sábado, 11 de mayo de 2013

Capítulo 30 – El Cuento (Alicia)

Miguel: Cuéntame algo más de Ana, ¿fuisteis amigas en el colegio?
Alicia: Realmente no, era amiga de María, su hermana. Ana era tres años más joven que nosotras, cuando estaba a punto de entrar en el instituto nosotras ya pensábamos que íbamos a estudiar en la universidad, los chicos… otro tipo de cosas. Además a Ana le afectó la adolescencia, empezó a volverse más hermética, más irascible, a vestir de negro. Pero recuerdo que justo antes de entrar en el instituto, en verano, estuvimos las tres muy unidas. Yo tenía por aquel entonces ínfulas de escritora y convencí a María para crear un taller literario en su casa y convertirnos en las nuevas Brontë. El caso es que escribíamos durante horas y luego leíamos nuestros relatos o cuentos en voz alta. Ana siempre estaba por ahí con algún libro en la mano y era un publico perfecto. De hecho estaba obsesionada con mis cuentos, uno en particular le encantaba y siempre me suplicaba que se lo leyera. Yo siempre intentaba cambiar detalles, hacerlo vivo. Pero ella se enfadaba, decía que así estaba perfecto y que solo conseguía estropearlo. Era realmente divertido.
Miguel: (Sonriendo) ¿Escritora eh? Eres una caja de sorpresas. Podrías contármelo…
Alicia: No…ha pasado ya muchos años, apenas lo recuerdo…
Miguel: (Acariciándola) Por favor, no te hagas de rogar…
Alicia: (Suspiro) Esta bien…pero luego no quiero críticas negativas, ¿de acuerdo? Vamos a ver… ¿cómo empezaba…?

**

La princesa abrió los ojos. Estaba tumbada en su cama, pero la habitación no parecía la misma, era más colorida y luminosa. De pronto la puerta se abrió y entraron varios gnomos. Uno a uno se acercaron y le dieron un beso. El último, justo antes de besarla, le entregó un sobre. Despertó: allí no había nadie. Estaba sola como siempre, atrapada en su habitación, en el ala izquierda del enorme castillo. Su padre la mantenía encerrada porque temía que le pudiesen hacer daño, o que la raptasen para hacerle daño a él. Lo peor es que nunca estuvo segura de qué opción era la que más temía su padre. Vivía atemorizado por su propia seguridad y parecía que no le importaba demasiado lo que su hija sintiese.

Aquella princesa que vivía sola y veía el mundo a través de la ventana abrazó su almohada, y justo cuando se desbordaban sus lágrimas sus dedos tropezaron con un pequeño sobre. Tal vez no había sido un sueño. En el interior encontró una carta y una llave diminuta color cobre con dibujos grabados. La carta decía: esta es la llave que abre el baúl que contiene todas las cosas buenas que te esperan, tienes que buscarlo. Ve más allá de las montañas y disfruta del camino. Saltó de la cama entusiasmada, ¡Sí, por fin una aventura! Pero enseguida se desanimó, ¿cómo saldría de la habitación? Siempre estaba cerrada con llave, solo las doncellas tenían una copia. Pero, quizás… Probó con la llave de cobré y sorprendida comprobó que giraba con facilidad a pesar de ser demasiado pequeña. Al salir no se encontró con nadie en los pasillos. Quizás fuera demasiado temprano. Pero tampoco se cruzó con los guardias que vigilaban las puertas del castillo. ¿El gnomo había hechizado a todos? Sonrió feliz, empezaba a creer que la magia sí existía.

Cruzó el jardín y se encaminó al bosque que había al lado del castillo. Sólo lo había visto desde la ventana y al llegar le pareció enorme. Observaba todo fascinada: las piedras, el cuarzo brillando en el suelo… ¿o no era cuarzo? Había leído en algún libro que había una piedra que brillaba igual, pero no recordaba cómo se llamaba. Empezó a pensar que jamás había vivido: había estudiado el mundo, las cosas que lo componían, pero nunca las había sentido. Empezó a acariciar la corteza de los arboles, a sentir su tacto rugoso. Era tan distinto al tacto al que estaba acostumbrada, era tan diferente al tacto de la seda, del organdí de sus vestidos. Le pareció real, vivo, como si al tocar la corteza sintiera la historia de cada árbol. Las hojas crujían bajo sus pies y le pareció un sonido maravilloso, incluso más que las melodías que le hacía escuchar su padre. Siguió caminando y escuchó el sonido de un río sonreír a lo lejos. El aire olía a tierra húmeda. Se sintió libre.

En la orilla vio a una niña. Estaba asustada, ella nunca había hablado antes con otra niña. Se acercó y la saludo con la mano: Hola, ¿cómo te llamas? Yo… yo soy la princesa. La otra niña la miró maliciosa: ¿tú la princesa? Y empezó a reírse. Sin embargo se pusieron a jugar, porque los niños siempre saben jugar aunque no lo hayan hecho nunca antes. Inventaron juegos que no existían, rieron, cantaron… Pero de vez en cuando la otra niña se burlaba de ella y eso la entristecía. No entendía por qué tenía que hacerlo. Pasaron muchos días, era su amiga, y quería seguir jugando con ella, sonriendo, pero recordó que el gnomo había escrito que tenía que disfrutar del camino, así que intentó ser fuerte, se despidió de ella, y continuó hacia adelante.

El camino se empezó a tornar un poco más oscuro, no había tanta luz. La nieve se acumulaba en la copa de los arboles. Le gustaba el invierno, sentir la nieve derritiéndose entre sus dedos. Salió del bosque y pasó al lado de un huerto. ¿Dónde vas niña?, le preguntó un hombre. Voy a buscar un baúl, contestó.
¿Un baúl? Qué tontería, dijo el hombre. Quédate conmigo, mi hija se ha marchado y la echo de menos. Aquí tendrás una casa y comida, te enseñaré a cultivar y nos haremos compañía.
Necesitaba comer, refugiarse, así que aceptó. Aprendió a hacer pan, a cultivar, pero el hombre la trataba como si fuese una criada en vez de su hija. Ella era una princesa, ¿por qué no era capaz de verlo? Entonces recordó que ella también había tratado así a sus criadas, hastiada como estaba de estar encerrada en aquella habitación del castillo. Se arrepintió tanto…

Pero había cosas que le agradaban. Le gustaba barrer, como si al hacerlo también limpiase, ordenase su interior. También le gustaba ver el rocío en las hojas por la mañana, sobre todo en los tréboles de tres hojas. No le gustaban los tréboles de cuatro hojas, desconfiaba de su buena fortuna. Dos veces le había regalado su padre uno diciéndole que le traerían suerte, pero había sufrido una mala suerte infinita. Le gustaba ver las flores, observar las flores más pequeñas, esas que nadie apreciaba. Pero un día volvió de nuevo la sensación de que estaba perdiendo el tiempo. Aún tenía que buscar su baúl, descubrir las cosas buenas que tenían que ocurrirle. Dejó una nota: gracias por todo. Tengo que buscar mi baúl. Y partió temprano.

Olía a primavera, a flores. Los gamoncillos ya habían florecido. De repente vio una pequeña casa y sintió curiosidad. Se acercó y tocó a la puerta. ¡Qué sorpresa al ver que quien le abría era el gnomo! Has tardado un poco, ¿has disfrutado el camino?, le preguntó. Sí, he disfrutado, aunque también he estado a veces triste. Pero he aprendido mucho, y he visto mucha belleza, contestó ella. Si has aprendido cosas, has visto belleza y has disfrutando, entonces un poco de tristeza no está tan mal. Te ayuda a apreciar mejor la felicidad.

Tal vez el gnomo tuviera razón. Ven, pasa, tienes que descansar, el camino ha sido largo. Mañana te acompañaré. Tenemos que escalar aquella montaña. Al otro lado está la cueva donde se encuentra el baúl que guarda todas las cosas buenas que te esperan. Comieron, rieron. Al día siguiente partieron hacia la montaña. Escalaron, les costó trabajo. Pero el esfuerzo acumulado en las piernas no le pareció demasiado. Le molestaba el vestido, así que lo cortó. Total, ya estaba viejo y raído. Ahora no parecía una princesa. Pero sabía que seguía siendo aquella niña que disfrutaba con la música, con el tacto suave de sus vestidos, ¿qué más daba si ahora escalaba montañas con un gnomo? Ella en su interior se sentía una princesa.

Llegaron a lo alto de la montaña, bajaron con ayuda de unas cuerdas por una pared escarpada que había al otro lado y entraron en la cueva. Bajo la luz de la antorcha vieron aquel pequeño baúl de madera oscura. Era un baúl perfecto, único, con su nombre grabado. Con nerviosismo sacó la llave que había guardado durante todo el camino y lo abrió. Se sintió un poco decepcionada: en su interior solo había un pequeño camafeo. Al cogerlo se abrió, dentro tenía dos pequeños espejos.

Gnomo, me has engañado, ¿dónde están todas las cosas buenas que me esperan? Y el gnomo contestó: no sabes mirar todavía. Obsérvalo de nuevo. Y al abrirlo otra vez y verse reflejada en los dos espejos recordó todo su viaje y lo que había aprendido. Y se dio cuenta de la verdad: todas las cosas buenas que podían sucederle dependían sólo de ella, de la belleza que existía en su interior, y de la forma en que era capaz de percibir el mundo a través de esa misma belleza.

Y al entenderlo le sobrevino una alegría desconocida. Abrazó a su amigo, ese gnomo que todos tenemos y que siempre lleva razón, y juntos, cogidos de la mano, volvieron a bajar la montaña. Todavía había muchas aventuras que vivir.

Fin capítulo 30.