viernes, 6 de enero de 2012

En 1969 dejé las mujeres y la bebida. Fueron los peores veinte minutos de mi vida.

El primer párrafo siempre es difícil. Sobre todo cuando solo queda vino blanco y no sé cómo reciclar mis desechos mentales sin que nos resulte aburrido a todos. Es una noche sin regalos, con el insomnio en las cuencas de los ojos. Y es un post importante, el número doscientos. Pero siempre tardo demasiado, repasando, intentando no repetir las palabras... Sería un traductor horrible, siempre buscando sinónimos, impidiendo que el escritor use el cebo de la repetición para llamar la atención sobre algo. Siempre borrando, dos mil palabras se transforman en la mitad. La mitad en la mitad. Como si así pudiera perdonar la mediocridad haciéndola más breve, como notas a pie de página que no se responsabilizan de lo de arriba. Y luego el problema con las comas, con el “yo” que detesto, con los adverbios en las conversaciones. Supongo que cada uno tiene sus manías, pero la sensación final es de cierta culpabilidad por violar a la espontaneidad con tanta alevosía. 

Podría hablar de la cabalgata de reyes, de ciertas mujeres que solo funcionan como posibilidad. Pero al final acabaría hablando de soledad. La soledad es el olvido del tiempo, un Día de la Marmota al revés, la sensación de que estar vivo es el precio de algo que nunca quisiste comprar. Intentar atravesar la fría y dura costra mental para solo encontrarte el vacío de un zombi obsesionado con idioteces. Ni siquiera la tregua de ilusión que supone un billete de lotería –que incluso premiado no cambiaría lo esencial- puede provocar algo de cadencia al golpeteo de estos dedos agarrotados sobre el teclado.

Pensaba en Henry Darger, escribiendo un libro de más de quince mil páginas durante treinta años. Solo, aislado, yendo a la iglesia cinco veces al día. También era ilustrador, acuarelas de niñas con pene siendo torturadas por soldados complementaban su inmenso libro. Un libro con dos finales. Lo del pene en niñas no se lo toméis a mal, era virgen, no había visto a ninguna mujer desnuda. Obsesivo religioso. Y basurero. Creo que se llama arte marginal. Un exponente.
También recuerdo a William Schmidt, quiso explotar una mina de oro, el problema es que estaba a más de treinta kilómetros de un núcleo habitado. Se le ocurrió la genial idea de hacer un túnel con dinamita, atravesar la montaña, y así ahorrarse los continuos viajes por el peligroso desfiladero. Al final esta empresa se convirtió en una obsesión que le consumió durante treinta y ocho años. A pesar, añado, de que el ferrocarril finalmente empezó a cubrir esa ruta. Vidas dedicadas a algo...

El problema de Drive es que la protagonista me recordaba a ella; los clips en la cabeza, la mirada, la forma de la cara. Y en la tragedia.

Poneos en situación: se aman. Aun no lo han mostrado explícitamente por una serie de circunstancias pero está claro que es así. De pronto entran en el ascensor. Hay un matón dentro, ha sido enviado posiblemente para matarlos. Él se percata y en vez de seguir estereotipos, de hacer cualquier heroicidad, desplaza lentamente su mano para protegerla a su espalda, se gira y mientras suena una música perfecta, mientras los gestos se ralentizan, mientas la iluminación cambia…la besa. Y es uno de los besos más románticos y trágicos del cine, porque es un momento que los dos han anhelado con silencios, con miradas, con pequeños gestos durante toda la película, y aunque ella se entrega totalmente para él es diferente, para él es una despedida. Después de un momento eterno se separan, ella todavía sin poder desprenderse de su mirada. Y justo ahí la realidad nos golpea: el matón empieza a moverse y él reacciona matándolo de forma brutal. Ella le mira horrorizada y desaparece. No solo es una despedida, es la disolución de la imagen que tenía de él, el fin de cualquier oportunidad aunque salgan con vida de todo esto. Han creado magia, algo especial, y se ha reducido a cenizas en apenas unos instantes. Eso es talento, trascender la irrealidad del cine y conseguir que te emocione.

Me voy a acostar ya, sólo hay canciones de suicidio, ganas de beber y masturbarme. También ganas de romperte las bragas y arrodillarme entre tus muslos de nuevo. Transformar tus jadeos en música. Lamerte al principio despacio, en espiral, luego con ansiedad, hambre, sed, locura, como si tu clítoris se estuviera asfixiando. Humedecerte con mi aliento, aplastarme contra tu sexo y regodearme en él, la simple táctica –o estrategia- de dar sentido a mis días con tus orgasmos.

Porque reconozco que suelo escribir sobre ti. También sobre mujeres que no existen –y sobre algunas que no deberían de existir. Porque brillas, y aunque también eres atractiva -aunque eso no deje de ser un canon publicitario, carne ubicada en el lugar correcto-, lo importante es que tu brillo es capaz de transformar folios en blanco en poesía, de retorcer la banda sonora de mis sentimientos con el sonido de esos tacones que siempre –desgraciadamente- escucho alejándose de mí. Siempre fuiste mi otoño antes de dormir, y por eso hay una sombra mía en el centro de París, para que cuando vayas sin buscarme no te deje echarme de menos.

Como diría Oliveira “La soledad es esperarte”, ese bucle de paraísos perdidos en el que me conformo con atar tu ropa interior, como vino aguado, a mi alma.

Sail to the Moon. by Radiohead on Grooveshark