jueves, 15 de noviembre de 2012

No he ido a trabajar porque no quería dejar de vivir.

La nieve caía de tu rostro
y te desnudaba como un jardín
sobrecogiéndome
arrugando mi instinto
sin dejarme ver que eras una esfinge sin secreto.

Luego vinieron los diamantes de saliva
los ciervos preñados en nuestras muñecas
la sonrisa prestada y eterna de tu oso de peluche
los ojos de miel azabache para los días de lluvia.

Pero al cabo de unos meses
tú, mi querida veleidad
princesa de cuento
empezaste a convertir el amor en asesinato
a ser una niebla necrófila que encanecía mi mente.

No se cuánto duró.
Demasiado.
O quizás demasiado poco.
Pero un día cualquiera
sin un motivo especial
te maquillaste con el carmín de mi sangre
y, como un sueño prestado, desapareciste para siempre dando un portazo.

Y allí, con el murmullo de las cucarachas
la copa rota
y la belleza perdida
pensé:
“Así suele acabar todo. Siempre”

Y como no quería ser un despojo poético
ni pensar en sirenas varadas en el alfeizar
tras muchos meses
de arduo esfuerzo
conseguí olvidarte.
Una especie de tregua
de sereno vacío
pero, ¡qué demonios!
Podría llegar a acostumbrarme.

Entonces tocaron al timbre.
Vacilé un instante.
Pero al final abrí la puerta.
Era otra.
Alguien distinto.

Y todo volvió a empezar.

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