domingo, 11 de diciembre de 2011

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Estoy excesivamente borracho. Podría justificarlo arguyendo que es un homenaje al nacimiento de Morrison, pero la verdad es que ni lo recordaba, además fue el jueves. Puta cena de empresa, rodeado de mujeres, de ti, de bebida, de comida, de charla insustancial, planes, anécdotas sin gracia. Luego el antro con música vomitiva, donde todo el mundo baila y se emociona. Más bebida, más interacción. No contigo claro. Y al final acabo a las siete de la mañana bebiendo vino directamente de la botella y enrollándome con una tía que no me interesa.

Me cuenta que desde que ha tenido el niño tiene más ganas de follar y se siente frustrada e infeliz. Me quedo en silencio. No estoy en condiciones de follar. Me largo con su vino, sólo quería un poco de cariño, prefiero el frío de la calle a su coche.

Escribo porque sé que nunca vas a leerme, es algo morboso, cobarde, estúpido, pero espero que tenga ese efecto masturbatorio catártico, como un buen opiáceo, que me relaje de esta obsesión que conspira por las noches. No me conoces aunque compartamos espacio en el trabajo, mi nombre, mi voz, mi imagen viajó por tus sinapsis sin dejar huella, algo que suele suceder, no soy alguien que puedas catalogar de follable, tus hormonas esquivan mi genética con la crueldad aséptica de una nota a pie de página hablando de un escritor muerto.

No creo que mis sentimientos validen nada, y aunque sé que la belleza no es sinónimo de verdad y aunque hay cosas importantes que no conozco –como tu cara de orgasmo-, no puedo evitar idealizarte, sacarte de la vulgaridad del resto de vaginas que se hacinan a tu alrededor. Observándote de lejos te he averiguado: eres inteligente, idealista, responsable, coqueta, odias perder el tiempo, tienes temple social, miras a los ojos cuando hablas, realmente escuchas. No sueles beber, pero resplandeces cuando estas achispada, no te gusta maquillarte en exceso, eres intensa cuando ves una injusticia…

Aunque en el fondo somos retazos de ADN condicionados, alineados por las circunstancias, con poco margen de libertad, tienes muchas facetas, cada una con un matiz que vislumbro en diferentes ocasiones, como sino hubieras querido venderte. Por eso sé que buscas las mariposas en el estómago, la película, el beso pasional y romántico bajo la lluvia, la épica. La buscas con tenacidad y me gusta que lo hagas, porque también la mereces, sabes perfectamente como abducirme –a mí y a todos- con esa mirada que desarma, con ese leve y elegante coqueteo.

Sueño con arrancarte las bragas, cogerte por detrás y agarrarte con saña los pechos, sentir tus pezones duros a través de la lencería. Te apretaría mi polla para que sintieras como deseo penetrarte hasta que sangremos, mi lengua bailaría por tu nunca, tu cuello, recorriendo tu espalda, te mordería ese culo perfecto y luego te echaría en la cama. Te abriría de piernas para poder acariciar con las yemas de los dedos, ligeramente, ese coño húmedo vibrante que me pide carne, riesgo, locura. Notaría como cambia tu respiración cuando mi lengua se abre paso, como arqueas tu espalda y te pegas a mí. Y ahí, justo cuando no puedes más, cuando gritas pidiéndome –casi suplicante- que te la meta hasta el fondo, empezaría a follarme tu inalcanzable imperfección, te horadaría hasta el apocalipsis y seguiría más allá, hasta que nuestras carnes se fundieran y mezclaran en una masa indistinguible.

Es la soledad la que apuntala mi obsesión, sé que no me harías feliz, eres jodidamente inestable, egoísta, manipuladora, con esa intensidad que te da excusa para todo. Pero de alguna forma enferma estas dando sentido a mi vida estos tres últimos meses. Divago, ni siquiera es culpa del alcohol. El rebaño es coherente, lo que no compartes no existe. En “Carta de una desconocida” de Stefan Zweig la protagonista pasa toda su vida enamorada del mismo hombre y antes de morir envía una carta contándole todo. Pero él, después de leerla, no recuerda ninguno de esos breves encuentros que tuvieron y que significaron todo para ella. Ni siquiera recuerda su cara. El final de la película difiere, él pensaba huir de un duelo de honor que tiene esa misma noche, pero al terminar la carta decide ir. Hay una cierta condescendencia en ese final, sólo nuestro ego agradece ese amor no correspondido. Tú eres una romántica, necesitas que Él te saque a bailar mientras los músicos del Titanic siguen tocando. Sí mi pase de baile sigue vacío no es algo que tenga importancia para ti.

Ya vislumbro la resaca idiotizante. Te confieso que ahora, después de escribir todo esto, me he puesto cachondo, tengo la tentación de sacarme la polla, esa polla roja, rotunda, hermosa -como solo puede ser una polla cuando da placer y no tedio-, y gozar de la maravillosa base de datos de monstruosidades que alberga internet. Alejarme un poco de tu nicho rosa y embrutecerme con imágenes de sádicos con máscaras de cuero que perforan con sus pollas descomunales a pequeñísimas nínfulas, BDSM sin control, con sangre, heridas, marcas, cicatrices…escenarios de mazmorra del medievo, donde violan con instrumentos de tortura. Embarazadas con animales, enormes cantidades de carne confundiéndose, degradación, sordidez, empañando el alma mientras pequeñas ondas de placer ascienden desde mi mano.

Pero la cosa no funciona, supongo que necesitaría tus mentiras, mentiras de Diosa que me hagan especial, que desplieguen mis inseguridades sobre el tamiz de sabanas sudadas y las evaporen con esa mezcla de flujos y gemidos que hacen a una mujer perder el control y entregarse brevemente a ti…o a la nada que perfilas con tu cuerpo.

Pero como decía antes todo es estéril –yermo-, cuando no hay bilateralidad, te conviertes en el personaje de una obra de Lorca, sumergido en su destino fatalista, arrinconado entre cuatro paredes donde la felicidad no es una opción.

Lo más lógico sería intentar venderme: me gusta comer coños, disfruto enormemente naufragando entre vuestras humedades. A veces creo que mi lengua es más sabia que mi polla. El desequilibrio es necesario.

Hay momentos mediocres que el tiempo hace indispensables, como hacer reír a esa chica que te interesa, aunque luego se abra de piernas con el hombre equivocado, es decir, no contigo. Hay gente que esquiva el dolor sin darse cuenta de que es la forma más sencilla de sentirse vivo, somos, con perspectiva, productores de basura, parásitos. Habla de tu legado a la muerte, haznos reír. Me tumbo en mi encrucijada, pataleando en las arenas movedizas de mi propia inanidad, dando el mejor ejemplo, como un libro malo, de lo que NO se debe hacer. No sé si eres una puta o la dueña del burdel pero usabas subordinadas en las conversaciones y eso me ponía cachondo…o quizá el reloj se paró cuando Radiohead sonaba de fondo y tu boca se atragantaba con la nada mientras el vino resbalaba por tu coño, cálido y hermoso como un amanecer sonrosado.

Ese último párrafo ha sido una excusa para ganar tiempo a la raya vertical que parpadea inmisericorde pidiendo un final que no soy capaz de encontrar. Y aunque no dejo de pensar en ti, mi querida y atractiva lectora, jugando con tus dedos mientras me lees, no tengo más remedio que huir sin darte lo que necesitas. Mi cabeza sigue gruñendo en un idioma desconocido…quizás después de mil trescientas palabras el amor deje de tener sentido, quizá el vino tenga un extraño sabor metálico, quizá lo apocalíptico se vuelve normal, quizá focalizar el orgasmo solo en Ella es tan estúpido como golpear esta pared, destrozándote los nudillos en sangre, futilidad y dolor, quizá estas noches que devoran cerebro e hígado, donde las ventanas no son salida sino solución, donde recargas el arma listo para la revancha, lo único que puedes hacer es follar hasta que tu alma se seque de cansancio, aunque solo sea una virginal página en blanco.

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