domingo, 20 de noviembre de 2011

Algo más que simplemente existir...

Me llamo Cordelia, tengo treinta y dos años y mi hurón ha muerto.

Es curioso cómo funcionan las asociaciones de ideas, recuerdo ahora como perdí la virginidad, como me atenazó en ese momento el mismo sentimiento de vacío, de insensibilidad. Tenía veinticinco años y quizás por miedo o más bien por orgullo, porque la persona que quería no tenía ni siquiera interés en mí, esperé. Hasta que apareció otro, otra relación turbulenta. Pero esta vez cedí, me acerqué a su casa y me folló. Sin velas, sin demasiado cariño, simplemente me puso encima de la cama a cuatro patas, me bajó las bragas y me folló. Y luego, con aire displicente, me pidió que me fuera.

Hay lágrimas que nunca caen, no por una tregua mal entendida, sino porque el dolor queda encapsulado dentro de ti. Sentía que me lo merecía, que en el fondo era lo correcto. Quitar importancia a los hechos. Y claro: seguí con él. Yo le escupía algún te quiero, y él me follaba mirando el reloj.

Cuando le dejé, después de año y medio, todavía extraviada en esa mezcla de obsesión y dependencia que es el amor, ya empecé a darme cuenta que algo dentro de mí no iba bien. Pero aún me sentía joven: me mudé de provincia, compré una casa, intenté moverme entre el escarceo sexual y la mentira.

Y ahora, mientras sollozo estúpidamente por este animal inútil, fétido, que se parapetaba detrás de su jaula sin apenas prestarme atención, me doy cuenta de lo sola que estoy. Pienso en llamar a alguien, pero es de madrugada. Me intento convencer que simplemente es una crisis ridícula, que tengo que mantener mi impostura de mujer dura y descastada, pero en el fondo sé que no tengo a nadie, ni siquiera mi familia, a la que tenga el valor de despertar. Me ahogo en este piso, tengo una bola de bilis y angustia florando en el estómago. Me asusto. Cojo el teléfono y marco ocho dígitos, mis dedos revolotean sobre el noveno y al final cuelgo.

Me conecto a internet, leo algunos blogs. Echo de menos al tal Rorschach, hace tiempo que no escribe nada, una vez superas su grandilocuencia infantil tiene algún destello escabroso que humedece mi alma. Le dejo otro mensaje. Sería gracioso vivir cerca y ni siquiera saberlo.

No puedo seguir en casa, cojo al hurón del congelador, tenemos que salir de aquí los dos. Se me ocurre subir a la azotea y arrojarlo desde allí. O quizás arrojarme yo misma. Vivo en una tregua permanente con este sentimiento, a veces me pienso subida a la cornisa, cerrando los ojos, mi mente haciendo un amago extraño superponiendo estampas de un futuro que prefiero no vivir. Y un instante después cayendo. Sin sonido.

Salgo y llamo al ascensor. Mierda, otra vez: no funciona. Vivo en un quinto, podría subir los otros siete pisos andando. Resoplo. Empiezo a subir escaleras. A pesar de las horas puedo vislumbrar algo de vida tras las puertas de mis vecinos, les escucho gritar, gemir –o su apocope en forma de golpecitos contra la pared-, un bebe llorando, teletienda en el televisor, videojuegos de guerra. Tan sola y tan acompañada. Por fin llego hasta la puerta azul metálica que da paso al tejado. Esta entreabierta, genial, seguro que mi imagen en camisón con un cadáver congelado en las manos causa furor en las reuniones de vecinos.

Suspiro -debo de suspirar más de cien veces al día-, y empujo la puerta. Sólo hay una persona, ni siquiera le conozco, cosa por otra parte normal. Es un tipo alto, delgado, con pinta de intelectual desaliñado. No parece peligroso, más bien indefenso ahí plantado, fumando un cigarro mientras mira a lontananza. Se gira sorprendido, supongo que él tampoco quería compañía

 (…)

Esta amaneciendo, Me siento feliz. Ha sido una noche inolvidable. Intensa. Más intensa que cualquier cosa que haya sentido hasta entonces. No puede haber sido una simple casualidad que el ascensor dejase de funcionar y él decidiera salir a la azotea a respirar, que nos hayamos encontrado precisamente ahora. No puede ser casualidad que hayamos derretido esa fina e indistinguible capa de hielo que nos recubre en apenas unas horas de confidencias y abrazos. Le miro y es como vivir un presente superlativo en el que todo se detiene y cobra entidad, contorno. Ni siquiera se ha dado cuenta del efecto que me ha causado, de cómo me ha conquistado sin apenas esfuerzo, con esa mezcla de fragilidad y fatalismo que tanto me conmueve.

Quiero hacer las cosas despacio, me despido con un travieso beso en la comisura de sus labios y una sonrisa. Me giro antes de traspasar la puerta metálica y una punzada de decepción me traspasa cuando veo que se ha dado la vuelta y ya no me mira.
Da igual, soy feliz. Es él. Sin duda. Bajo los escalones de tres en tres, paso delante de mi puerta y decido que voy a comprar el desayuno fuera, sonrío al recordar el final del pobre hurón entre la elegía humorística y el panegírico. Llego exhausta al vestíbulo. Me paro un instante delante del portal del edificio, sin salir. Cierro los ojos. Me pienso. De pronto ese golpe brutal, un sonido de aplastamiento. Se escuchan gritos y veo pasar a varias personas corriendo como sombras. Dejo de respirar. 
A la vez, detrás, algo hace contacto y el ascensor empieza a funcionar.

La vida sigue girando.

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