lunes, 14 de mayo de 2012

La vida está sobrevalorada.

Psiquiatra: Vamos a hablar en esta sesión de lo que sucedió aquel día Erik.
Erik: No recuerdo sentirme distinto, solo la tenue sensación de infelicidad de siempre. Quizás no había sido un buen día, no había podido desayunar, un taxi me había manchado el pantalón al pasar, no sé, las típicas cosas que te ponen de mal humor y hacen que el día se alargue, que la inercia te consuma. Es curioso, siempre pensé que de alguna manera estamos preparados para las grandes desgracias, ya sabe, un divorcio, un despido. Las peligrosas son las otras, las pequeñas, las que se van solapando unas encima de otras, poco a poco, milímetro a milímetro. Pero no recuerdo nada grave, ningún desencadenante.
Psiquiatra: Sin embargo esa noche fue cuando comenzó todo.
Erik: Sí, recuerdo que me sentía muy cansado, tenía problemas de insomnio, me pasaba las noches mirando el reloj digital, viendo como los números iban cambiando. Lo había probado todo pero seguía sin poder conciliar el sueño. Y bueno, ocurrió, tenía esa cuchilla en la mano y corté, un pequeño corte transversal, como los que hacía antes. Recuerdo como me salpicó la sangre, ese dolor antiguo, leve primero y luego intenso en la siguiente palpitación. Fue un instante congelado. Y entonces la vi, a Emilie. No había cambiado, sus ojos de cuervo, su pelo largo. Lánguida, esbelta, etérea, hermosa. Me hablaba sin mover los labios, sus palabras atravesaban el aire sin llegarme del todo, como una brisa en el infierno, un eco estancado, el sonido de una caricia.
Psiquiatra: Antes de hablar de Emilie vamos a comenzar por el principio, ¿Cuándo empezaste a cortarte para, según tus propias palabras, sentirte vivo?
Erik: Ya hemos hablado de eso, fue en la adolescencia, ¿nunca ha sentido la necesidad de tocar fondo? Todo se derrumba lentamente a tu alrededor, pero siempre hay dos o tres asideros, ¿cómo sería cortarlos, enterrarte entre sus escombros? Fantaseaba con esas ideas, mi pulsión tendía más al dolor que al placer.
Psiquiatra: Lo hacías antes de conocer a Emilie.
Erik: Si, creía tener razones, pero supongo que siempre hay razones. La conocí de una forma muy particular. Era un día de mucho calor, estábamos en la biblioteca, ella leyendo alguno de esos escritores rusos tan deprimentes, llevaba un jersey negro de cuello alto y el pelo recogido. Supongo que yo había ido a devolver un libro sobre vampiros o alguna idiotez. Lo importante es que justo cuando me iba me abordó y me invitó a tomar algo en la cafetería. Antes de eso no habíamos cruzado ni una sola palabra, no existíamos el uno el otro. Pero así era ella, siempre se dejaba guiar por sus impulsos. Un par de semanas después tuve la confianza suficiente para enseñarle mis cortes. Ella me sonrío. Solo eso. Luego supe el motivo.
Psiquiatra: ¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos hasta que…?
Erik: Casi un año, hasta finales del verano siguiente. Nos poseía una sensación de inmortalidad, de pasión irreverente contra el mundo. A veces notaba, mientras acariciaba sus muslos, alguna cicatriz nueva. Yo había dejado de hacerlo porque me sentía, no sé, ¿completo? Tenía miedo de preguntar, de saber, el motivo por el cual ella no dejaba de hacerlo. Y era tan hermosa, no solo por esa mirada celeste que te inundaba sin poder evitarlo, eran otros rasgos que no había apreciado nunca en las demás. Escuchaba a mis compañeros cosificar a sus novias, referirse a ellas como su agujero, su coño era simplemente un trofeo, una fuente de placer. Pero Emilie, si sabías mirar, si te fijabas, transpiraba sensualidad en todos sus movimientos, en la forma de recogerse el pelo o modular su voz, pero lo hacía sin vulgaridad, sin pretender utilizarlo como arma. Y luego, en la intimidad, se regalaba sin límites, sin tabúes, su cuerpo era como un ejército hereje, amoral e inclemente que se derrotaba a sí mismo en cada orgasmo, como un punto de eterno retorno, de búsqueda infinita de algo que necesitaba pero no sabía precisar.
Psiquiatra: ¿Cómo fue vuestra última noche?
Erik: Todo empezó como un fin de semana normal, sus padres volvían a dejarla sola y me invitó a su casa. Notaba que estaba más alterada que de costumbre, fumando compulsivamente un cigarro tras otro, sin querer beber nada, sin apenas hablar, con aquel disco de The Cure sonando como un mantra una y otra vez. Sus padres habían iniciado los trámites de divorcio, pero ella me había asegurado que no le estaba afectando. Recuerdo pasar esas últimas horas en su habitación, encerrados con las persianas bajadas, fumando, bebiendo, recuerdo mirarla a través del humo estancando como si fuera Oliveira y ella pura literatura, un matiz de vida que entintaba mis contornos solo con su presencia.
Lo siguiente que recuerdo es estar en su coche mientras ella conducía con las ventanillas abiertas a mucha velocidad, recuerdo golpearme la cabeza cuando hizo ese giro brutal y se puso a conducir en sentido contrario. Estaba acostumbrado a sus locuras, pero no fue hasta que nos cegó los faros el primer coche cuando empecé a asustarme de verdad. Nos esquivó en el último momento. Se me pasó la borrachera de golpe. Se reía, recuerdo esa risa desquiciada, sus manos soldadas al volante mientras aumentaba la velocidad. Estábamos forcejeando cuando sentí la vibración del segundo coche pasando a escasos centímetros del nuestro aturdiéndonos con su claxon. Zigzagueábamos, era cuestión de tiempo, quería sacarla del coche, la golpeaba iluminado por otras luces que se acercaban dispuestas a ungirnos en dolor. Conseguí pisar el freno, derrapamos sin control y tuvimos la suerte de salirnos de la carretera sin volcar. Imagina la situación: estaba histérico, llorando y gritando a la vez. Salí arrastrándome del coche y vomité. Cuando me recuperé fui a por ella. Seguía dentro, con las manos todavía sobre el volante. Estaba a punto de sacarla cuando giró la cabeza y me miró: no había nada en esa mirada, era como si me hubiera borrado, como si nos hubiera borrado a todos. No pude aguantar más y me fui de allí. Todavía temblaba cuando llegué a casa.
Psiquiatra: …
Erik: Lo sé, lo sé, era una locura, pero no era eso realmente lo que me importaba, lo que me reconcomía era que me había hecho sentir como un fraude, como si no hubiera estado a la altura de, no sé, sus jodidas expectativas. La abandoné, no quise volver a verla. Era finales de verano y aproveché para irme con unos familiares a la costa. No contesté ninguna de sus llamadas ni mensajes. La dejé sola. Cuando a las dos semanas volví ya era demasiado tarde. No había dejado ni siquiera una nota. Fue su madre quien la encontró en la bañera. Quise ir al entierro pero no me dejaron. Me sentía terriblemente culpable, podría haber marcado una diferencia, podría haberme quedado o pedir ayuda. Pero no hice nada, simplemente le di la espalda y hui.
Psiquiatra: ¿Pensaste alguna vez en el suicidio, en volver a cortarte?
Erik: Lo hubiera hecho, estaba destrozado, la única forma de sobrevivir fue anestesiarme, dejar atrás cualquier cosa que pudiera recordármela. Y durante un tiempo creí que lo había conseguido: fui a la universidad, conocí a otras chicas, me mantenía siempre en movimiento, ocupado, sonriente, sin tiempo para pensar. Me volví un alcohólico social. Pero en algún momento todo empezó a deshilacharse, a dejar de tener importancia, me resultaba cada vez más incómodo relacionarme, hasta que terminé recabando en un trabajo en horario de noche y dejé de moverme.
Psiquiatra: ¿Tu familia no se dio cuenta de nada?
Erik: Padres separados, me dejaban vivir en casa de mi abuela si cumplía los deberes sociales una o dos veces al mes. Recuerdo vivir ajeno a la realidad, pasar semanas enteras sin hablar con nadie, sin coger el teléfono ni abrir la puerta, solo trabajar de noche, dormir de día, beber, leer. Quedarme tendido en la cama durante horas pensando en los monstruos que habitaban al otro lado del papel pintado de la pared.
Psiquiatra: Continua…
Erik: No sé cuánto tiempo estuve viviendo así, pero en algún momento conseguí reconciliarme conmigo mismo. Cambié al turno de día y volví al redil. Ahora lo comprendía, había intentado olvidar a Emilie pero era en vano, tendría que vivir con ello. Empecé a hacer las cosas de forma correcta. La ropa adecuada, las opiniones correctas, los sueños correctos, ¿las mujeres? Por lo general me resultaban una caza estúpida, la mayoría presas del delirio social, deseando bregar contigo la primera noche pero esforzándose por urdir sutilezas y crear momentos artificiales. Ninguna mujer que conocía era consciente del paso del tiempo, utilizaban el carpe diem parafraseando diálogos de películas que en el fondo no entendían, nunca pensaban en la muerte, para ellas era un concepto prohibido, lejano, depresivo, incluso vejatorio en una conversación normal. Actuaban como si fueran inmortales, como si el amor lo fuera, como si su salud, su vida, estuviera grabada en granito para siempre. Por eso cuando enfermaban o descubrían a su marido siendo sodomizado por un compañero de gimnasio, el mundo perdía sentido -¿y mi inmortalidad?-, gritaban al cielo con el puño en alto. Pero todo pasaba y volvían a refugiarse de nuevo en los bancos, en sus centros comerciales, comprando sueños a plazos, embaucadas en la seguridad de un anuncio de compresas…
Psiquiatra: Creo que ya ha sido suficiente por hoy, mañana volveremos sobre lo mismo, quiero que hagas memoria sobre esa noche y todo lo que pasó después, ¿de acuerdo?

(…)

Emilie: ¿Has conseguido algún progreso?
Psiquiatra: De momento nada, todavía no ha sido capaz de asumir que se ha suicidado y está muerto.
Emilie: Todo es culpa mía, deseaba tanto volver a estar con él que aparecí demasiado pronto.
Psiquiatra: Vamos a mantenerle aislado, ya sabes lo peligroso que es cuando un alma no asume su muerte, se vuelven locos y provocan todo tipo de catástrofes.

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