jueves, 3 de enero de 2013

Algún día mi océano alcanzará tu orilla.

Isabel me había llamado, estaba en la ciudad y quería, casi me había suplicado, que nos viéramos en persona. No me agradaba la idea, no era ese el acuerdo tácito que habíamos dispuesto cuando empezamos a intimar a través de correos y llamadas intempestivas. Me gustaba el platonismo de la distancia física, no había creado un blog para conquistar féminas con la pose de poeta romántico desgarrado. Solo quería escribir, un poco de notoriedad aséptica, volcar ciertas locuras indefinibles, o indefendibles, en el teclado. A fin de cuentas para forzar cuerpos y esculpir carne tenía los métodos sociales habituales. Había mujeres que valoraban mi aire desgarbado de impenitente intelectual, el conjunto de sobriedad negra, extrema delgadez y gafas de miope. Mis manos de pianista, frías y esbeltas, escondidas en el gabán, solían provocar un gesto de ternura. No, no había complicaciones en eso. El blog, por otra parte, empezaba a darme problemas, quizás lo mejor sería desaparecer, The End, sin demasiadas explicaciones, incineración virtual, sin decepciones, con honestidad.

Me pareció por lo tanto adecuado acudir, como último gesto, antes de finiquitar mi vida virtual.

Cuando llegué a la cita ya se encontraba ahí, delante del café, casi enfurruñada. Un par de besos tímidos, casi protocolarios, manifestaron nuestro nerviosismo. Pedí la sempiterna copa de vino. Sonreímos a la vez, nuestras cicatrices estaban ahí, no había tanta diferencia con la webcam. Empezamos a hablar como si retomáramos una conversación interrumpida cinco minutos antes.


Rorschach: Tienes unos ojos verdes maravillosos, pero has errado en los colores, el abrigo tiene que ser rojo y los guantes negros, no al revés.
Isabel: Has tenido demasiadas mujeres con un abrigo rojo y nunca ha funcionado. Por cierto, me emocionó Pink Moon, el álbum que me recomendaste de Nick Drake, ha sido todo un descubrimiento.
Rorschach: Es de una sensibilidad infinita, lo escuché en Paris, en el Père-Lachaise, para compensar la decepción del café des Deux Moulins.
Isabel: ¿De verdad?
Rorschach: No, es broma. Fue en mi casa, después de leer un artículo. Recuerdo que era Navidad y sentía una melancolía extraña, un desasimiento de mi entorno, y cuando comencé a escucharlo, de pronto, dejé de sentirme solo. Hablando de otras cosas, ¿qué tal llevas tu ruptura?
Isabel: Está siendo desgarradora, ¿y tú la tuya?
Rorschach: Un agujero negro en el pecho, ¿cuándo fue la última vez que te masturbaste?
Isabel: Hace una hora, ¿cómo me follarías?
Rorschach: Pregunta interesante, ¿puedo extenderme?
Isabel: Por favor…
Rorschach: Con delicada misoginia, te arrancaría la ropa, abriría tus piernas, te empujaría la cabeza contra el sofá y te follaría por detrás, sin preliminares, no sería bonito ni tierno, solo el golpeteo rítmico del sexo. Pero antes te obligaría a masturbarte aquí, delante de toda esta gente, pondrías el abrigo encima de tus piernas y deslizarías tu mano hacía abajo. No me lo dirías, pero antes de tocarte ya estarías muy mojada. ¿Sigo?
Isabel: Sí…
Rorschach: Te tiraría del pelo y susurraría palabras que te harían sentir como una puta, te resistirías, pero tu cuerpo no, tu cuerpo sería más honesto, se encharcaría, se abriría más a mí. Te sentirías violada, pero tus gemidos me darían las gracias. Ah, mírate, respirando entrecortadamente, como una niña, ¿te gusta como follan mis palabras?

Se levanta, se pone lentamente su abrigo, me acaricia la cara con su mano, ligeramente húmeda, y me sonríe.
Isabel: No te levantes, dejémoslo aquí, ha sido perfecto, no conviene forzar demasiado el platonismo. Gracias.

Me quedo paralizado, veo a cámara lenta como se aleja poco a poco, sale de la cafetería y desaparece como un sueño de bruma.
Reacciono, salgo corriendo de la cafetería. No la veo, imposible, ¿dónde está?
Justo a mi espalda escucho una risa. Ella…

Rorschach: ¿Renegamos del platonismo?
Isabel: Évidemment mon prince des ténèbres…

La Luna Rosa sonríe
ante el beso apasionado
y un destello de magia
deshilacha
sobre los amantes
un final feliz.

Pink Moon by Nick Drake on Grooveshark