miércoles, 19 de septiembre de 2012

Lo importante es coger aire y gritar. Que te escuchen o no es accesorio, un accidente.

No va a ser un texto brillante. Lo cual me alegra, porque implica que tengo cierta libertad. El hecho de saber que no te lee mucha gente permite ciertos descalabros lingüísticos, te permite aburrir al personal contando cosas que a priori no interesan a nadie, pero que por alguna extraña razón necesitas exorcizar a través de palabras, sintaxis y demás zarandadas.


Por ejemplo, hoy en el trabajo me he sentido como un fracasado, lo cual es contradictorio, porque tener trabajo en España es casi milagroso. Luego me he comprado -hace un momento- un par de botellas de vino y me he puesto a beber. Y a escuchar música. Miles Davis. Chopin. Joy Division. Kasabian. The Doors. Ya sabéis, más de lo mismo.

Leía el otro día que el talento está sobrevalorado, que todo el mundo puede hacer cualquier cosa si le dedica el tiempo suficiente. Con el amor, las relaciones, también sucede algo parecido. Es difícil encontrar el equilibrio emocional entre dos individuos, dos islas, dos pieles, dos pequeñas obsesiones irresolubles.

Miro el reloj, destejiendo realidades en el calendario, como besos sin vocación paralizados en un vals helado e incomprendido de color gris inerte. Las persianas permanecen bajadas para no distraerme con la esperanza mientras busco palabras que expresen el tiempo perdido, el inconformismo en forma de deseo, el aislamiento.

Claro que echo de menos el amor, unas manos que busquen mi cara y no mi erección. No quiero muñecas de plástico desbrozando un deseo fugaz, no quiero ser la sombra de un pájaro muerto que fornica en unos ojos opacos. Recuerdo esa frase de Salinger "Qué terrible es gritar te amo y que la otra persona en el otro extremo grite ¿qué?"

Quizás por eso hoy he vuelto a hablar con ella. Me gusta, no solo físicamente, me atrae su idiosincrasia personal, su forma de pensar. El amor es frívolo. Y aunque no estoy enamorado -demasiadas cicatrices-, me gusta verbalizarlo en esta efímera inmortalidad. Por eso me jode ser solo un capullo, un idiota que observa desde lejos como su belleza se marchita por la falta de besos. 

Las palabras deshilachan conceptos, pero no penetran. 

Hazme un hueco esta noche, una excepción, una pequeña tregua a la realidad. Ámame, déjame residir en los pliegues de tu coño unos minutos, dedícame un orgasmo, fóllame, puéblame, enférmame, parasítame, devórame, despedázame, contempla mi desnudez congestionada de sentimientos, incapaz de seguir con la impostura, ofréceme tu culo mientras besas mi voz, consigue que la vida tenga algo de sentido entre tanta arbitrariedad y mezquindad.

Miénteme y dime que me amas.

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