peor fue ver a esas mujeres haciendo lo mismo, como si nada hubiera cambiado. Fue desolador. Una semana después me confesé, comí con desagrado la hostia sagrada de pan ázimo y todo terminó. No volví a entrar en una iglesia nunca más.

No me había ido mal en la escuela. Pero luego las cosas cambiaron. Mi hermana empezó a ir al instituto y me quedé sola con el cambio de clase. Y por alguna razón, o quizás por ninguna en particular, un grupo de chicas empezó a hacerme la vida imposible. Me insultaban, me rompían los apuntes, me tiraban del pelo. Intenté pedir ayuda, pero los profesores no podían estar siempre ahí. Y mis padres tenían sus propias preocupaciones, no le dieron demasiada importancia. Fueron dos años. Y sé que suena a excusa, todos hemos tenido adolescencias jodidas. Quizás yo soy más débil. Pero sentí físicamente como me replegaba dentro de mí. La soledad cada vez más profunda. No sabía como reaccionar. Estaba cubierta de hielo y las heridas no resbalaban, se incrustaban conmigo dentro del frío.

Me refugié en la lectura, en mundos de ficción donde los protagonistas eran fuertes, sabían como actuar y qué decir en cada momento. Llevaban otra vida. Me volví una romántica. No sé, cultura pop, aquella frase de El Cuervo: “Las casas se queman, las personas mueren, pero el amor verdadero es para siempre” Releía Cumbres Borrascosas, diseccionaba Dirty Dancing. Pero no me atrevía a acercarme a ningún chico. Estaba en el instituto y me sentía invisible. Quizás lo fuera. Empecé a vestir de negro, me dejé el pelo largo para que me cubriera la cara. Empecé a leer compulsivamente cualquier cosa relacionada con vampiros. Y escribía relatos sobre ellos, naufragaba en deseos de vivir como una sombra inmortal, transformarme en una niebla que se elevase por encima de todos. Sublimaba mi ansiedad sexual, porque todo el mito del vampirismo se basa en liturgias eróticas: el cuello, la sangre, la entrega. Había una parte de mi cerebro que me llamaba inmadura. Pero me sentía feliz.

Fue divertido. Pero al final la Nada me consumió. No quería, no podía darle un nombre a la Emperatriz. Porque la magia no existía. Y sentía que para avanzar tenía que mutilar esa parte de mí. Y así lo hice.

Llegó la universidad. El sexo. Oh, sí. Al final abrirse de piernas resultó sencillo. Sencillo. Sencillo.

Pero hay algo que echo de menos, que solo he sentido parcialmente. Follar es genial. Maravilloso. Pero follar con quien amas y ser correspondida debe de ser el éxtasis. Porque no es solo la poesía de una voz en tu oído. No es convertir un ejercicio gimnástico en algo trascendente. Tampoco es dejarte llevar por la química fastuosa de tu cerebro. Ni un sentimiento de propiedad. Ni la Naturaleza reclamando su legado. Tampoco es buscar el desasimiento, la entrega brutal, la piel desgarrada. Tampoco es rozar un cuello lleno de empatía y pensar que su olor es el mejor perfume que existe. No. Es todo eso a la vez, multiplicado por mil. Estoy segura. Es la única fe que conservo. Algo que todavía no he vivido. Algo que todavía estoy buscando.

Fin capítulo 29.

Where the Wild Roses Grow (feat. Kylie Minogue) by Nick Cave & The Bad Seeds on Grooveshark