viernes, 28 de octubre de 2011

Ponzoña y Deshonor

A despecho de mi barra espaciadora voy a escribir algo antes de reanudar –ironía- mi triste existencia. Lo más divertido al escribir es tener una idea. Te sientas, y la sueltas con violencia, casi enfadándote por la lentitud de tus dedos incapaces de poner tildes con autoridad. En nuestra vida lo hacemos inconscientemente, es la forma que tenemos de conceptualizar, de aprehender la realidad. Observamos nuestro entorno y le damos sentido –un pasado y futuro- en nuestra mente. Hace un par de semanas por la noche vi a un tipo extraño increpar a un par de putas y luego irse a una cabina a hablar solo con el auricular en la mano. Y de pronto surge esto: llamada telefónica.

Los blogs han masificado el concepto de la escritura, somos pioneros de las letras, armados como los Beatles con un par de amplificadores y tres acordes. Bueno, de acuerdo, nadie viajará a Hamburgo. Odio a los Sex Pistols. Y me encantaba Nirvana. Pero démonos un voto de confianza y creamos esperanzados que hay cierto talento efímero en estos reductos de lobo estepario, a pesar de que un blog personal no tiene que regirse por un libro de estilo, simplemente contar con un ordenador y la búsqueda de catarsis. Porque todo empieza normalmente así. Una de las primeras personas con las que intimé estaba enamorada de un informático. Él desaparece y hay muchos suspiros y lamentaciones. Cobardía. Su entorno esta emponzoñado por la repetición y decide desahogarse en un blog. Un año y medio después todo culmina en un par de polvos, desilusión y muchas lágrimas. Y finalmente, superado con otro, el blog cierra. Ya no tiene sentido.

La gente espera que la escritura provoque cambios por si sola, cuando ese dialogo interior debería de ser más intuitivo y habitual. No hace falta ponerte una peluca y llamarte Norman Bates para cuestionarte tus problemas con las mujeres en voz alta. Quizá, es verdad, sirve para aclarar tus ideas, un listado de pensamientos, pero aparte de mover el culo fuera de tu habitación no hay otra cosa que funcione. El parlamento con tu público, cuna de vanidad, tampoco ayuda, por poner un ejemplo cercano hay blogs de mujeres casadas e infieles que cuentan con pelos y señales sus aventurillas y la gente que atraen, después de cierto filtro bienintencionado, es de su misma calaña. Todos dándose palmaditas en la espalda sin pensar en el marido, que a fin de cuentas también debe tener derecho a estar con alguien que le respete y no le mienta. Pero eso tampoco tiene importancia, era una opinión sin acritud.

Lo importante como decía es la diversión, en mi caso divagar. Podría crear, por ejemplo, un personaje que estuviera contento de vivir en España -cosa compleja a priori-, porque aquí al igual que en Alemania no hay una ley que prohíba explícitamente el bestialismo/zoofilia. Sería mejor, pensaría en primera persona, vivir en Japón, Hungría, quizá México por el idioma. También es legal en más de treinta estados de Estados Unidos. Hay dibujos de Brahma copulando con osos. Quizá mi personaje tuviera una granja y mientras se beneficia a sus hermosas gallinas su mujer, pulcra y limpia le descubre y escandalizada huye con las dos niñas. La cuestión es explicar cómo se ha casado.  Pero no sé si mis amables lectoras están preparadas para descripciones pormenorizadas de las vivencias en el establo de nuestro protagonista.

La insatisfacción personal por la falta de autorrealización empeora con la edad. Puedes intentar eludirla ocupando tu tiempo y tu mente en actividades alienantes. Pero siempre está ahí, es algo de lo que no puedes huir. Quizá ya, con el paso del tiempo, heridas y derrotas asumidas, nos resignamos a la oportunidad perdida. Las cosas son así. Y punto. Descubrimos un final agrio, lento. Es la diferencia entre –no soy feliz- y –soy infeliz. El matiz es del tamaño de una sanguijuela en los huevos, como salir de copas con tus amigos sin saber al volver a casa si lo has pasado bien o no…o quedarte en casa como un alcohólico conformista machacándotela viendo pornografía.
Es la perdida de la juventud, y no me refiero solo a la edad, que hay mucho viejo prematuro llorando por las esquinas por cualquier estupidez, dejándose esquilmar la vida por cualquier arpía, por cualquier situación denigrante. Hay muchas hogueras del alma cerca de la orilla. Olas de acontecimientos.

La soledad, como iba diciendo, es muy mala. Mi blog empezó un seis de enero –no el 25 de noviembre- cuando tuve mi primera seguidora, es decir, cuando empecé a leer otros blogs y permití que el mío apareciera en las búsquedas de Blogger. En ese momento quería deshacerme del recuerdo de dos mujeres, que luego fueron tres. No lo he conseguido claro. Hay una concretamente con la que siempre acabo haciendo el imbécil desde hace un año. Un año lectores, que se dice pronto. Un año para todo tipo de desplantes, conversaciones insustanciales, promesas que no valen nada -como diría Ferreiro-, y una completa y absoluta inanidad, ¿Y saben qué? Que sigo pensando en ella. Todos los días, un ratito. A veces bien. A veces mal. Sé que no me haría feliz, sé que es una obsesión trascendiendo el capricho, sé que es una cuestión de inseguridad, de falta de vida social, sé que si tuviera la oportunidad de estar con ella me aburriría. Sé tantas cosas que luego en la práctica no sirven de nada, ¿de qué sirve razonar si luego en mitad de la noche le mando un mensaje –que nunca responde- o la llamo para preguntarla mil y una tonterías? ¿Nos gustan los retos? ¿Estaré enamorado?
Sí claro...de la nada, del vacío, del lado oscuro de la luna ¡Qué alguien me salve! ¡Por favor!

Bromeo, esas cosas no suceden. Mis hogueras ya están apagadas y no he dejado ningún caballo de Troya detrás. Divertimento. Huida. Solaz.
Y como suelo decir, aunque llego tarde a la vida, prefiero no retrasarme más de media hora en mi habitual cita social de los viernes.

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