miércoles, 23 de noviembre de 2011

La literatura es ofrendar memoria.

Hay rupturas sentimentales que tienen la potestad de marcar tus gustos musicales, pero no solo eso, también de provocar secuelas: escuchas ciertas canciones y un nudo en el estómago te escupe la realidad a la cara, sí idiota, ¿Cómo te atreves a dudarlo? Sigues enamorado.

Me desperté con una terrible resaca, ¿era jueves, invierno, de noche? No quería recordar nada, ni donde estaba, ni quien era, solo volver a la inconsciencia. Pero el dolor lacerante de mi cabeza discutiendo de igual a igual con el que provenía de mi pie derecho me obligó a incorporarme.
Me miré en el espejo del cuarto de baño: Mierda. Un cubilete de carne lleno de mierda. Pero a fin de cuentas alguien con cuenta corriente, nómina y medio gramo de cocaína todavía en el bolsillo. Sí, esa era la idea. Ahora una llamada al trabajo. Una mezcla de excusas entre gastroenteritis y el entierro de un familiar lejano y a dormir.

Un toque, dos, tres…una familiar voz de tono uniforme me da los buenos días y me insta amablemente a que diga algo. Y es ahí, en ese momento, cuando me doy cuenta de que estoy completamente mudo. Cuelgo. Bueno, quizás lo de ayer fue excesivo. Farmacia, antibióticos y totalmente rehabilitado en dos días.

Eso fue hace más de dos años.

Al principio parecía una broma de mal gusto, fui a médicos, especialistas. Nadie encontraba explicación. Seis meses después, con un despido de exigua indemnización debajo del brazo, me desviaron a la consulta de psiquiatría. Año y medio de terapia y seguía igual. Incomunicado.

Mis ahorros estaban empezando a peligrar, me había mudado a una habitación con vistas a un bonito patio interior donde vislumbraba bragas xl de sabroso encaje y vecinas derrotadas por la cotidianidad. Llevaba una vida más tranquila, sin mucha compañía, exceptuando visitas extemporáneas de amigos con los que compartía televisión y notitas ya creadas que señalaba con el dedo –el pragmatismo de la comunicación llevado al estadio supremo-, nadie de mi entorno sabía de mi problema, con simples asentimientos podía seguir compartiendo ascensor con mis vecinos, confidencias con cajeros de supermercados, tenderos o simples funcionarios. Incluso podía seguir manteniendo las mismas conversaciones telefónicas con mi familia.

Con las mujeres noté cierto éxito al principio, pensaba que mi extraña mudez convergía en un misterio que las atraía, pero al final comprendí que lo único que les interesaba era tener a alguien que les escuchase sin interrupciones. O quizás entendía mal sus intenciones y querían curar la ausencia de palabras de su príncipe encantado con muchas palabras. Peroratas inmensas.

Lo curioso es que cuando empezaba a interesarme con alguna, cuando creía que la cosa podría funcionar, lo fastidiaba todo hablando en sueños, casi a gritos. Ellas se despertaban enfadadas, sintiéndose víctimas de una gran estafa. Naturalmente todas reaccionaban de forma madura: arrojándome cualquier objeto macizo y puntiagudo que tuvieran a mano mientras me gritaban obscenidades que en otro momento me hubieran puesto cachondo.

Pero como iba diciendo mis pequeñas aventurillas me dejaban insatisfecho, me sentía solo y sí: tenía miedo de quedarme mudo para siempre. O sea que, con cierta sensación de apremio, decidí investigar por internet. Lo primero que encontré fueron varios blogs de gente que le sucedía lo mismo que a mí. Es lo que tiene este medio, cualquier inadaptado puede encontrar su pequeño oasis social. En mi caso personas con problemas psicosomáticos extravagantes. Entré en unos de los grupos. Había casos divertidos como Manuel: era pintor, y se quedó ciego cuando descubrió a su mujer con otro hombre. Vaya, pensaréis, si  todo el mundo fuera tan sensible estaríamos viviendo un “Ensayo sobre la ceguera”, pero hay un detalle más: ella le estaba chupando la polla a su perro, un pastor alemán. Joder, un puto trio.

Y ahí estábamos todos, gente normal que de pronto pierde el sentido del gusto, el del tacto –jodiendo sus relaciones sexuales-, gente que de pronto se volvía daltónica o sinestésica. Unos putos freaks en una torre de Babel virtual. El caso es que ahí conocí a mi querida sordomuda. La primera vez que chateamos cayó sobre mí esa vieja fantasía en la que la libre verborrea sexual campaba a sus anchas sin que ningún mohín ni rencilla posterior pudiera dosificarla. Vamos, patente de corso para decir cualquier burrada que se me antojase en la cama, y yo –en confianza- soy muy proclive a ello.

Solo habíamos hablado a través de chats, la única forma posible de hacerlo dado que ninguno habíamos aprendido a leer los labios y teníamos escasos conocimientos del lenguaje de signos. Desde el principio su historia me resulto extraña. Primero me dijo que había sufrido abusos en la infancia, que enterró esos recuerdos y tuvo una adolescencia bastante promiscua, de las que vas probando de todo y a todos. Y finalmente, en algún momento entre la decimoquinta relación tortuosa y la siguiente, el cerrojo saltó y recordó todo. Pero sonaba demasiado a cuartada. Y claro, ese misterio me embriagaba porque, ¿Qué podría querer ocultar que fuese peor que eso? En el caso de que no fuera todo una paranoia mía claro, cosa que a estas alturas del relato era lo más posible.

Hice ímprobos esfuerzos y al final la convencí para quedar en persona. Era magnifica, no por ser excesivamente guapa, sino por compartir algunos de esos rasgos que normalmente no emocionan, labios demasiado finos, palidez, una apariencia aniñada sin apenas voluptuosidad, pero que al final te van fascinando precisamente por marcar una diferencia con lo que estás acostumbrado a admirar.

Vimos juntos El Piano en versión original. Todos tenemos nuestros fetiches que reverberan desde el pasado consumiendo parte del presente. Eso pensé cuando puso justamente la pista número diecinueve de la banda sonora de Amelie. Me emocioné. Ella, sin saber el motivo exacto, me atravesó con esos ojos oscuros como muros de abismo, con intensidad, acariciándome la cara, quizá para sentir la vibración de mis lágrimas. Y ahí, los dos, en ese silencio acuoso, nos besamos.

Y el sexo era tan intenso como su mirada, era todo y nada, siempre y nunca, sin medias tintas. La muerte y la sorpresa. Una eterna luna de miel en la esclavitud de su cuerpo, un cuerpo donde ahora me perdía buscando ese placer que nunca es inocuo.

Siempre hay dos finales:

En el primero los dos se encuentran y se separan. No hay más insolencia que una mentira cuando se ha compartido a dos voces algo tan sincero. No se puede mantener, los fluidos se secan y solo quedan dos islas sin horizonte, con la misma soledad en la mirada, y con el mismo miedo.

En el segundo esas voces se hacen materia, uno de los dos, o quizá los dos a la vez, dicen las palabras que mueven el mundo, esas palabras que convierten a alguien anónimo en ÉL o ELLA. Esas palabras que detienen el presente en una epifanía de trascendencia y que abren el embozo del dolor y del placer más intenso: Te quiero.

The Promise by Michael Nyman on Grooveshark