miércoles, 19 de diciembre de 2012

Eliza.

Se llamaba Eliza, llenaba el cuarto con su ideal, derramando grandeza, hermosura, inmortalidad de musa.
Nada más conocerla y estrechar sus manos frías, sentí deseos de doblegarla y hacerla mía para siempre.
Le gustaba el silencio en compañía, la noche, el mar inmenso y verde como sus ojos, los amantes desconocidos que se besaban debajo de la luz de una farola demacrada, las flores cuando están a punto de morir, los gatos que duermen junto al piano mientras escuchan a Chopin.

También era tumultuosa, su aliento de incensario apóstata me buscaba todas las noches, me pedía que apretase su garganta, como una caricia nocturna, y fijase el perfume de la muerte en sus ojos por unos breves instantes.

Pero como sucede en las grandes historias, en las cuales nada importa y la pasión reduce el mundo a un cuerpo, murió a los pocos meses de conocerla, presa de un suicidio melancólico. Leí su nota de despedida, versos ajenos, cuando la enterramos un día de hojarasca y frío.

La creía incorruptible ahí abajo, así era mi adoración. Y una noche en que el vacío resultaba demasiado doloroso, fui al cementerio y me abracé a su lápida.

Me había quedado dormido cuando la risa histérica de una mujer me despertó.
Levanté los ojos y ahí estaba ella, el cuerpo de Eliza; pero todo parecía vulgar, sin brillo, simplemente una mujer.
Y empezó a golpearme con violencia, arañarme la cara con saña, gritando que estaba ciego o loco, que ella era la verdadera Eliza, y no esa que, según yo, estaba ahí enterrada. La sangre corría por mis mejillas, lágrimas rojas.

La aparté de un empujón, la escupí, la negué a gritos. No, ella no era Eliza, no podía ser. Y me enfangué en la tierra, arañando el suelo hasta llegar al ataúd. Y con las manos destrozadas lo abrí, me metí dentro, donde reinaba la oscuridad y la pestilencia de la muerte.

Y ahí sigo desde entonces, en la tumba de mi ideal.

Lover, You Should've Come Over by Jeff Buckley on Grooveshark