lunes, 9 de enero de 2012

Me hago solos en tu honor y no siento nada.

Hay algo pudriéndose en mi cabeza, un zumbido inmisericorde. Es una resaca de las jodidas, de las que abren los diques de la depresión, es ahora cuando más nostalgia siento de compañía femenina. Pero en vez de eso solo tengo soledad. Y resentimiento. No busco salvación en la poesía, soy un monstruo sin dignidad, me dejo llevar por el asco hurgando en la basura. Es eso o la navaja.

Enciendo el ordenador e introduzco la película que he comprado por internet. Material ilegal, material que conlleva denuncias y condena social. Material que viola las filias normales y va más allá. Un suicidio de la sensibilidad orquestada a golpe de cadera y ultraviolencia. No soy nuevo en esto, naturalmente, he sido coleccionista durante años del hardcore alemán más brutal, también de las tristes depravaciones japonesas con jovencitas. Pero esto es diferente, esta película supone el cenit, la degradación del espectador cómplice, el no retorno. Estoy tan excitado como un chaval de catorce años ante su primer coño.

Me bajo los pantalones y me pongo a ello. Todo comienza. Es mejor de lo que esperaba, hay muchos gritos desde el principio. Ralentizo mi mano, no quiero acabar demasiado pronto.

Recuerdo a esa chica de la Fnac del viernes, hablando de poesía  y de libros. No sé si estaba flirteando, soy un zoquete para las señales femeninas. Debería de haberle dado mi número de teléfono para tenerlo claro. El rechazo digo. La no intencionalidad. Lo peor de la vida son las incógnitas, el conocimiento no te hace más feliz, pero si tiendes a vivir en el pasado ayuda un poco. Le di la dirección del blog sin decirle que era mío. Torpezas concatenadas.

La película manda. Salen más secundarios, animales incluso. El campo. Bajo un poco más el volumen, mi polla no tiene dudas, pero mi mente todavía está intentando procesar la información, saturada por las imágenes. Tantas posibilidades en cuerpos tan limitados. Hay cosas que no sabía que podían hacerse, creo que eso deja secuelas, esa chica no podrá volver a tener sexo normal en su vida. Me doy cuenta que yo tampoco, llevo ya demasiado tiempo en soledad con esta depravación haciéndose un hueco en mi neurastenia. El sexo normal me aburre, la imagen de una mujer empapando mis sábanas con sus flujos me resulta aburrida, vulgar incluso, no me provoca ni una débil palpitación. Estoy acostumbrado a las atrocidades, a la cosificación, dentro de poco mi única vida sexual dependerá de prostitutas transexuales o del turismo sexual.

Pero necesito huir de esta soledad, necesito desconectar de alguna manera, necesito dar un sentido a algo. Me doy asco, pero como el alacrán que odia su alacranidad pero la necesita para acabar consigo mismo, debo utilizar el asco para eyacular asco, para sobrevivir un días más. Para levantarme, ducharme, vestirme, comer, lavarme los dientes, trabajar. Eludiendo el poco sentido de todo esto. El poco no: la absoluta falta de sentido.

Hay un cambio de escenario, carnicería, cadenas, argollas, fustas, el rollo snuff movie tiende al infinito. Y esa chica es menor y no parece que haya firmado ningún contrato, simplemente esta aterrorizada. Y esa sangre es real. Mierda, me podrían detener por eso. Sigo moviendo frenéticamente la mano.

Ahora se suceden escenas de temática transexual fetichista. Dejan a alguien moribundo en un rincón ahogándose en su vomito después de una larguísima escena de garganta profunda. No consigo correrme. La resaca se transforma en migraña, debería de salir de esta habitación. Pero ahora lo irreal es lo otro, lo que está afuera. Me empiezo a asustar, hay demasiado material homosexual implícito y es ahí donde mi polla no flaquea, donde tengo que reducir mi ímpetu. Justo cuando empiezo a creer que soy gay aparece una nínfula con coletas y dos enormes perros centuplicando mi excitación. De acuerdo, no hay problema, solo estoy terriblemente enfermo.

Hay demasiados preliminares con los perros, pero quiero ver la escena entera. Descanso un poco. No voy a ir a trabajar. No quiero ver a nadie, no quiero permanecer, solo quiero desasirme de mí mismo. Algo tintinea al lado de mi pie. Una puta botella de vino blanco. Me agacho y bebo un trago justo cuando una de las nínfulas es sodomizada. Bien. Algo de sincronismo. La película manda.

Dejando aparte el sexo, la relación se mantiene como una forma de masturbación ególatra. Uno se refleja en los ojos de la otra persona, existe en ese reflejo, en la réplica, en sus palabras que te definen aunque sean insultos. Te aíslas en esa isla sin soledad sintiendo que existes porque alguien te personaliza dentro de la masa pronunciando tu nombre con cariño. Esa es la sensación que al final se echa de menos, no irse a Londres, no es Gary Cooper haciendo lo correcto, no es una letra de Extremoduro. El virus del romanticismo es el que se encarga de dar fecha de caducidad a este espejismo sutil.

Sigo masturbándome pero ahora tengo miedo a correrme, las escenas son cada vez más violentas y el orgasmo marcará mi próxima filia sexual. La película está dividida de forma episódica y aunque al principio no encontraba el nexo, parece que es el viaje delirante de una de las protagonistas, la única que va sobreviviendo a cada escena. En las primeras secuencias era una niña, y ahora ya es toda una mujer que mira a la cámara con unos ojos verdes eternos y desafiantes. Hay una sensación Proustiana de recreación de un puzzle que luego te dará una imagen totalmente diferente a la suma de sus piezas. Le he quitado totalmente el sonido, pero tiene subtítulos y no puedo evitar leer su nombre alguna vez. Es el nombre que odio y que se repite en mi entorno continuamente, otra prueba de determinismo. Hay mujeres que deberían de presentarse con ese nombre. “Hola soy (…) y vengo a joderte la vida” y tú, antes de terminar la frase, ya estarías asumiendo el sufrimiento de los próximos seis meses. O lo que durase.

La migraña está alcanzando cotas desconocidas de dolor, cada vez me cuesta más concentrarme en las imágenes. El vino blanco ya solo es un recuerdo y una nausea sube y baja por mi garganta. No puedo moverme, estoy atrapado delante del ordenador, en esta habitación a oscuras. Quiero salir, pero la película manda. El teléfono no para de sonar. Seguramente del trabajo. Un retazo en mi memoria me avisa de que hace meses que me despidieron. Pero lo ignoro. Estoy seguro de que son ellos, a pesar de ese desconchón en la pared que hice cuando lance el móvil contra la pared y lo destrocé. La película manda. Ahora la protagonista, frisando los treinta, está siendo violada violentamente mientras una cola de hombres de enormes falos espera su turno. Ella ríe, llora, gime. Mi pene está en carne viva, como su vulva, en algún momento he debido de eyacular sangre, pero no paro, ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

Recuerdo la última vez que fui feliz, estaba en Santiago de Compostela, por la noche de fiesta, habíamos comprado un gramo, en el coche sonaba Radiohead, el álbum de siempre. La noche se abría de piernas para nosotros, me sentía joven, trabajo, planes, una casa. Solo quería divertirme, la risa estallaba en mi cara sin excusas. Íbamos con Manolo, nos reíamos de sus historias de drogas, justificando su uso en su misma existencia natural. Fuimos a un prostíbulo, cambiamos drogas por cuerpos. De pronto, serían las tres de la mañana, me sentí terriblemente solo. Llamé a esa chica. Ella me cogió el teléfono. Llevábamos cuatro años sin hablar. Y me sonrió con su voz. No necesitaba más. Quizá debí coger el coche en ese momento, hacer un viaje de seis horas y meterme en su cama. Y decirle que no, que todo era mentira, que lo empezaba a sospechar, que me salvara, sobre todo de mí mismo. Pero no hice nada. No sucedió nada. Madrid siguió sin banda sonora y después de dos silencios colgué.

Siento como si la habitación palpitase, es algo extraño, como si me rodease un dolor ajeno, difuminado. Pero la sed es auténtica, propia, una sed horrible de desierto. No puedo moverme, la película manda. Esta escena me suena, ¿ha vuelto a empezar? Unos enanos deformes están follándose a la protagonista, ahora embarazada. ¿Quién será el padre? Cada vez está más avejentada, ¿Cuánto tiempo llevo encerrado aquí?  Parece su biografía. Rompe aguas pero la escena continua. Una voz en off subtitulada reflexiona sobre la crucifixión del tiempo. La horrible sensación de no haber aprovechado tu vida cuando, ya mayor, no te quedan esperanzas, solo recuerdos. Alguien replica que siempre sentiremos eso, que cualquier decisión es una limitación en sí misma, que son crisis existenciales irremisibles. El niño recién nacido cae en un charco de semen, sangre y vísceras. Al final la locura es no saber, no arriesgarte, no haberte declarado, no agotar las cosas hasta el final, no dejarte llevar alguna vez por los impulsos. Ella siempre lo hacía, victima implacable de sus caprichos egoístas, pero vivir es sufrir, ¿Qué importaban los demás, quemándose lentamente en su intensidad?

Llega el final de la película, como un déjà vu. Estoy deshidratado, tiritando, el olor a vómito y suciedad noquea la atmosfera. No importa, la película manda.
Ahí está el cuerpo de ella, en la cama, sola. ¿Qué debe sentir ahora, cree que su vida ha merecido la pena, cree que el simple ejercicio del placer da sentido a algo? Sabe que se muere, como el protagonista de Muerte en Venecia.  Sigue siendo hermosa -las cicatrices pueden ser hermosas-, nada ha conseguido mancillarla. Suena la música perfecta, como un poema de Poe.

Me colapsa la tristeza, el tiempo pierde continuidad y se resume en su imagen congelada en la pantalla. Pero ya es demasiado tarde para la reconciliación, el asco sigue dentro de mí.

Aparecen los créditos y, casi como un acto de misericordia, el fundido en negro de mi muerte.

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