domingo, 5 de mayo de 2013

Capítulo 26 – Falda Airada (Mario)

No sé por qué le he dicho eso a Alicia, realmente nunca me he movido mucho en ese ambiente, yo solo quería estar con Natalia, lo demás no me importaba. Nunca iba con ella a fiestas, la esperaba en casa y poco más. Ella me lo permitía, era condescendiente, supongo que sabía que no era realmente sumiso, solo dependiente. En aquella época estaba totalmente perdido, necesitaba un ancla, alguien que tomase las decisiones por mí. Y Natalia me ayudó mucho. Mucho.

Busco algo de ropa en el armario, cuero, látex, atrezzo. Supongo que si Alicia viste como le he insinuado no tendremos problemas en entrar. Tanteo el estante de arriba. Kirk maúlla. Es un aviso, ese cabrón de ojos verdes en el fondo me aprecia. Pero necesito mirar en ese estante, ahí guardo todo eso. Saco un par de mantas, las dejo en el suelo y vuelvo a subirme a la silla. Sonrío al ver la cámara de vídeo, no lo recordaba, y también una bolsa llena de esas pequeñas cintas mini dv tan farragosas de pasar a dvd... Me siento tentado de sacarla y conectarla al televisor. Ver ese viaje a Ferrol que hice hace cinco años, cuando tenía planes y parecía que el tiempo no era un enemigo tan voraz.

Kirk vuelve a maullar, ronronea a mis pies, me mira estático. Ah, claro: al fondo está la caja de fetiches, llena de postales, cartas, billetes de avión, entradas de cine, conciertos, teatro; las cartas de Alba: tinta azul sobre papel rojo, hablando sobre el amor y el futuro. Y también alguna mía, devuelta ya sin mérito. Trémula mano tanteando el pasado. Cojo una postal, la imagen corresponde a la Ciudadela de Barcelona, detrás hay escrito algo con mi letra ruinosa:

Querida Laura:
Empezó a llover. La gente corría a sus casas y me quedé solo, extrañamente feliz.
Siempre estás conmigo.
Tuyo, M.

Enamorarte agudiza tus sentidos, el mundo se transforma en algo más bello y complejo, las cosas prosaicas se vuelven íntimas, alargas la mano, apartas el mechón rebelde que tapa sus ojos celestes, sonríes al silencio.

Ana… No se lo he dicho a Alicia pero recibo páginas de su diario, acrósticos, la fecha tachada. Tiene una letra bonita, ligeramente inclinada a la derecha. Es otra mujer de puntos suspensivos. Me fascina. Pero no quiero ir a esa fiesta. Quiero olvidarme de todo, buscar trabajo, pagar el alquiler, comprar otra botella de vino. No quiero complicaciones. Luego solo quedan estos fetiches, estas postales, muescas en el tiempo, la saudade, esa palabra que significa soledad, melancolía, nostalgia por la distancia que te separa de algo amado, algo cuya añoranza nunca vas a poder resolver. Solo queda la falda airada, el golpe de viento, la estela blanca en el cielo, la sombra desnuda en las sabanas, el salitre manchando las mejillas, el otoño, los alisios, billetes de vuelta a portales con sabor a Satie y Pessoa. El universo no conspira: bosteza hostil ante tus ilusiones.

Me quedo un rato mirando la postal. Un rato largo. Luego me levanto y voy a la cocina. La meto dentro de la lavadora. La enciendo y me veo girar ahí dentro. Girar y girar. Desintegrarme.

Fin capítulo 26.

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