martes, 6 de septiembre de 2011

Me escribiste una carta para recordarme que me habías olvidado.

El puto concierto tenía la culpa. No era especialmente bueno, pero el cantante, que debía de estar tomando las mismas drogas que nosotros, arrastraba con su pasión a todo el público, disparando a matar contra mi sempiterna resignación y haciendo que olvidara que iba a cumplir treinta y cuatro. En ese momento no me preocupaba el infierno elegido, solo tenía ganas de tocarte, de follarte aquí mismo mientras las guitarras destilaban odio como espejo deformado del propio odio que sentía hacía mi mismo. Quizá solo era un producto indulgente de la falta de guerras propias o de empatía hacía la imagen del televisor.

Pero ahí estábamos los dos, sin enterarnos realmente de nada, viviendo la realidad de un presente que se deshacía como flecos quemados de neurosis, con un síndorme de Tourette provisional que nos impedía fijar nuestra atención en nada que no fuera físico, otra forma de suicidio más divertida, lo reconozco. Sin embargo la miraba y pensaba -puto cerebro-, que somos infalibles para elegir pareja, sobretodo cuando necesitamos a la persona equivocada. Porque es la adecuada para castigarnos, jodernos, humillarnos, y lo peor es que, a pesar de todo, seguimos colgados del limbo del amor porque creemos que es perfecta; supongo que yo también debo de ser subnormal.

O sea que fuimos a casa a castigarnos un poco más las venas, allí había más drogas, de esas que te dejan tan atontado que permites que te aten a la cama y te cabalguen. Miedo, sumisión, placer. Luego hay marcas en las muñecas, mordiscos a ras de hueso, pero no estas pensando en el puto kamasutra cuando follas, piensas en escupir en ese culo, rodearlo con tus pulgares y pulverizarlo con tu polla, y luego mantener el ritmo hacía su coño y su boca, a fin de cuentas de eso se trata: de actuar como animales, de eclosionar límites, de moverse, de poseer, de dejarse llevar, de abjurar y jurar amor mientras te llamo puta, de gritarte mi odio, de lacerarte, de jugar a ver quien jode más a quien, hasta que al final, con o sin ayuda, nos levantamos y seguimos nuestra vida como sino hubiera pasado nada importante.

Y es que no sucede nada importante, seguimos aquí, podemos coger la pistola y volarnos la tapa de los sesos y no cambiaría nada absolutamente. Familia, amigos, parejas y/o follamigas gimotearan brevemente, pero ¿están en nuestra cabeza cuando todo va languideciendo, sufren el fracaso cuando la polla no se te pone dura después de dos botellas, cuando vives como una mosca de fruta, poco y mal, alimentándote de podredumbre intelectual? No hablamos de un puto lapsus después de un día de resaca en un examen de matemáticas, hablamos de décadas de más, sin significado.

Decía Leonard Cohen que El amor verdadero no deja huellas, si tú y yo somos uno, se ha perdido en nuestros abrazos como estrellas contra el sol. Pero que esté bien expresado no implica que sea cierto, como me dice a menudo mi musa -escribes demasiada mierda edulcorada-, a lo que siempre respondo -es culpa tuya por llevar demasiada ropa.

Me duele el pene y no es por falta de santidad: llevo años sin hacer el amor. Aunque algunos me dicen que el amor es un articulo de lujo clasista, que no pierda el tiempo ahorrando y vaya a las rebajas.

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