lunes, 23 de mayo de 2011

Te aprovechaste de mi estupidez como con todos, todos los demás ¿Acaso querías algo más? Tengo tu marca. Querías eso, nada más…

“T’estimo simplement per tot allò que no t’hauria d’estimar.”

…son las 04:43. Quizás sea el insomnio, o simplemente solo sé vivir de noche. Aún recuerdo nuestra última conversación, más de tres horas repletas de anhelos, evocaciones e interrogantes –míos, nunca tuyos. Hubo un momento en que lloraste, y no querías explicarme el motivo, ¿pensabas en otro, o era la desesperanza de tenerme y no desearme lo que te hacía llorar? Inventaba cuentos, a pesar de todo, escenarios románticos donde la dependencia de un T’estimo fuera algo de lo que sentirme orgulloso.

Echo de menos como te esforzabas en buscar la trascendencia en las cosas más inverosímiles, echo de menos tu ciclotímica incoherencia, como pintabas mis horas de lluvia con el ámbar intenso de tus ojos, echo de menos tu sonrisa de hilo de plata y ensoñarme abrazado con el recuerdo de tu voz.

Volví a escuchar nuestra canción favorita, pero no tuvo el mismo efecto sobre mí. Y me permití dudar durante unos segundos, despotricar hacía la pared malhumorado, queriendo convencerme de que la culpa era de la canción por haber agotado tan pronto su capacidad para emocionarme. Huía con torpeza de la obviedad, como quien olvida los rasgos de un familiar lejano y echa la culpa a la falta de fotografías.

A fin de cuentas todo es como una película porno en versión original, dos charcos de carne caliente nadando en un minibar. Nos sodomizan los tópicos, ¿nos cuesta lo mismo implicarnos en trabajos absurdos que en sentimientos absurdos? Leo en una pequeña esquina del periódico que cuatro millones de mariposas han muerto en una nevada. Quemo tus cartas, y es como besar, con las venas llenas de barro, el recuerdo de tus pisadas sobre el asfalto de mi necesidad.

Es un gesto romántico lo de quemar, arrugar el papel, aliviar nuestra frustración o la falta de talento arrojando a la basura las últimas páginas redactadas ante la máquina de escribir, tachando con tinta los restos del naufragio emocional que no quieres compartir. A fin de cuentas el acto de escribir es un acto de pura soledad, ¿qué hemos pretendido haciéndolo público?
El soporte de la música son las partituras, el del cine el celuloide, de las demás artes, los lienzos, la piedra, la madera, la arcilla, los metales… sin embargo los blogs están alejados de la imprenta, son algo virtual, efímero en su propia concepción, buscan el día a día hasta que desaparecen, agotados en ambas direcciones. Son el reloj en el pasillo de la muerte, una relación, una lucidez que se va agotando desde la primera frase de bienvenida, un libro del que no sabes el número de páginas. Y quizás ahí tienen su verdadera lógica y triunfo.

Ahora, cuando odias tus párrafos, solo tienes que apretar un botón y vuelve la página en blanco, no hay cenizas, ni olor, ni marcas, es un gesto inocuo, casi infantil, como el de esa mujer que promete que nunca conseguirá olvidarte y luego, más tarde, empieza a mutilarte con aséptica afectación.

Bitter Branches by PJ Harvey on Grooveshark