lunes, 8 de agosto de 2011

Laura

Hay muchas formas de contar una historia. Puedes coger una base real, verbalizarla, acosarla hasta exprimir cada sensación. También puedes dejarte llevar por los sentimientos, ¿Qué es más fidedigno? Al final la realidad es simplemente tu punto de vista macerado por una memoria imperfecta secuestrada por sicarios emocionales.

También puedes inventarla desde el principio, ni siquiera conocemos al autor, ¿Cómo fiarnos de él, quien es Rorschach, realmente es alguien de Madrid, es importante para disfrutar de la historia?

El viaje era un suicidio emocional, las cosas estaban claras: ella estaba con otro y yo había llegado tarde a todo, aunque realmente esta solo fuera una razón entre otras. Pero recordaba como nos habíamos encontrado, casi de casualidad, en medio de un párrafo de desamor, como habíamos empatizado con esa fragilidad, esa locura y como, durante meses, habíamos ido creando una burbuja romántica que nos protegía de todo y de todos. Cada vez que uno se sentía inseguro se acercaba a ese jardín privado y se apoyaba en el otro: era allí donde se querían, escuchaban música, hacían el amor. Todo bajo control, sin arriesgarse, sin ir demasiado lejos.

Pero al final ella, la que parecía más dependiente, salió al exterior y marcó los tiempos. La burbuja ya no le servía, le atrapaba y le impedía continuar. Y me quedé ahí, sin saber como continuar, más solo que antes.
Por eso necesitaba hacer ese viaje: tenía que confrontar la realidad, tocar el ideal, reconocerme en los ojos de ella, validar todas las palabras, todos los gestos fuera de esa burbuja, realidad contra ficción, comprobar que no era una locura lo que había sentido.

Cuando te vi me pareciste preciosa. Naturalmente no era la primera vez que nos veíamos. Pero habían pasado dos meses. Venías con un vestido blanco –como sabía que harías- y un maquillaje perfecto. Estuvimos andando ese primer día durante horas, haciendo la ruta de tus palabras, haciéndome partícipe de ellas, de tu vida, sintiendo como volvía la vieja afinidad, los matices de tu voz, como la risa se desbordaba hasta que, casi sin creerlo, me besaste junto a la playa. Y no me atrevía a dar un paso en falso porque no sabía exactamente cual era el camino que debía tomar.

Y seguimos jugando a este juego varios días, primero me hablabas de él y luego me besabas. Nada salía natural entre nosotros, solo a ratos, en suspiros de canciones que canturreábamos cuando nos mirábamos casi a escondidas, cuando nos abrazábamos y nos deseábamos un futuro feliz en un balcón, cuando subimos a aquel árbol, cuando gritaste en Arc del Triomf que se jodiera el destino y empezaste a espolvorear Chanel No.5, cuando te empotré contra una pared, cuando me dijiste que te besaba como a una hermana, cuando asegurabas que lo nuestro no podría funcionar nunca y luego, acto seguido, confesabas que estabas cachonda, cuando te llamé pidiéndote perdón y estabas sentada en un banco delante mío, cuando me tumbe en tu cama y me echaste una bronca como si fuera tu exmarido, cuando me hablaste de tu colegio de monjas, cuando me enviabas mensajes de reconciliación de madrugada, cuando nos bañamos de noche en la playa, cuando te pedí que te quedaras y cogiste un autobús diciendo que no era el día adecuado, cuando me llamaste y te hice llorar, cuando me besaste y luego me diste una bofetada, cuando me metí en la cama contigo y tu amiga, cuando me pediste que tocara la guitarra cuando solo sabía tocar el bajo, cuando me decías que lo tuyo con él no tenía futuro y luego te sentías mal por estar conmigo, cuando íbamos por la tercera cerveza y sonó Persiana Americana, cuando hablamos de mamuts, cuando nos besamos ajenos a todos y Ricardo puso Amelie rompiendo la magia, cuando...

Al final nos acostamos en el peor escenario posible: cansados, heridos, en un colchón en el suelo, en una habitación insalubre por el calor. Y sin embargo en cuanto nos tumbamos empezamos a magrearnos casi sin darnos cuenta. Empecé a besarte por todo el cuerpo, ese cuerpo que había deseado antes, esos pechos, ese redescubrimiento, los lunares de tu espalda, tu piercing, la forma perfecta de tus labios, tu cuello, tus ojos…
Enseguida tuviste un orgasmo entre gemidos acompasados por mis palabras. Porque sentía que eras deliciosa, que te quería, que tu nombre era mío como tu cuerpo esa noche, las palabras surgían y te acariciaba como si aun estuviéramos juntos en la burbuja.
Pero en algún momento la conexión se rompió: no sé si fuiste tú, o yo, el calor de la habitación, el dolor menstrual...pero sentimos la verdad: ya no era eso épico, maravilloso, acuciante que nos había poseído antes. Terminamos como lo harían los demás.
Me diste las gracias por ese momento y te abracé, intentando dormir así, sabiendo que era la última noche, aunque eso me lo confirmarías al día siguiente.

Nuestro último encuentro es en el aeropuerto. Te regalo un libro que luego me confirmas que te resulta deprimente. Hablamos de lo mismo una y otra vez. “Las cosas suceden por algún motivo -me dices-, juntos seríamos infelices, me odiarías, es mejor que no me haya enamorado de ti”
Me despido antes de embarcar. Me aparto un momento y no puedo reprimir un “Eres increíble” Bajas la cabeza y te abrazo con fuerza. Me dices que me quieres. Nos separamos. Te pido que te vayas, no me gusta alargar las despedidas, no quiero ver como te alejas. Naturalmente miro hacía atrás, y ahí sigues tú, observándome...hasta que finalmente te pierdo entre la gente. Ibas muy guapa.

Ahora cojo mi fetiche, ese lápiz que usaste para hacerte un moño, y pienso en ti, géminis con ascendiente piscis, añorándote terriblemente aunque a veces quiera matarte y otras simplemente dejarme caer al suelo para que recojas mis pedazos. Me despido de ti hasta que sea capaz de hablarte como amigo, sin pensar en esos labios perfectos que anudan mi alma, mi niña caprichosa, a tu rostro.

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