sábado, 6 de abril de 2013

Necesidad de unicornios. Borrachera. Soliloquios. Soledad. Migajas de humor y muerte. Un brindis por vuestros coños. Soy un genio.

El talento es una suma de esfuerzos artificiales que suele resultar más erótico cuando se malgasta, así es la ética del decadente que pone flores en la tumba del reloj de arena.

La literatura se nutre de nuestro tributo de entrañas y tinta, del vomito cubriendo pudor y sintaxis, intentando que algo cobre sentido, conmover incluso, torcer el gesto de perplejidad banal que nos rodea. La mosca de fruta muere de un ataque al corazón mientas el junco amarillo se doblega al viento escribiendo su epitafio en la arena. Lirismo boxeando contra el nihilismo y la locura que entumecen estas cuatro paredes llenas de ojos muertos.

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No es sano amar si las secuelas al día siguiente incluyen un lavado de estomago, única solución para vaciarme de tus besos, tus te quieros, del olor de tu piel sobre mi cama. Y el pago por mi rescate es despedazarme en bocas nuevas, en promesas prospectivas. Y es jodido darse cuenta que solo eres un fetiche, una mariposa en la pared de corcho, taxidermia emocional, muesca, trofeo; como un guión ensayado: todo comienza con un primer beso tembloroso en la oscuridad de un portal y el siguiente paso es abrirme de piernas y llenarme con tu podredumbre blanca. El romanticismo existe me dices, pero ya observo las marcas en la garganta de tu memoria. No te preocupes, la mentira nace antes en mí, tu perversión es secundaria.

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Se descolgaron cornisas blancas –semen y dolor- de las comisuras de tus ojos e inundaron todo, todo, todo. La ciudad ardía, el cemento se deshacía, no había ningún lugar seguro. Mi cuerpo cayó desde un cielo azul y vigoroso manchando de sangre la vid. Y la prostituta me bebió confundiéndome con vino y traspasé su garganta volviendo al matriarcado de carne. Y el poema reía y reía, puto bufón borracho. Y su fétido aliento, como los baños de un supermercado centenario, llenó mis ojos.

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Fotos de chicas perdiendo la virginidad. Canciones dislocadas, bocas secas, huecos herrumbrosos, hilos de sangre negra. Todos tenemos algún secreto inconfesable.

Agarro a Ophelia, musa inmaculada, por su trenza de sumisa y le impongo el ritmo adecuado. Sus labios tienen forma de corazón. La sangre gime llena de barro y furia. Sus mejillas, escotadas por la ráfaga de viento de mis caricias, se llenan de rubor. El rubor es una metáfora de las hogueras agolpándose en los túneles vacíos de su corazón. Estamos destinados a destruirnos por completo. Bueno, eso es una mentira complaciente: ella es inmortal, su coño la hace inmortal, sin embargo el poeta decadente, Rorschach, el genio irreverente que escribe estas líneas de madrugada totalmente borracho, con ansias de fama, escarnio y soledad, solo tiene una oportunidad de acción, y consiste en alzar su mano llena de cadáveres de frases inconclusas, apartar la falda y azotarla con saña hasta que la puta sumisa, la musa, la cobarde recalcitrante, la ingrata, la que vuela a destiempo, la que masturba su clítoris con el recuerdo incapaz de dejarse llevar por la locura y poseerme más allá de las palabras, tenga su orgasmo, un orgasmo grande, exultante, tan intenso que alza su aliento hacía la noche sin estrellas y da las gracias.

Todo acaba para mí, saco la mascara del bolsillo del pantalón y compro el último boleto. Solo queda esperar pacientemente a que digan mi nombre por el altavoz. Brindo por su amor, tan efímero como un suspiro follándose la brisa. Y la escucho reír llena de excitación y muerte cuando alguien da la orden de disparar. Y la muerte, mi muerte, le provoca otro orgasmo mucho más intenso que el anterior.

Final feliz.

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Escribimos sobre la arena de una playa llamada vida, y cuando sube la marea, es decir, cuando el tiempo llama a tu puerta de forma inoportuna y borra y descalifica todo lo que ya has escrito/vivido, no queda otro remedio que seguir escribiendo encima del cadáver de lo anterior, intentando superar lo efímero de todo. Eso nos convierte a todos en poetas de la nada. Sin embargo esta condena pasa desapercibida para la mayoría, solo unos pocos miran al abismo/espejo, demasiado conscientes de si mismos, y como única y vana solución para sortear la locura intentan soltar todo su lastre existencial sobre el teclado. Y lo peor de todo es que a veces tienen público, una versión moderna y civilizada del circo romano: mueren, se fustigan, ensanchan las heridas, no dejan que nada cicatrice. Y de fondo los aplausos. Pobres niños, pobres, a solas con la literatura, esa puta frígida.

(…)

Mi ex gemía en glíglico cuando llegaba al orgasmo. Luego se fue, y mi ausencia mejoró mucho su geografía sentimental. Pasar tanto tiempo con alguien tan maravilloso y absorbente te cambia.
Y luego su ausencia, que es un vacío grande y nuevo que antes no estaba ahí, te sigue cambiando.
Pero hay que recordar sin quedarse a dormir en los escombros del pasado.

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