domingo, 4 de septiembre de 2011

La ira de Dios.

La vida es a veces indigna e inadmisible. El trabajo de teleoperador te hace sentir como un fracasado, pero si añadimos un cliente clasista insultándote durante cinco minutos podríamos entrar en el terreno de las florituras sobre muñecas sin pálpito. Pero no, hay algo que soluciona todo: el sentido del humor. Porque sabes que la política de seguridad de – ya sabéis para quien trabajo- es una mierda…una voz impostada desde mi móvil, un par de datos personales que tengo en pantalla y de pronto la línea de este cliente se ha dado de baja. Así sin más: con humor. Todo se dilata el fin de semana, y aunque ponga un par de reclamaciones si este personaje que trabaja de comercial no demuestra algo de modales, no podrá recuperarla.
Hay mucho sentido del humor en este mundo, una de mis reglas de oro es no joder a nadie que tenga acceso a mi comida o me la sirva. Y si es mujer menos todavía, cualquier muchacha sin escrúpulos y con la regla puede hacer cosas muy, muy desagradables. Estuve ahí, lo he visto.

Pero no era de eso de lo que quería hablar, bueno realmente no sé de qué quiero hablar, escribo sin más. Mi calle, el barrio entero, esta tomado por los colombianos, inmigrantes varios y sus putas escandalosas, groseras y toscas que gritan en cuanto tienen la excusa del alcohol, son las 03:20. Ellos viven la vida a su manera, es jodido que sea tan ruidosa, que impida a la gente dormir los fines de semana, gente que se enfada, que se ulcera, que pone denuncias mientras los ancianos mueren y dejan sus pisos vacíos para que el guetto se revigorice. Porque ellos siguen follando en los soportales, como perros que orinan en las esquinas marcando su territorio, con las sirenas de policía como banda sonora. Y al menos tenemos eso en común: nos importa todo una mierda.

La puta edad, ya no te ves en un parque haciendo botellón pasando frío mientras cantas canciones de Héroes Del Silencio para luego patearte medio Madrid y buscar el siguiente local gótico abierto. Pero de esa época guardo con cariño las quedadas con X. Era un tipo de que vivía fuera de Madrid y compartía conmigo la afición a desayunar vodka y desbarrar por los chats del irc hispano. Su última relación sentimental era a distancia y se estaba convirtiendo en puro masoquismo por lo imposible y lo frustrante. Tuvimos grandes juergas, sin duda, luego la distancia y las obligaciones fueron espaciando los encuentros. Pero siempre había algún cumpleaños, algún concierto de Iron Maiden, alguna excusa para verse y darse ese abrazo como sino hubieran pasado los meses y fuéramos vecinos de toda la vida.


Ahora, más de diez años después, X vive en Madrid. Me enteré de casualidad, no por él, sino por aquella chica de la que estaba enamorado que también, curiosamente, ha acabado viviendo con su pareja aquí. Quedamos hace unos meses y bueno, fue bastante raro, nos abrazamos, nos reímos, nos emborrachamos y luego nos fuimos todos a casa. No nos hemos vuelto a llamar. Las distancias en Madrid son grandes a todos los niveles, de lunes a viernes trabaja y el fin de semana se va a Salamanca porque allí tiene algo nada romántico. En eso, según él, sí ha cambiado. Sé también que miraba a esa chica como si tuviera algo pendiente pero, y perdonad la metáfora rebuscada, como si hubiera tropezado con los juguetes que extravió en su infancia cuya perdida tanto le hizo llorar y ahora no supiera muy bien que hacer con ellos. Sí, lo he dicho, ella tiene novio, pero hay lazos que no se olvidan.
Pero no, no hemos vuelto a quedar. La vida real nunca tiene conclusiones, solo puntos suspensivos que se extienden durante demasiado tiempo.

Un brindis por ti, de esa combinación que tanto nos gustaba de vodka, martini y algo más...

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