martes, 24 de abril de 2012

Dios existía, sí, en serio, pero murió practicando la asfixia erótica con la mujer equivocada. Una amiga mía por cierto.

Me llamo Casimiro y he sobrevivido. Al menos la parte más importante y emotiva de mí anatomía: mi pene. Todavía enhiesto, supurando pus y sangre por las últimas heridas, maloliente e hinchado, pero deslumbrante con sus ocho centímetros de potencial viril.

Sólo quería vivir una pequeña historia de amor. El anuncio podría resultar algo zafio, pero solo pretendía dilucidar entre la superficie de mentes retrogradas alguna con ganas de desvelar filias y cicatrices al unísono. Pero la tal Irene resultó un fraude. De primeras se llamaba Primitiva, ¿quién cojones pone un nombre así a su hija? ¿Era una crueldad, o quizás preveían un destino desagradable a ese feto de meretriz y quisieron allanarle el camino eligiendo ya su nombre profesional?

Primitiva. Joder. Y luego no era una feladora vocacional, simplemente tenía hambre. Tuve que matarla, naturalmente.
La música aumentaba su volumen alzándose sobre nosotros, rápida, violenta, agresiva, obligándonos a intercambiar fluidos con dolor, como auténticos cenobitas, a encharcarme con la sangre de esa boca violada, a romper esos dientes afilados mientras anillaba sus pezones con los míos, a penetrar sus oquedades, no las viejas, las nuevas que abría con mi cuchillo en su costado, en sus mejillas. El dolor me volvía loco -el ajeno y el propio-, el réquiem que sonaba en mi cabeza alcanzaba el crescendo mientras intentaba lobotomizarla con mi polla, follarme literalmente su masa encefálica.

Estaba sumergido en estas ocupaciones cuando aporrearon la puerta. Era la policía. Dos tipos duros, también sin cerebro, como es menester para el cargo. Les dije que solo estábamos jugando, que podría bajar la música, pero que tenía derecho a hacerla gritar todo lo que quisiera. Uno de ellos, en un gesto reflejo, tocó ligeramente la culata de su pistola y me sonrió. Sí, es genial vivir en un estado fascista, la violencia nos une sin remordimientos, es como hablar de futbol, o del PP en Madrid. En otras circunstancias hubieran entrado y me hubieran ayudado, pero tenían que meter una paliza a algún inmigrante o simplemente toquetear a alguna niña que estuviera de botellón. Basado en hechos reales. Se van y sigo con la matanza. Casi siento tener que acabar. Introduzco los pedazos útiles de su cuerpo en el congelador y meto los restantes en bolsas de basura. Dejo una firma de sangre en el techo, soy un artista.

Reflexiono. El anuncio me ha traído algo inesperado, la red está llena de locura, de fijaciones, filias, frustraciones, de gente pidiendo cosas que repudia por el día, cuando intentan no quedarse dormidos en la torre de vigilancia de su campo de concentración. Amo a las mujeres que saben chupar una polla, que saben masturbarla en sus pechos, con sus pequeñas y débiles manos. Nosotros nunca aprenderemos a comerles un coño. Pobres. Pobre. Pobres. Me masturbo demasiado, demasiada presión en mi mano, demasiado ritmo sin lubricante, demasiados videos sórdidos enquistándose. Solo disfruto cuando violo el culo de alguna puta sin preliminares. Ya ni siquiera me gustan las vaginas. Solo me atrae la cosificación, pechos de cirugía, caras desdibujadas por el carmín y el maquillaje roto, la posesión brutal que termina en un squirting que me salpica, borrando cualquier rastro de hipocresía en nuestra animalidad. Te susurro obscenidades al oído, mi pequeña zorra, mientras te la meto. No busques más, te duele y te gusta, y la canción romántica que suena de fondo son tus gritos pidiendo más.

Voy a la ducha. Debería de revisar esas heridas, pero no tengo dinero. España está en recesión, la ultraderecha avanza en Francia. Somos mejores, sin duda, ¿tienes dinero? Perfecto, Papa Estado cuidará de ti. Lo mereces. ¿No tienes? Haznos un favor a todos: Muérete, estás bloqueando el avance del Estado del Bienestar de la Clase Alta. Tú no tienes derecho a una educación decente, a una sanidad universal, debes mantenerte estúpido, seguir con un trabajo basura el resto de tu patética existencia.

Varias generaciones degradadas a huir del país o a comer mierda. Aunque a muchos se les ha enseñado desde pequeños a saborearla y a pedir más y más. Incluso dan las gracias por su ración diaria. Mayoría absoluta, once millones de personas. No estamos hablando de tópicos, de tus vecinos escuchando el Cara al sol los fines de semana, de ancianos jugando a la petanca y hablando de la guerra civil, ¿quizás hablamos de analfabetos sin ideas propias que votan como quien va al supermercado? Tal vez el problema sea mucho más profundo, una especie de masoquismo ideológico, un maniqueísmo que te impulsa a ir en contra de tus propios intereses.

Casimiro necesita olvidar. Escribir sobre sexo es aburrido, todo el mundo ha follado, chupado, mamado, ha perdido el control en algún momento, ha acometido indignidades, fuera y dentro, en callejones sórdidos y en camas de hotel de cinco estrellas, ¿Qué más podemos añadir?
Casimiro llama a Irene –no sabemos realmente como se llama, todas para él tienen el mismo nombre-, se lubrican por teléfono, charlas viciosas sobre jugar al medievo con su coño. Irene coge el coche y se presenta en su portal. Le avisa que baje, se meten en el ascensor y empiezan a magrearse. Ella no lleva ropa interior pero ha traído su caja de juguetes. El ascensor se cierra pero no sube. Se besan, se muerden, se lastiman con palabras malsonantes mezcladas con declaraciones de amor eterno. Irene le obliga a tumbarse en el frío suelo metálico. Ahí le golpea, le humilla, le hunde con violencia el tacón de sus botas. Luego le obliga a chuparlo. Saca un dildo doble, lo ensaliva y, con un movimiento brusco, se lo mete en el coño. Se muerde el labio y sonríe. Empieza a follarse a Casimiro con el otro extremo. Gritos. Dolor. Orgasmo. Todo termina. Hay un destello de amor entre ellos, pero han sido tan dañados que solo saben expresarlo justo antes de correrse. La puerta del ascensor se abre e Irene vuelve al coche.

Despierto al día siguiente, casi es de noche. Hoy tengo que trabajar. Vibraciones de dolor llenan la estancia. Escancio un poco de vodka sobre zumo de naranja caducado. Es casi la única motivación para despertarme. Huele a muerte, esquivo el cuerpo putrefacto de Irene colgado de la viga del salón. Salgo. Me cruzo en el ascensor con el tipo del gabán, el vecino del cuarto. No me disgusta, al menos no parece que le guste comer mierda como al resto.

Llego a la reunión de alcohólicos anónimos totalmente ido. Me he tomado dos copas más en un bar, no creo que el chicle esté disimulando mucho mi aliento. Me siento al final del todo, junto a otro tipo. Me mira de soslayo, empieza a sudar y se pasa la lengua por la boca. Nota el olor a bebida, la exudo, pero debe de pensar que lo está imaginando. Le tiemblan las manos. Me encanta hacer esto. Somos alcohólicos para siempre, venimos a estas reuniones, a veces por compromiso, o por rutina, pero normalmente motivado porque notamos que vamos a caer de nuevo. Este es de los últimos, soñando con el sabor del alcohol, parándose un instante en cada bar, en cada pequeño colmado con ofertas de bebida en su escaparate.

Me pongo a escuchar. Ahora está hablando Irene –otra-, lleva nueve meses sin beber, dentro de poco le dejaran ver a su hija y está muy emocionada, dice que no lo habría conseguido sin estas reuniones. La gente aplaude. Realmente me gustaría que todo le fuera bien, su historia con el alcohol es el menor de sus problemas. Una de las veces que vine la convencí para ir a mi casa y allí nos emborrachamos. Si, de acuerdo, vengo aquí a ligar, me gusta más que los bares, ¿algún problema? Todo fluía, pero cuando me bajé los pantalones, me miro desilusionada y dijo que solo podíamos ser amigos. Tiene un fetiche con las pollas grandes, es algo visceral que no puede evitar, necesita sentirse empalada, como si tuviera un hueco, un vacío en su interior, que solo pudiera llenar con una enorme y sonrosada polla. Me molestó bastante, pero es buena chica, me hizo una felación de nivel meretriz triple A, y los meandros de la violencia fueron atajados. Eso sucedió hace tres meses. Hemos quedado alguna vez más, pero fue hace dos semanas, en medio de la típica borrachera melancólica, cuando me confesó que todo era culpa de su padre. Estuvo abusando de ella desde los seis hasta los trece años. Todo finalizó con un extraño accidente doméstico -que no se llegó a investigar- que lo dejó eunuco y medio loco. Desde entonces se encuentra ingresado en un hospital psiquiátrico, sin ninguna mejoría aparente. Pero aunque se creía que Irene había superado todo ese infierno sin mostrar secuelas, la imagen de aquella polla –enorme para una niña de seis-, avanzando hacia ella por las noches, se grabó a fuego, y solo consigue excitarse con alguien que tenga un badajo de unas medidas considerables.

Salgo un momento de la sala, doy un lingotazo a mi petaca. "El alcohol es como el amor. El primer beso es mágico, el segundo es íntimo, el tercero es rutina. Después desnudas a la chica." Al volver me cruzo en el pasillo con Irene, me guiña un ojo mientras juguetea con la ficha dorada del nueve en medio, símbolo del tiempo de abstinencia, que acaba de recibir. Me siento y sigo escuchando a los demás. Mi compañero de fila ha dejado de temblar, está más calmado, empiezo a tener curiosidad, ¿Cuál será su historia? No le había visto antes, o quizás no me había fijado porque nunca se ha acercado al estrado a hablar, cosa normal, la gente busca escuchar, una tregua en su propia historia. Alzo la vista, el estrado ahora está vacío, mudo, expectante. Noto como se levanta, vaya, los deseos se hacen realidad. Pero al pasar delante de mí se echa la mano al bolsillo, me tira su ficha, y desaparece por la puerta. Mierda, un brindis por otra recuperación milagrosa.

Tengo sed. Voy al baño de mujeres. Me miro al espejo, no sé si es la luz, pero veo mi cara cenicienta, los dientes parecen a punto de derrumbarse sobre mis encías. Entra Irene –otra- Es una gorda enorme, de esas que no sabes si tienen un problema de tiroides o demasiado tiempo libre para comer. La pillo por detrás y la empotro contra la pared. Empieza a gritar y le doy un par de tortazos, noto como en el segundo su nariz cede. Intento metérsela entre esos pliegues inmensos de carne. No consigo discernir si estoy dentro o fuera. Grita. La obligo a arrodillarse, vierto lo que queda de petaca sobre mi polla y la obligo a mamármela. Ella me sonríe. ¡Oh, sí! Otro juego, somos animales, ¿recordáis? Ella solo se excita si finjo una violación, ¿el enfermo soy yo? No, nadie, todo nace del aburrimiento. Le escupo en la boca y grito cuatro obscenidades. Me agarra la polla con fruición pero enseguida me canso y la sodomizo. Noto algo húmedo, parece que no he sido el primero de la noche. No debería, pero eso me encabrona. La agarro por el cuello y le obligo a meter la cabeza en el retrete, a lamer su interior. Se pone a lloriquear pero sé que la gusta. Justo antes de correrme pienso en la escena de la película “Lunas De Hiel”, cuando Oscar se arrastra invalido por el suelo mientras Mimi habla por teléfono despreocupada, y tiro de la cadena. No ha estado mal después de todo.

Acudo a mi trabajo. Son las dos de la madrugada. Hay un vacío en mi memoria en este punto. Lo siguiente que recuerdo es el sonido de la cara de mi jefe ensangrentada siendo reestructurada por mis puños. Todo el mundo observa sin hacer nada, un par de personas aplauden pero la mayoría sigue cogiendo llamadas, quizás no esté pasando nada importante. Sigo durante un rato, la sangre salpica mi camisa. Por fin alguien me coge por la espalda y me intenta calmar. Solo se me ocurre sonreír y enseñar los dientes. Al final deciden despedirme, no por lo que ha sucedido, todo el mundo cree que se ha hecho justicia, sino porque han descubierto mi lista negra en la impresora: un listado con los clientes más groseros que atendía y que, en mis ratos libres, me encargaba de dar de baja o utilizar sus datos bancarios para compras online.

Vuelvo a casa. Tengo un mes de paro, dos cadáveres y tres botellas vacías. Descuelgo a Irene de la viga, el hedor es nauseabundo, el cuerpo lleva descomponiéndose varios días. Pero es ella, Mi Irene, la única. Pongo la banda sonora de Blade Runner. Beso su cuerpo putrefacto. Me gusta su sabor, se me empieza a poner dura. En serio, Irene, te lo juro, nunca más, nunca, volveré a confundir tu nombre en la cama, por favor, perdóname. Me tumbo a su lado y la penetro. Algo cruje dentro de ella cuando empujo demasiado fuerte. Esto es amor.

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