lunes, 20 de octubre de 2014

Somos como máquinas de follar estropeadas buscando sentimientos con una linterna, personas cuyas cicatrices, de lejos, parecen sonrisas imposibles.

Hay algo en mí que susurra decadencia, como un tiovivo mudo que gira enloquecido a través del espejo. Sigo bebiendo y pienso que siempre hay excusa para el primer dolor. Lo demás es ambición masoquista. Inanición sentimental. El eje podrido de Bukowski. Una flor destripada que escucha voces. Musa. Fetiche. Ofrenda. Basura. Cadáver. Quise anidar en tu mano y me desvestiste de existencia y aire, como si penetrar mis huecos fuera poseerme. Y fue así como encontré sonrisas llenas de imperfección debajo del edredón. Cojo el vaso de vodka, trago trozos de bombilla que me oscurecen garganta abajo. Mi mente pierde el equilibrio y el cristal estalla contra el suelo. Todo es inútil, para mí nunca ha existido demasiada diferencia entre puntos suspensivos y un punto y aparte, entre dejarme vivir o dejarme morir.

Y ese grito sordo que nace de las entrañas cobra forma de bestia. Se arrastra por suelo con mirada lasciva, me sabe suya, disfruta del momento. Me ataca, arrancando, masticando, consumiendo partes de mí que creía importantes, y luego se va gruñendo de satisfacción.

Él me encuentra al amanecer, todavía me retuerzo de dolor. Me llama cobarde. Pero no importa, su rostro es un muro que ya no tengo necesidad de escalar. La loba esteparia ya no tiene miedo a la navaja.