miércoles, 17 de abril de 2013

Capítulo 9 – Realismo Lírico (Mario)

Me siento un poco aturdido por todo lo que está sucediendo. Pero en el fondo me da igual. Soy como Bandini durmiendo mientras su casera le pasa el aviso de desahucio por debajo de la puerta. Como el protagonista de El Cuaderno Gris yéndose a dormir cuando hay demasiados problemas por resolver. Prefiero no avisar de momento a Natalia. Enciendo el móvil. Hay varias llamadas del trabajo y de un número desconocido. Un mensaje:

“Soy Peter, sé que tienes a MI sumisa, te doy 24 horas para que me la devuelvas y la lleves a mi casa. Ella sabe la dirección. Sé todo sobre ti, sino lo haces iré a tu casa y te castraré. No intentes joderme.”


Si fuera alguien normal me daría un ataque de ansiedad, pero no lo soy. Una prueba de ello es que ahora estoy viendo al fantasma de mi gato Kirk ronroneando sobre el sofá. Empiezo a acariciarlo y me relajo. Apago el teléfono.

Miro por mi ventana y observo a mi propio pájaro azul, mi querida vecina, omnisciente, apoyada en el quicio de la ventana de enfrente, mirando hacía los lados con pesadumbre, sacudiendo manteles, escobas, cualquier cosa por su ventana. Ahora, en el único gesto de amabilidad que le he observado, también desmiga pan para los pocos pájaros de la zona. Toda una vida así, asomada a la ventana con el rictus contraído, huyendo así de lo que ocurría en el interior de su casa, ¿esperando el qué? ¿La felicidad, un cambio? Sus hijos solo la visitan algún domingo a final de mes, su marido tísico sigue tosiendo de forma estentórea cada media hora. Nada ha cambiado. O sí. La gente infeliz se va transformando lentamente: la cara se le llena de arrugas prematuras, el pelo pierde color, la ropa deja de estar ceñida, su voz se transforma en un graznido altisonante, amargado y rancio. Ella sigue ahí, en su atalaya de mierda, con su sempiterno batín azul, el pelo descompuesto y mal teñido. Mira hacía un lado. Murmura. La vida discurre a su lado sin que se dé cuenta.

Abro la ventana de mi habitación, también la del salón. Hace calor, ha llegado la primavera. Hay una forma sencilla de detectar la mediocridad en alguien: solo tienes que escucharle, si antes de dos minutos ya se está quejando del tiempo, huye. Son como ancianos sin dentadura cuyo cerebro gira lentamente, relojes de cuerda rota. Ayer se quejaban del frío, ahora lo harán del calor, pequeños robots lanzados a la calle que no te pueden aportar absolutamente nada.

Voy a la cocina: hay un poco de arroz y una onza de chocolate. Suficiente. Bajo al chino de la esquina y compro un par de botellas de vino. Traslado el ventilador a mi habitación y empiezo a beber. Me gustan los días así, sin complicaciones, mujeres o ideas importantes. Simplemente el paso del tiempo, pequeñas franjas de luz paseando lentamente por el techo. En la universidad te corroen con el ansia de aprovechar el tiempo, con practicar la memoria a corto plazo. Muy bien. Excelente. ¿Y luego qué? ¿Para estar diez horas fuera de casa haciendo una tarea infernal que te mutila cualquier síntoma de singularidad? Bueno, sí, de acuerdo, no siempre es así. No todos nos metemos en cubículos de oficinas ocho horas diarias. No todos sufrimos atascos. No todos somos azafatas vendiendo algún producto en la calle con la sonrisa grapada en la cara, mueca feroz de productividad. O desahuciamos –directa o indirectamente- a familias de sus casas. O condenamos a criminales a dos años de cárcel y una sonrisa ante la prensa. No todos somos ministros de Rajoy: ineptos, obtusos, fascistas y grandísimos hijos de puta. Exceptuando a la pobre ministra de trabajo, ya la morfología de su cara nos da una pista sobre su considerable retraso y esas taras genéticas hay que respetarlas.

Elipsis. Quizás una zona de puntos suspensivos, de paréntesis, un interludio feroz y en blanco. La tarde sigue desaseada. Mi mano alarga su trenza de suspiros hacía la siguiente botella.

(…)

Realismo Lírico. La euforia es un espejismo, como los gemidos de una puta filtrándose a través del fláccido tabique. La ciudad está a la espera, todo el mundo tiene una cuerda, ¿es una horca o solo sujeta un globo de helio que quiere partir hacía arriba, hacía el fulgor de los ojos de Dios? Pero Dios no tiene escrúpulos. Tampoco polla. Somos manos inertes engarzadas a un crucifijo de mierda. Cerebros de hierba que trastabillan, caen y mueren en el fango de la decrepitud. Pequeños arañazos en el suelo de la jaula. Niñas sonrientes que se recogen la falda y te mean encima. Todo cobra más sentido después de eso. Las esperanzas son la lava del arrebato. Imperios derrotados por el trueno silencio que brota entre tus piernas. El zorro corriendo bajo la luna de asfalto con mi corazón en la boca. Golpéame donde más duele, haz que te ame; primero miel y luego el cuchillo. La muerte corre por mi garganta como un ratón asustado. Tender la mano hacía el silencio del hueso. Ayer escuché llorar a una mujer, la pelota a veces rebota en vuestro tejado. Perder la poca humanidad que poseemos en algún camino letárgico.

¿Todo es irrelevante? Al final lo más importante es saber atravesar el fuego. Un sueño fetal me envuelve con saña.

Fin del capítulo 9.

Killing In The Name (Album Version) [Explicit] by Rage Against the Machine on Grooveshark