martes, 14 de junio de 2011

"Lo que yo quiero es que me necesiten. Lo que yo quiero es ser indispensable para alguien. Necesito a alguien que ocupe todo mi tiempo libre, mi ego y mi atención. Alguien adicto a mí. Una adicción mutua." Palahniuk

Era lunes cuando Rorschach recibe una carta. No hay remitente. Se le invita a pasar unos días con todos los gastos pagados en un motel fuera del alcance del mundo civilizado. La llave -de número sugerente- viene dentro del sobre.
Desventuras aburridas para el lector provocan que nuestro protagonista tarde más de lo necesario y llegue cansado y polvoriento a altas horas de la madrugada y casi sin gasolina. El hecho de no haberse cruzado con ningún coche durante las últimas tres horas le ha empezado a despertar cierta inquietud.
Cuando llega –todo el mundo sabe lo que es un motel, con sus hileras de apartamentos a los lados, todos iguales, y una casa o adosado mas grande donde vive el encargado-,  lo primero que piensa es que Bates estaría satisfecho con el tramoyista. Solo falta que un relámpago ilumine bruscamente un cartel señalando el emplazamiento de “Crystal Lake”. Y si se queda dormido en el coche y sueña con el tipo de las cuchillas y el jersey a rayas rojo y verde ya estamos en el puto remake definitivo.
Vamos, que esta visiblemente asustado, y aunque no valora demasiado su vida recrea sin mucho esfuerzo al menos trece muertes lentas y dolorosas que cualquier psicópata con ínfulas de Hostel puede infligirle en un escenario como este.

Pero al demiurgo no le gusta la dirección que esta tomando el texto y con sobrada altivez arguye que las sensaciones son la mejor descripción y que de pronto a Rorschach le llega el olor a mar, a peonías, al éter aristotélico, a libros antiguos…le llega la música de un concierto de jazz, el recital de una obra de teatro, el sonido que hacia su madre mientras tendía, es como si todo estuviera allí de pronto, en esas habitaciones. Se le eriza la piel, también siente el olor a tiza del colegio, ese perfume que usaba ella hace ya tantos años, el olor de la tapicería del coche de su padre…tantas cosas a la vez…
Sale del coche, tiene que saber que sucede. Recorre el espacio del aparcamiento –solo esta su coche- y llega a los apartamentos. Recuerda que en la carta leyó que cada apartamento, cada habitación de ese motel tenia una historia, que solo tenía que invertir tiempo en descubrir el fósil.
No hay un orden en los números y vaga por el largo pasillo. Se para en una puerta extrañamente deformada. Empuja la puerta y cede sin dificultad.

La habitación es de colores negros, persianas bajadas, desorden y ambiente enrarecido. Hay un hombre vestido de negro tumbado en la cama murmurando una y otra un discurso duro y desgarrado mientras acaricia un retrato con ternura.

“Te observo con mis pupilas de reloj de arena mientras todo a mi alrededor se corrompe, las cosas mas nobles y bellas -llenas de muerte-, pudriéndose mientras el Fin ríe impertérrito ante los idealismos caídos en desgracia. Solo quiero sentir, romper esta segunda piel llena de culpa, de odio, de frustración que se me ha adherido aislándome cada vez más. He pensando en utilizar tu desdén como cuchilla afilada, y cortarla, amputarla, buscar en ese dolor orgulloso fuerzas para poder sublimarte.
Pero no hay esperanza, esta noche de soledad me agarra y me desangra, no voy a conseguir superarla, parte de mí se quedará atrás,
Hagamos el corte mas profundo, insistamos con la carne. Tenía un equilibrio y lo has roto dejándome incapaz de llenar el hueco, mi cerebro astillado aúlla por la necesidad de alcohol…este vértigo emponzoñado al filo del abismo, lágrimas secas, recuerdos en pleno asedio. Me destrozaste el corazón. Dramatizo: es la única forma que tengo de hablar de ti. Nada tiene sentido, ni siquiera con unos billetes caducados en la mano.
Celos tangentes del alma, si fuera un poco más divertido sería imposible soportarlo. Mentiras en labios de semen, nudos gordianos cortados ante el apocalipsis. Clarines oscuros avistando en el horizonte versicolor la plaga de zombies. Jugando con las palabras como amantes heridos, carne de memoria, bolsas húmedas de basura que pesan demasiado…una esposa desaparecida. Mis manos demiurgas violaban la página en blanco para emocionarte, pero cuando levantaste la vista huiste con los caprichos decepcionados. Mi tacto había adormecido tu sensibilidad.”

Rorschach huye, no tiene ganas de melodramas, prueba en la siguiente puerta. La habitación es más alegre y luminosa pero esta dividida por un enorme cristal. Hay un hombre y una mujer desnudos, cada uno en su cama, muy quietos, mirándose intensamente.

Detrás de la puerta hay un resumen de la situación, cosa innecesaria porque le es familiar.

“Sincronizar el placer a distancia, con los ojos cerrados, acariciándose solo con la voz, con las palabras, masturbándose la mente a un ritmo diferente inmersos en su propio guión, alternando las voces de sus fantasías en un arrullo que les transporta orgasmo tras orgasmo, sin caídas, sin renuncias, egoístas y generosos a la vez...pero cobardes.

Cada zona tiene un interruptor y a veces, a escondidas, lo golpean para probarse, para ver que sucede. No se dan cuenta, o no quieren ver, que para levantar el cristal tendrían que hacerlo a la vez, juntos. Pero temen inconscientemente que si salen de la habitación, de sus camas individuales, destruirán la magia de esos orgasmos compartidos…se mirarán sin tragedia y se convertirán en una aventura más, pasajera y decepcionante.
Y ahí siguen, mirándose de reojo a través del cristal, buscando marcas de otros amantes, aturdidos por las ausencias prolongadas, jugando a la ruleta rusa de sus citas arbitrarias, deseando a veces no volver, pero siempre acudiendo”

Rorschach huye también de esta. Reconoce por fin del número de su llave en la siguiente puerta. Habitación normal, tabula rasa. Se deja caer sobre la cama. Intentará dormir unas horas y mañana buscará a su anfitrión para pedirle una explicación. Rorschach es un tipo duro y no le agradan estos juegos mentales. Pone el canal porno para bajar la intensidad del momento y apaga la luz.
Buenas noches. Y recordad: El arte nunca nace de la felicidad.

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