martes, 16 de abril de 2013

Capítulo 6 - Victor (Alicia)

Al menos puedo refugiarme en mi libreta, en escribir en casa, en el metro, sentada en un banco, en los intermedios de esos trabajos basura –los únicos que consigo.

“Tienes que estudiar -decía siempre mi padre-, no serás lo que yo he sido toda mi vida. Tendrás otra vida
Pero yo no merezco otra vida, ni siquiera esta. Sí, estudiar se me daba bien. Trabajar también, al menos al principio. Pero no soy ambiciosa, no tengo ese instinto competitivo que distrae a los escrúpulos. Nunca seré nada importante, nunca llegaré a nada. Lo peor de todo es que lo tengo claro desde hace demasiado tiempo, solo me limito a transitar por empresas de mierda, cada una con más irregularidades que la anterior. Ya ni si quiera me quejo. Mis conocidos me animaban a denunciar cuando les contaba que no cobraba por las horas de más, o que realizaba tareas para las que legalmente no estaba cualificada. Es tan fácil dar consejos. Una vez intenté denunciar, pero fue un proceso tan largo, tan brutal el acoso y derribo, que tuve que rendirme. Ahora simplifico: voy a las entrevistas, finjo que soy eficaz, inteligente, que disfruto con la presión. Pero en cuanto me siento agobiada dejo el trabajo y busco otro. Cambio de escenario. El espejo no se resquebraja.


Vuelvo a mirar el puto móvil. Nada, la puta nada absoluta. Miro su blog. No ha actualizado, no ha contestado comentarios, nada. Tal vez le haya pasado algo. Me sorprendo un poco aliviada con la idea. Alicia… ¿cómo puedes ser tan hija de puta? Bueno, no quiero que le suceda nada grave, solo algo que le impida contestar.

Además, sé que contestará. Le gusta demasiado tener groupies, jugar a mantenerlas. Aún no sabe que soy distinta. Yo no me acaricio furtivamente cuando leo sus relatos eróticos. Solo quiero… ¿abrazarle? Sí, quizás sea eso. Solo quiero que me escriba. Es extraño.

Ayer me encontré con Víctor en la calle. Hacía más de diez años que no le veía. Nos conocimos en un viaje del instituto y nos hicimos muy amigos. Yo era tímida, extraña. Escuchaba música distinta a la que escuchaban mis compañeros de instituto, hablaba de cosas que a nadie parecían interesarle. Y quería morir. Así de sencillo. No sabría explicarlo. No había tenido una infancia terrible ni demasiado dura, pero tampoco me recuerdo feliz, quizás en momentos concretos, como cuando jugaba a las cartas con mi abuelo o mi madre me leía un cuento, también cuando me regalaban un libro. Pero era una sensación muy leve, una pequeña euforia. Después ni siquiera eso. Y nadie parecía entender mis preocupaciones ni tener respuestas a mis preguntas. Me levantaba cada día pensando que sería el último, deseándolo. Pero mis padres empezaron a sufrir por mi culpa. Me miraban desconcertados sin saber como ayudarme. Y tuve que aprender a fingir, así todo resultaba más fácil para todos.

Víctor era muy parecido a mí: frágil, tímido, atormentado. Hablábamos de libros, de aquel grupo que escribía sobre la muerte, de cómo nos atraía la idea. Me regaló su cinta de “This is the sea” de los Waterboys, y al día siguiente se compró otra.
Rosa gris, así me llamaba, envolviendo las palabras de forma delicada. Yo era mucho más ruda en el trato. Nunca conseguí entender los ritmos en las relaciones con los demás. Era demasiado sincera o demasiado callada, solo conseguía intimidar con esa actitud. Él era más cuidadoso, más amable, incapaz de decir nada que te pudiese dañar.

“¿Víctor?” Se giró y me miró como si viese a un fantasma: “Alicia… estás igual, parece que no ha pasado ni un día, ¿cómo me has reconocido?”
Y en la segunda frase de cortesía desaparece Víctor y surge eso: un ser engreído que levanta un poco la barbilla para hablar de sí mismo. No me pregunta cómo me va, supongo que le parece un insulto viendo en qué trabajo, claro, cosas de tener este trabajo de mierda. Sigue y sigue hablando. Y no, no es envidia, qué coño, tengo amigos a quien les va cojonudamente bien y no hablan así. Sólo se escucha un yo, yo, yo, un a mí, a mí, a mí. Y yo busco en el fondo de sus ojos oscuros a aquel ser frágil y fascinante. Pero allí ya no habita nadie, sólo hay vacío. “Es que yo sí luché, me lo propuse, vi clara la meta y fui a por ello” dice con una sonrisa sarcástica. Y ahí están de nuevo las putas metas, esas que por supuesto no tengo. Joder con las metas.

Nos despedimos y le digo que me alegro de que le vaya tan bien, de volver a verlo. Pero esto último no es cierto, porque este no es él, no es aquél Víctor con el que hablaba horas en el autobús, o el que me arrastró con gripe por todos los museos porque no podía perderme tanta belleza quedándome en la cama. Aun recuerdo cuando nos perdimos en Oxford: “Tranquila, yo nunca me pierdo” me dijo intentando sonar convincente. “Tranquilo, yo conseguiré perderte” le respondí con sorna. En una callejuela encontramos una pequeña librería y a él de repente se le fugaron las prisas. Entramos fascinados. Tenían una edición enorme y carísima de Alice in Wonderland con reproducciones de las ilustraciones originales y la letra que se usó en la primera impresión. Víctor, perdidamente enamorado, la compró. La tarjeta de su padre le permitía aquellas extravagancias.

Yo compré una edición de bolsillo que guardo como si fuese un tesoro. Salimos corriendo de la tienda felices, y llegamos al autobús del instituto cuando ya nos habían dado por perdidos y estaban hablando con la policía. Nos sentamos juntos sin poder contener la risa. “Alicia, como tú. Así cada vez que lo vea te recordaré”.

¿Qué pensaría el Víctor que fue de este Víctor adulto? ¿Es más cuerdo ahora que entonces? Para la gente sí, seguro que sí. Qué puta locura. ¿Yo he cambiado tanto? Tú has cambiado más, no seas idiota, no te hagas preguntas que no quieres contestar. Habremos cambiado, quizás a peor. Y sin embargo él parece feliz. La normalidad es lo que tiene, te hace sentir parte de algo, integrado, aunque al fondo haya algo que te grita que eso no es felicidad. Yo también me creí feliz mientras me hacía cada vez más pequeñita al lado del “regala piedras”, mientras acariciaba al olivo, sólo por sentir algo real, algo que no fuese asquerosamente suave y artificial. A veces acariciaba tan fuerte la corteza que me arañaba las manos, que me sangraban. Sólo entonces me daba por pensar que aquello no podía ser todo, que estaba viviendo una vida que no era mía, sólo entonces veía clara la realidad. Por eso no he vuelto a necesitar acariciar a mi olivo. Ahora no soy feliz, pero al menos soy sincera conmigo misma, consecuente con lo que siento.

Vuelvo a mirar el móvil. Nada. Me recrimino en vano, sé que volveré a hacerlo en unos minutos.

Fui feliz. Durante un tiempo fui inmensamente feliz. Y sin embargo no conseguí conmoverle. No fui lo suficientemente importante para que me dedicase una sola poesía. Necesito mantener la cabeza ocupada. No pensar, no volver a mirar sus fotos, esas malditas fotos en las que sale tan feliz junto a otra. “¿Me odias por ser feliz?” me preguntó. Sí. No. No, te odio por no ser feliz conmigo. No entendió la diferencia. Ser importante, sólo eso. Quería ser importante, sentirme especial junto a alguien.

Joder, encima se me caen los pantalones, he vuelto a perder peso. Alguien en mi interior sonríe agazapada, feliz de su triunfo. Sólo un par de kilos más. Vete a la mierda le digo a mi imagen en el espejo.

El móvil vibra, lo miro nerviosa. Un mensaje: mi tarifa de datos se ha agotado. Me echo a reír. A veces la realidad decide por nosotros. Así no te mutilas. Así no te hieres.

Mañana iré a leer a la playa. Sí. Tengo que buscar Alice in Wonderland. Recordar lo que sentí al leerlo por primera vez aquel verano.

Fin del capítulo 6.


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