jueves, 11 de agosto de 2011

Nunca fui bueno con los finales felices.

Hay muchos tipos de talento. Follar con convicción es uno de ellos, los mejores polvos suceden cuando la tía te importa una mierda, así no te bloqueas y no te quedas agarrotado entre palabras y una almohada de cemento. Al final el mediocre se conforma con que se le piense en un recuerdo, como un poema que te turba por la noche y al día siguiente no le encuentras ningún interés.

La soledad también puede ser una llama, pero para mí es la forma azulada del no-ser. Considero, y no me llaméis pedante, que la poesía de la existencia esta en la digresión, vamos, que no tengo porque fabular si puedo simplemente divagar con empeño y una mano ocupada en mi polla. Me decía Agelasta –otro de mis amigos imaginarios- que no cuestionarse las ideas preconcebidas era la mejor manera de integrarse en la vida, de vivir. Mejor herido que dormido le contestaría un poeta. Mi respuesta fue beberme su copa, la mía y seguir mirando al techo, ¿aquí de que hablamos?, ¿De volar juntos, de mujeres etéreas? ¿De racionalizar? Pero racionalizar el qué ¿el fracaso? Es como si por ser gracioso creyeran que soy feliz, como ser irregularmente inteligente, como intentar intentar suicidarse


Me dicen que escriba un libro, ¿de que podría ir exactamente, de lágrimas de semen? ¿de un futuro sin amor?, ¿de la relación de amistad entre un paraguas rojo y una lámpara llena de polvo? Quizás haya que resignarse. O esperar a la madrugada que suelo escribir mejor, dentro de las limitaciones ya conocidas claro...

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