Hay algo en mí que susurra
decadencia, como un tiovivo mudo que gira enloquecido a través del espejo. Sigo
bebiendo y pienso que siempre hay excusa para el primer dolor. Lo demás es
ambición masoquista. Inanición sentimental. El eje podrido de Bukowski. Una
flor destripada que escucha voces. Musa. Fetiche. Ofrenda. Basura. Cadáver. Quise
anidar en tu mano y me desvestiste de existencia y aire, como si penetrar mis
huecos fuera poseerme. Y fue así como encontré sonrisas llenas de imperfección
debajo del edredón. Cojo el vaso de vodka, trago trozos de bombilla que me
oscurecen garganta abajo. Mi mente pierde el equilibrio y el cristal estalla
contra el suelo. Todo es inútil, para mí nunca ha existido demasiada diferencia
entre puntos suspensivos y un punto y aparte, entre dejarme vivir o dejarme
morir.
Y ese grito sordo que nace
de las entrañas cobra forma de bestia. Se arrastra por suelo con mirada
lasciva, me sabe suya, disfruta del momento. Me ataca, arrancando, masticando,
consumiendo partes de mí que creía importantes, y luego se va gruñendo de
satisfacción.
Él me encuentra al
amanecer, todavía me retuerzo de dolor. Me llama cobarde. Pero no importa, su
rostro es un muro que ya no tengo necesidad de escalar. La loba esteparia ya no
tiene miedo a la navaja.


