jueves, 26 de abril de 2012

Que termine un momento precioso y le suceda la vulgaridad.

Que depresiva la última entrada. Los gusanos, como postulas de quietismo, resquebrajando mi cerebro en una hermosa metáfora. Como sentirte solo a la cinco y media de la mañana mientras mis antebrazos eyaculan mediocridad roja. Tres botellas de vino vacías, un elemento social extraño que grita entre sueños entrecortados “No somos ordenadores” en la habitación contigua. Hay profundidad en esa frase, pero el universo se resiste a tomar medidas.

La sangre sigue salpicando el cemento de mi conciencia con un ritmo de tortura incandescente. La música me hace el boca a boca, pero no hay luz al final del túnel en esta mortaja de conciencia. Tampoco hay necesidad de ella. Acaricio mi teléfono, pero en el fondo no quiero hablar. Es como mostrar una erección en medio de un seppuku contagioso. Intentar encender un cigarrillo apestando a gasolina. Éramos jóvenes y podíamos cometer errores, aunque solo fuera mera animalidad agitando la batuta.


Sólo amar, robar el timón, matar las ratas que roen tus entrañas. Y es verdad, cuando llevas bebiendo demasiado tiempo todo pierde textura, no hay referencia ni punto de apoyo, los cortes de los antebrazos –sí, es cierto- son un fidedigno almanaque de destrucción. Todo vuelve al origen cuando mezclo mi sangre en la botella.


La gente habla de amor, pero prefiero pensar en el talento mientras Radiohead suena de fondo. Morir es tan irreal como utilizar el blog como carta de suicidio. Sombras chinescas frente al teclado, una última copa alzándose mientras la no-importancia reverbera delante de.

La madrugada se convierte en un cementerio de elefantes buscando un párrafo en blanco donde morir, un estertor que busca la mirada condescendiente de un público exasperado sin ganas de perdonar ¿Por qué morir? ¿Y la tectónica inversa? Porque vivir, amar, follar, existir, eyacular, humedecer, idealizar, escribir, exponerse, drogarse, beber, amar a ese imbécil que se corre en tu boca, irse a Londres, permanecer en Madrid, Granada, Jaén, Barcelona, escuchar una canción deprimente en bucle, resistir, masturbarse con algo que no existe, apagar el teléfono, hablar de Amélie, follar sin condón, dar portazos, coquetear brutalmente cuando tienes novio, leer para mentir mejor, creerse especial cuando solo eres una mota de polvo con el mismo simulacro de conciencia que una planta…

Mierda. Ya no hay más bebida. Todo acaba aquí, de forma abrupta pero justificada. Mi problema siempre ha sido que no sé contar chistes. Y que la tengo excesivamente grande, claro.

Harrowdown Hill by Thom Yorke on Grooveshark