martes, 16 de abril de 2013

Capítulo 7 - El Mar (Mario)

Me gusta la gente diferente, extraña, con esa inaprensible ansiedad por vivir la vida a un ritmo de jazz. Me gustan los que escriben desde el fondo de una botella, de un amor salvaje, que sienten y expresan algo, no sé si importante, pero visceral, real. Hay demasiados zombies a nuestro alrededor. Demasiado soma en un mundo feliz vigilado por el Gran Hermano. La energía de la juventud mutilada en un “me gusta” que creen revolucionario y solo es un pedo en el desierto. La pasión escapando por los agujeros producidos por las agujas de sus propias mentiras. Conflictos interiores que se resuelven con una tarjeta de crédito. La felicidad no existe, solo las sensaciones. Todos deberíamos ir a la carretera, escaparnos de nosotros mismos, convertirnos en bengalas ardiendo en mitad de la noche. Sí, araña el abismo, sorpréndeme, grítame, bésame, llena de sangre mi boca. Arráncame la piel y la ropa por ese orden. Hazme sentir algo, rompe la capa de hielo del ennui.


(…)

Ana está realmente jodida. No habla. No come. Se queda ensimismada mirando su propio reflejo en el vacío. He de reconocer que me fascina sutilmente esa decadencia femenina al estilo Marla Sinclair. Se tumba en la cama y mira al techo. Casi desde aquí puedo percibir sus grietas, como se va desgajando, hundiéndose poco a poco en el colchón hasta desaparecer. Se está consumiendo. No sé exactamente cómo ha llegado a este estado, quizás una violación, quizás su pareja confundió BDSM con malos tratos. Quizás tuvo una infancia reducida a un armario cerrado con llave. Pero no quiero simplificar su dolor eligiendo un estante, un tópico, una excusa. Podría no ser nada. Podría ser todo. Podría unirme a ella por pura empatía emocional.

Quizás la solución sea el mar, la inmensidad del mar ante sus ojos, el espacio. La idea centella en mi cerebro. Bueno, ¿por qué no? Tampoco tengo nada importante que hacer hasta el domingo. Aparte del trabajo. Llamo allí, les hablo de un extraño virus estomacal. La pausa es demasiado larga. Quizás no he mentido con demasiada convicción. En cualquier caso es posible que no tenga que volver, se están deshaciendo de los indefinidos. Gracias a la nueva reforma laboral argumentar baja productividad y devolver seis años de trabajo con un despido procedente sin indemnización es un simple apaño de datos. Supongo que de cierta forma inconsciente es lo que quiero. Joder. . Quizás tenga vocación de vagabundo.

Nos montamos en el coche. Podríamos ir a Barcelona pero me trae demasiados jodidos recuerdos. Opto por Valencia, tampoco tardaremos demasiado. Me siento entusiasmado, siempre me gustaron las road movie, Kerouac echándose al camino con el sonido del acid jazz de fondo.

Ana sigue callada. Quizás ni siquiera se ha percatado del cambio de escenario. Está en algún lugar dentro de si misma. Me pongo a hablar por los dos. Le hablo de mi tío Gabriel, como tenía una minusvalía en un brazo pero que eso no le impidió sacarse el carnet de conducir. Disfrutaba conduciendo, cuando era pequeño nos llevaba a mi abuela y a mí por todos los pueblos de la comunidad de Madrid. Y luego, cuando llegaban las vacaciones de verano, los de la costa de Alicante. Le encantaba visitar todas las iglesias de esos pueblecitos, no por un hálito religioso, supongo que le gustaba observar los detalles de su arquitectura, las figuras de los santos, el presbiterio. Siempre iba con su sempiterno cigarrillo en la boca. Incluso cuando estaba en la playa y se metía en el mar.

Llegamos por la tarde. Aparco. Caigo en la cuenta de que podría haber avisado a esa chica que vive en Valencia, con la que tengo chats subidos de tono los fines de semana cuando estoy en el trabajo. Pero no me atrevo a dejar sola a Ana en un hostal. Vamos a una terraza, pedimos algo de comida para llevar y nos tumbamos en la playa. Comemos en silencio. Está atardeciendo. Hay algunas parejas. Niños. Abuelos. Turistas. El tiempo pasa. Empieza a refrescar, la gente comienza a recoger sus cosas. La playa queda poco a poco abandonada. Ana sigue sin reaccionar. De pronto me atenaza un profundo sentimiento de desaliento. Estúpido, ¿qué esperaba, una epifanía, que se pusiera a saltar y hacer castillos de arena? El mar. Joder. En la vida real lo que necesitamos es Prozac.

Cuando me siento nervioso me da por hablar, como si el silencio fuera una tumba de espejos. Chorradas sin sentido estilo: “lo de poner la otra mejilla es bueno, sobre todo en los bukkakes”. Le insisto en que tiene suerte, podría utilizar mi tono autoritario de Amo y obligarla a sonreír, a que se bañara desnuda. Podríamos tener un idilio antes de que esta puesta de sol, sosa y poco evocadora desapareciera. O incluso follar, quizás entonces pudiera romper su hermetismo. Podríamos convertir cualquier posibilidad en literatura y luego en vida. La gente se vuelve loca en las ciudades por la falta de libertad, solo saben destruir sus posibilidades, el tiempo sobrepasa el secreto. Aquí, en la inmensidad del mar, recuperas la perspectiva, puedes ser cualquier cosa, extranjero, amante suicida, héroe y villano. Puedes hablar con la arena, las nubes, las estrellas muertas, puedes acompañar a las palmeras en su trémula danza. Ser todo y nada a la vez. Solo hace falta mirar con atención.

No sirve de nada. Al final decido coger el coche y volver a Madrid esta misma noche. Pongo algo de música. Suena una canción de Héroes Del Silencio. Aumento un poco la velocidad. Sigo hablando. Le pongo varías canciones. Sobre todo del álbum “El espíritu del vino” y también del directo “Parasiempre” ¿escuchas como las guitarras se te clavan en el cerebro, la voz, el bajo casi escondido, las letras llenas de sensaciones, drogas, del excelso y bienamado camino del exceso? Escucharlos me produce una sensación ambivalente, cuando los vi en concierto en Zaragoza en 2007 las dos o tres primeras canciones me emocionaron profundamente: estaban tocando en directo delante de mí después de tantos años; pero luego me sentí ajeno, frío, como si el hechizo se hubiera roto con la estruendosa realidad, como si ya fuera demasiado tarde, demasiado mayor, cínico, calculador, con una desasosegante incapacidad para conmoverme. Y sin embargo hay muchos recuerdos enterrados en su música. Mujeres que he amado escuchando estas canciones. Abrazos de borracho entre amigos dejando a la noche afónica con nuestros himnos prestados. Desconocidos en conciertos que forman hermandad al ver tu camisa de Héroes. El Saxo en Argüelles. La Alacena en Alcobendas. La Estación Del Silencio y sus Fiestas Del Pilar en Zaragoza. Salamanca y El Lado Oscuro. La Rosa Negra, El Heaven de Madrid poniendo Stripped de Rammstein y luego Mar Adentro o Héroe De Leyenda a las cuatro de la mañana. Un tatuaje. Y sigo hablando. Los kilómetros retroceden con rapidez. Y le hablo de Pink Floyd. Como conseguí el vinilo doble de The Wall, como me impresionó la película. Como ahorraba durante dos meses para comprar un nuevo álbum de Queen. Le hablo de Iron Maiden. Depeche Mode. Chopin. Debussy. Erik Satie. The Doors. Y con cada nueva canción le describo una parte de mi vida, una chica, un fracaso.

Son las dos de la madrugada cuando conseguimos llegar. Hace una noche desapacible, fría. Subimos cansinamente las escaleras. Me despido con un gesto y me voy a mi habitación. Entonces me toca el hombro.
Ana: “Gracias”.
Me quedo paralizado. Tiene una voz extraña, hueca. Lejana. No añade nada más. Me mira fijamente con esos dos pedazos de hielo sucio, se da la vuelta y cierra la puerta de su habitación. Yo me quedo un rato ahí, quieto, tengo la tentación de ir a su habitación, de tirar de ese pequeño hilo que me ha dejado vislumbrar. No. Ella elige el ritmo. Voy a mi cuarto, apago la luz y me acuesto. Quizás al final el viaje ha tenido algo de sentido. Quizás. Mañana intentaré hablar con ella. Me quedo dormido casi de inmediato.

Me despierto a las once de la mañana. Voy a la cocina y empiezo a calentar algo de café. Doy un toque con los nudillos a su puerta.
Mario: “Ana, despierta. Ven a desayunar algo”.
No contesta. Abro tímidamente la puerta. No hay nadie. Se ha ido.

Fin del capítulo 7.


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