miércoles, 17 de abril de 2013

Capítulo 8 - La playa (Alicia)

Dormito en el coche de vuelta a casa desde el trabajo. No duermo, nunca duermo en el coche, estoy perdida en mis pensamientos. Otro mal día, otro día más cerca del despido. Pero el sol entra por la ventanilla, pasan veloces ante mis ojos los campos de naranjos, torres de alta tensión, un puente en mitad de la nada, que cruza el lecho vacío de un río, la burla del suicida.

Dani, mi compañero de trabajo, rompe de repente el silencio. ¿Qué dices de pastores?, pregunto saliendo del trance. Que no sabía que quedasen pastores tan cerca de la ciudad, responde. Me gustaría ser pastor, vivir tranquilo en el campo, dice con su pose de eterno urbanita. Nos encanta soñar con otras vidas, con cambios que en realidad no soportaríamos. Pero preferimos vernos como aventureros, capaces de dejar todo atrás. En realidad Dani al segundo día en el campo volvería corriendo a buscar su IPhone, pero sonríe mientras sueña con otra vida, con romper con todo, incluso con él mismo y huir. Sin querer me sumerjo de nuevo en mi misma. 

El sol, la conversación interrumpida, de nuevo el silencio, y mi mente regresa a un viaje en coche a Tarifa con Julio, antes de que se marchase con mi llave, cuando yo ya era consciente de que no había nada que rescatar de aquel naufragio, cuando ya sabía que no le amaba, que no habría piedra en el mundo capaz de mantenernos unidos. Me pasé el camino callada, yo, que siempre llenaba espacios, silencios. Normalmente en los viajes yo hablaba en una especie de monólogo eterno que a nadie interesaba, ni siquiera a mi, salpicado aquí y allá por monosílabos suyos. 

Pero aquel viaje no hablé de las estaciones abandonadas que veía al lado de la carretera, de cómo me fascinaba pensar en viajeros eternos, almas perdidas esperando con sus maletas a trenes que nunca regresarían, sin sospechar siquiera que ya ningún tren pasaba por aquellas vías. Las oportunidades en la vida pasan como aquellos trenes, nunca regresan, no esperan si te retrasas. Y tú te quedas en la estación, en ese mismo maldito punto, preguntándote si el tren pasará de nuevo, si la oportunidad se repetirá. Lo peor de las cosas que nunca llegaste a hacer es la pregunta eterna de qué hubiese ocurrido. Te quedas enganchado de por vida al beso que nunca diste, al poema que nunca inspiraste.

Tampoco hablé de edificios de peones camineros abandonados, testigos de un cambio de modo de vida. No hablé de cómo me gustaba la forma de sombrilla de los pinos piñoneros, ni su corteza cuarteada. No hablé tampoco de aquel grupo increíble que me hubiese gustado escuchar en lugar de su música de mierda.

Llené todo de silencio, mientras mi mirada se perdía en la nada, sin ver el paisaje. Soñaba con otra vida, con cambios. Me parecían inevitables, inminentes. Pero pasaron dos años de mutua destrucción antes de que los cambios fuesen posibles.

Dani sube la radio, aburrido de mi silencio. Las noticias hablan de un profesor de idiomas que ha muerto en extrañas circunstancias. Víctor A. G. fue terriblemente mutilado tras su muerte. Se barajan motivos pasionales, dice monótono el locutor. ¿Víctor? No, imposible. Aunque los apellidos… Es extraño cómo conseguimos olvidar a la gente que fue importante. Un día no puedo imaginar mi vida sin escuchar tu voz, pero pasa el tiempo, la vida, esa vieja zorra cruel, los caminos se separan, y poco a poco olvidas, dejas de echar de menos. Hoy me importa porque hace un par de días me crucé con él. Si no fuese por eso podría haber escuchado la noticia sin prestarle atención, sin saber que alguien importante había muerto. Sí, importante. Lo fue, eso tiene que contar, ¿no? Aunque ahora no sienta nada por él, aunque no le reconociese en aquel en el que se había convertido. Hoy duele. Hace una semana ni me hubiese inmutado. El mundo es un sinsentido.

Dicen que le arrancaron los ojos y la lengua, dice Dani con una mezcla de asco, pena e interés morboso en la voz. Estamos rodeados de locos. Yo no le contesto, sigo mirando por la ventanilla mientras la tristeza se agolpa en mis ojos. Tengo que volver a escuchar a los Waterboys.

Cuando llego a casa un mail me sorprende. Ya no lo esperaba.

Querida desconocida,
Estoy fuera de Madrid, de viaje. Mi vida se ha llenado de imprevistos. En cuanto vuelva a la realidad te escribiré.
Besos.

Mi mail ya no parece tan extraño. El corazón me late en la garganta mientras decido si contesto o no.

Después de comer voy a la playa. Hay bastante gente. Prefiero la playa en invierno. Aquí casi nunca llueve. Hace años era mi refugio. Cuando necesitaba huir, esconderme, cogía el autobús y me iba a la playa. Entonces era un sitio marginal, la orilla del mar al lado de un mal barrio. En invierno nadie paseaba por aquella playa. Me gustaba el silencio, las olas rompiendo, el olor a salitre, el viento fresco. El mejor lugar en el mundo para leer.

Me siento un rato en el paseo a observar cómo ha cambiado todo. El paseo es amplio, el balneario se ha reconvertido en un hotel de lujo. Me echo a reír al pensar que aquella playa por donde paseaban el mono los drogadictos ahora se llena de nuevos ricos. Aun quedan en pie enfrente algunas casas de pescadores, en ruinas, okupadas. El contraste es tranquilizador, mi mundo aun no ha perdido todo el sentido. Los bares con las terrazas casi vacías sobreviven como pueden, el suelo del paseo se llena de pañuelos, de gafas baratas que te queman los ojos, fundas de móviles, pañuelos… La gente camina sin cuidado. Supongo que no les importa mucho pisotear mercancía barata, sueños ajenos. Imagino la rabia de cruzar un mar, dejar atrás familia, recuerdos, para venir a que te pisoteen la dignidad.

Elijo un sitio tranquilo en la arena, y me pongo a leer Alice In Wonderland. Cerca hay una pareja, él muy alto, vestido de negro, habla sin parar. Ella parece perdida. Durante medio segundo él mira mi libro, y sonríe.

Fin del capítulo 8.

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