jueves, 29 de septiembre de 2011

Hay gente que es feliz con un televisor y un centro comercial cerca de casa. Y son mayoría.

Alguien me dijo que había que llenar los huecos de los días anónimos, días que te sientes deshabitado, con los pulmones llenos de agua, podado de forma inmisericorde. Entonces te sientas e intentas la trazada absurda, kamikaze, un reguero de pólvora que termina atravesándote con un suspiro, dedos invisibles atando cicatrices en un re melancólico y repetitivo.

Chopin muriendo en Mallorca. Son reflejos en charcos insanos, lectores en diagonal que buscan sexo y violencia en la primera línea, la sorpresa YA, sin dilaciones, elipsis cuadruplicándose en un eterno retorno de la recreación. Pero estoy harto de fingir vivir cuando lo único que hago es dejarme vivir, disimulando estertores en habitaciones muertas.


Te pienso. Eres un lenguaje de signos lleno de nudos y bolsillos vacíos apuntando a una nada que realmente no compartimos. Manos que no son manos si no acarician tu voz y la sostienen en el humo, te balanceas en mi retina como un atentado de láudano, un rapto de lucidez. Pero no, estoy desesperado, no hay poesía en ello, solo quiero conquistarte una noche y luego, ya colmado, defenestrada ya por fin la fantasía, abandonarte cansado y aburrido desde la cama. Sin más romanticismo que el amor de mis cojones y una vanidad herida desde pequeño.


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