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jueves, 16 de mayo de 2013

Capítulo 32 - No hay pasión sin cierta crueldad. (Mario)

Llaman a la puerta. Antes de abrir ya sé quien es: Ana. Hago un gesto de invitación. Ella ni siquiera me saluda, mira al interior, hace una pausa y al final se decide a entrar. Se sienta en el sillón del salón y enciende un cigarro. Me acomodo a su lado mientras espero a que se enfríe mi té verde. La miro. Está preciosa, estilo gótico sin estridencias, maquillaje suave, falda corta, blusa gris escotada que permite vislumbrar un tatuaje cerca de la clavícula. Y sus ojos de subyugante y sempiterna tristeza, dos pozos de cristal sucio celeste. Suspiro. Joder, ¿por qué me siento tan nervioso? Tengo que tomar la iniciativa.

Mario: Ya sé que tú asesinaste a Peter. De hecho Alicia ha descubierto que la mujer que te sirve de coartada fue amante tuya. Lo tenías todo calculado desde el principio…
Ana: ¿Quieres un cigarro? (Niego con la cabeza) Quizás. O tal vez no. ¿Es importante para ti? (pausa) Yo… he venido a disculparme por mi comportamiento…
Mario: Ah, es cierto, he de reconocer que pensaba que pagarías mis dotes de anfitrión de otra manera, fuera de un contexto de cuerdas y drogas. La resaca, debo añadir, no fue demasiado agradable.
Ana: Me sorprende verte tan calmado. Pensé que me odiarías, que no me dejarías ni siquiera entrar en tu casa.
Mario: Pequeñas afinidades, la química de mi cerebro también falla de vez en cuando. Además, tengo curiosidad, ¿cómo conseguiste desaparecer en tu performance? Fue algo increíble.
Ana: Si fueras un niño me pedirías que lo repitiera, ellos todavía creen en la magia, no buscan el truco.
Mario: Cuando era un niño estaba obsesionado con Sherlock Holmes, siempre he buscado la lógica en todo. Responde al menos a una pregunta, ¿por qué volviste a mi casa?
Ana: (Sonrisa maliciosa, da una última calada y aplasta el cigarrillo en el cenicero) Podría justificarlo diciendo que tenía que recoger algo incriminatorio. Pero no sería cierto: ya tenía coartada. De hecho hubiera sido perfecto que descubrieran el cadáver cuando estábamos en Valencia. (Pausa) Simplemente quería volver a verte. Desde que te vi en Londres estaba…
Mario: (Extrañado) Disculpa, ¿Londres?

Ana: La realidad no es decepcionante, sólo desangelada, gris. No me reconociste, lo noté en cuanto te vi en el portal. Por eso no hablé contigo, había pensando tantas veces en ese momento que al darme cuenta de tu tibieza comprendí que todo había estado –de nuevo- sólo en mi cabeza. No, no me mires así, deja que me explique. Fue hace unos meses. A pesar de todo lo que me hacía estaba totalmente enganchada a Peter. Había miedo, pero también otras cosas. Esa noche me había dejado en la calle. Sin llaves, documentación o dinero. Estaba desesperada. Y de pronto te vi, ahí, en un banco, discutiendo con esa chica.
Mario: Joder. Sí, Laura, hace tres meses. Una ex. Fui a verla. Masoquismo sentimental.
Ana: No sabía los detalles de vuestra historia, pero era como tantas otras. Y cuando te alejaste y ella se echó a llorar pensé que todo había acabado ahí. Por lo que pude entender ella ya estaba con otro. Todo se reducía a un recambio. Sin embargo tú no te fuiste, sacaste el móvil y la llamaste.
Mario: Seguía enamorado, no quería que todo se redujera a esa despedida, quería tener un buen recuerdo. No podía dejar que todo acabase así.
Ana: Estabais a cinco metros hablando por el móvil. Escuché lo que decías, como la prometiste que la recordarías siempre porque era especial, magnifica…
Mario: Los decadentes somos así, nos terminamos creyendo nuestra propia impostura. Somos unos necios amantes de la nostalgia.
Ana: Quizás. Pero me gustó tu forma de perder. Tus palabras. Los dados a veces se equivocan, es difícil respirar cuando intentas escapar a través de los sueños.
Mario: O tal vez la sensación de impotencia debilita hasta el grado de denigrarte. Es lo que tiene tener poca autoestima. Y algún trauma.
Ana: Todos tenemos algún trauma, ¿sabes por qué seguía con Peter a pesar de todo? Llevaba años sin tener un orgasmo. Desde los diecisiete años. Y de pronto, casi sin esperarlo, tuve uno con él. Con dolor. Imagina lo trastornada que me dejó esa idea. Desde la universidad he estado con muchos hombres. He idealizado. He usado. Y al final, cuando ya me conformaba, de pronto sucedió con un hombre que me pegaba.

Mario: Joder, la sexualidad de las mujeres es… un momento… ¡ya te recuerdo! Pero es normal que no te reconociera, estás muy cambiada, en aquel momento parecías enferma, demasiado delgada, tus ojeras, tu ropa…
Ana: (Sonríe) Me salvaste y ni siquiera te diste cuenta. Te seguí después hasta aquel bar. Vi como bebías solo. Quería entrar, hablar contigo. Pero no me atrevía. No sabía como abordarte. Era la una de la madrugada cuando saliste tambaleándote. Y me quedé en blanco, estaba ahí, en medio de la calle, tú acercándote y no sabía que decirte. Entonces, justo cuando estabas a mi altura te pregunté: “¿Dónde está la salida?” Me sentí estúpida, dudaba incluso que me hubieras escuchado. Pero tú te paraste, me miraste fijamente durante unos segundos, y no sé cómo, pero comprendiste lo que quería decir. Y me diste un abrazo. Un largo y cálido abrazo. Había pasado tanto tiempo desde que la última vez que alguien me había abrazado... Luego me sonreíste y seguiste tu camino. Pero de alguna forma… me despertaste. No hay otra palabra para expresarlo. Dejé a Peter. Volví a Madrid. Y de pronto, justo tres meses después, volví a encontrarte en aquel portal sin ni siquiera pretenderlo…

***

Es tímida y viciosa, como si hubiera dos mujeres en su interior empujando en direcciones opuestas. Acaricia y luego muerde hasta hacerme sangrar. Mis dedos de pianista recorren el vórtice de sus caderas, desbrozando su ropa interior. Lujuria. Desesperación. Poesía gastada, como un gesto de galantería en la primera cita. Me araña la espalda. Intenso someterla. Desollamos nuestros labios. Calor. Sudor. Flujos mezclándose, descendiendo por sus muslos. Salvaje penetración de violador. Caricias llenas de cínico romanticismo.

La anorgasmia sobrevuela sobre nosotros, pero me siento ajeno a los retos. Los detesto. Me separo de ella, deslizo los dedos por su cuerpo recorriéndolo, penetrándola. Gime. Se arquea. Reacciona a los estímulos, todo sigue adelante, in crescendo. Pero justo antes de llegar, una puerta en su cabeza se cierra, la frustración empaña sus ojos. Oh, mi pequeña y jodida muñeca rota.

Empieza a chuparme la polla. Alargo la mano, abro un cajón de la mesita de noche y saco la petaca. Bebo con rabia. Todo ese pelo encrespado subiendo y bajando, como una maldición griega sobre mi cuerpo, devorando con avidez al monstruo purpura, quedándose sin resuello. Su coño lubrica siguiendo el guión establecido, pero ella no lo conseguirá. El dolor y el placer indisociables. Sigo bebiendo.

La pongo a cuatro patas. Separo sus labios y se la meto sin contemplaciones. La cojo del pelo con saña, enredándolo en mi muñeca, y aumento el ritmo. Su culo se mueve con lucidez. Afilo la petaca. Sigo insistiendo sobre su cuerpo, me dejo llevar, sus pezones son punzones de hielo, me agarro a ellos en una caída de siglos. Muerdo su cuello, largo y elegante. Ahoga un gemido. La saco totalmente, acaricio la entrada de su coño y luego brutalmente se la hundo con fuerza. Abducir su boca con mi lengua, todo el peso de mi cuerpo inmovilizándola. Mis manos rodeando su cabeza, lubricando una mezcla espuria de lenguaje obsceno y frases de amor. Me rodea con sus piernas, usa las uñas. Intento sujetar su violencia. La cama hace demasiado ruido. Todo gira. La sed continúa. Mi polla es un hierro al rojo vivo que nos convulsiona. Las sinapsis crepitan, pavesas de lujuria cegando nuestros ojos. Quiero llenarla pero es un océano ilimitado.

Todo sigue, y sigue, y sigue. Una hora. Quizás dos. Sudor. Oscuridad. Calor. Amor. Odio. Dolor. Colisión. Abismo inescrutable. Cierta lucidez ilumina la escena justo antes del orgasmo, ese fugaz y turbador sosiego. Movimiento espasmódico de amor blanco que vierte encrucijadas genéticas en su interior. Nos separamos. Ana suspira débilmente. Al rato me acoge en un abrazo lleno de posdatas. Fingimos y cerramos los ojos.

Horas después el cuchillo atraviesa mi costado. No importa. El fracaso siempre fue mucho más doloroso.

Fin capítulo 32. 

We Ask You to Ride by Wooden Shjips on Grooveshark

jueves, 1 de diciembre de 2011

El tricornio y el consolador.

Me llamo Mauricio y soy policía desde hace más de veinte años, un hombre con mayúsculas, con los cojones como el toro de Osborne. Si hay que meter una paliza, ya sea dentro o fuera de casa, soy el ejemplo a seguir. Mi mujer, ese animal de compañía que encharca las bragas al pensar en su alcaldesa Ana Botella, es sobre el papel mi pareja perfecta, lubricando su coño a mi antojo. Convivimos sin que las cosas terminen de funcionar.

Supongo que el único momento de pasión de su vida fue con su amante, es una lástima que este desapareciera de repente y todas sus entelequias se vieran frustradas. La pobre envió durante varios años cartas de amor no correspondidas hasta que finalmente, resentida, se resignó a mi verga y a mis lunas de hiel. Nunca sabrá que su Romeo, después de la paliza que le metimos en comisaría y las dos noches que pasó con un par de violadores en el calabozo, tenía sobradas razones para desaparecer y nunca atreverse a contestar sus misivas. A veces leo alguna de ellas y me sobrecojo ante esa exultante fantasía que hace presa de las mujeres:

“(…) Ganar o perder lo que me humedece es el riesgo. Siento el clítoris tembloroso solo con recordar tu voz. Esa voz penetrante, grave, borracha de vino y ansiedades que me penetraba hasta lo más hondo. Soy un premio ya conquistado antes de que me bajes las bragas. Te recuerdo marcando el camino con tu saliva, arrodillado, haciéndome arder. Tu lengua agujereándome mientras tu nariz rozaba mi clítoris febril y enfermo de tamaño. Esa música de fondo como si quisieras adoctrinarme mientras te suplicaba, te imploraba, que me la metieras, que me follases, necesitando que me compensaras todo el tiempo pedido. Sentirte caliente, duro, entrando en mí, saborear el sabor de tu semen en un solo latido, sin sentido y sin final mientras bebemos de nuestros orgasmos. Te amo y te amaré siempre, nos conocimos con un beso de despedida, nunca te olvidaré”

Qué bonito.

De todas formas he descubierto que lo que realmente me gusta no es follarme a mi esposa en la misma posición aburrida del misionero con el Cara Al Sol de fondo. No. Lo que realmente me gusta es que me sodomicen, que me den por el culo. Pero no un puto homosexual, mierda, ojalá mueran todos de alguna enfermedad más perfeccionada. Solo me dejo sodomizar por una mujer. Podría ahorrar dinero y pedírselo a su esposa, pero en plena menopausia eso erosionaría la poca lucidez que le queda. Por eso recurro a Carla.

Carla es majísima, una puta de alto postín, todo artificial: tetas, culo, labios…me gusta sus preliminares cuando empieza a chuparme los huevos y va bajando. Cuando me penetra con su consolador me humaniza, casi consigue por unos instantes que desaparezca esa necesidad de violencia que me provocan esos putos perroflautas de Sol. Si tuviera algo de poder acabaría con todos esos gilipollas, esos anarquistas okupas de mierda que ralentizan el buen devenir de ese maravilloso país: España. Y que me dices de Cataluña…cada vez que veo las noticias se me revuelve el estómago con todos esos independentistas, antipatriotas de mierda, exigiendo derechos. Si pudiera me follaría a todas esas putas afrancesas y les obligaría a chuparme el cimbrel en condiciones y en castellano. Me quedo con las fachillas de Madrid: prepotentes, un poco idiotas, pero acostumbradas a bajarse las bragas cuando es necesario.

A veces pienso en chupar una polla mientras Carla me sodomiza, son extrañezas pasajeras, fruto del stress del trabajo. No soy un jodido gay, no tengo necesidad de ir al psiquiatra a medicarme. Solo tengo curiosidad. Por eso compré aquellas revistas, con escenas de perros pasándolo bien. Se lo propuse a Carla pero no era su campo. Me puso en contacto con Sandra.

Sandra si lo hace, ella tiene su propio perro, es hermoso ver como se la folla Marcus, su pastor alemán, con ese enorme falo. He pensado mucho en ello: lo que me excita es la sumisión, la denigración de la mujer, me gusta cuando Marcus se corre y la llena con esa enorme cantidad de semen y ella tiene que permanecer quieta porque el glande del perro está totalmente inflamado y tiene que seguir dentro de ella durante unos minutos hasta que por fin puede sacarla sin hacerse daño. Me gusta ver como se la folla brutalmente mientras me la chupa. Una mera esclava…menos que eso: un simple animal.
Pero Sandra disfruta con ello, le gustan las emociones fuertes, desgraciadamente se rompió la magia al darme cuenta de ello.

Quizá sea un poco misógino, quizá debería dar un poco de libertad a mi hija. Pero cuando vi ese condón no pude evitar darle una ostia, aún es muy joven para follar, para vestir con esa ropa de puta. Joder, solo pido un poco de respeto en mi propia casa. ¿Qué coño es eso de que necesito controlar mi ira? Alguna vez rompo algo y tengo que tomar medidas disciplinarias para mantener el orden, pero eso no es motivo para encerrarse en su habitación y poner esa puta música tan deprimente.
Cuando nos vino a ver ese asistente social del colegio diciendo esas tonterías de que la niña no comía, me reí y empecé a limpiar mi arma reglamentaría H&K -rutina habitual en las sobremesas familiares-, ¿estamos locos? Mi hija es delgada porque es su constitución, la veo comer todos los días, joder, en mi casa siempre hay comida, para eso me mato a trabajar. Menudo gilipollas. Que no me lo cruce cuando voy de servicio porque no sale de comisaria.

Al final encontré a Regina, adicta al caballo, pobrecita, es duro para ella a sus treinta y cuatro aparentar veinte años más y ver como su hija le hace la competencia en la esquina de enfrente. He intentado hacer un trio con las dos pero no quieren. Es cuestión de tiempo. De momento me conformo con el servicio gratuito que me ofrenda -previa amenaza- en el asiento de atrás de mi coche. Me gusta su boca, ahogarla con mi enorme polla llena de postulas –a saber el motivo…- y ver como se derraman sus lágrimas de rimen, como se retuerce cuando mis pequeños soldaditos pasan por su garganta. Este es el puto paraíso: violar la boca de una puta. Soy ateo, no puedo aspirar a más.

Ahora sin embargo estoy de mala ostia: han ingresado a mi hija. Dicen que pesa menos de cuarenta kilos, el médico me lo recalca con tono desaprobador, como si tuviera la culpa. Mi mujer llora desconsolada. La tienen entubada, con quince años. Bueno, está claro que necesito liberar tensiones.

Vuelvo con Esther, me gusta hablar con ella. Es una mujer grandota, tetas caídas, pocos dientes, conserva ese talante vetusto de pueblo, esa risa sincera a pesar del aliento perpetuo a semen rancio. Esta ajada, cuando miras a sus ojos vislumbras una puerta entornada llamada esperanza, que va cerrándose irremisiblemente sin ni siquiera la protesta de un portazo.
Me cuenta sus experiencias, hoy la han pagado por comer la mierda de un tío y dejar que le vomiten encima. Más tarde se lo ha encontrado en el supermercado con su mujer y su hija pequeña. La felicidad de un matrimonio se basa en volcar el vómito reprimido en ella, a veces literalmente.
Sabe que tengo potencial para el sadismo, para romper los límites de la degradación establecida. Pero es complicado, ya ha tenido sexo con animales, películas de bondage, violaciones, reconstrucción de colon. Incluso su falta de dientes mejora las felaciones. Ha hecho de la miseria sexual, de la barbarie, su razón para vivir, su forma de definirse como individuo. Me mira inquisitiva, esperanzada, pero ¿Qué puedo ofrecerle yo cuando golpearla es un simple preliminar, un bostezo existencial, cuándo ha hecho del castigo sexual una rutina?

No se me pone dura y seguimos hablando. Me enseña fotos de un antiguo novio de su juventud, me habla del pueblo, de su familia, de su primer aborto, me dice que nunca la quisieron, que la prostitución es como la guerra: una excusa para mostrarte como realmente eres, un animal. Dice que bebe demasiado, que su madre murió el año pasado y no se atrevió a ir al entierro. Le hubiera gustado llevar una vida normal y ser madre. Mierda, casi me enternece, no podré volver aquí. Sería como escupir en un pozo seco. Me despido.

Ya es de noche, Madrid está podrida por dentro. No me gustan las drogas, Franco no se drogaba, pero la noche es larga. Voy al poblado de siempre, nadie se percata, la policía es clientela fija. Me meto un par de rayas. La cocaína en vez de hacerme hablar me pone introspectivo. La imagen de mi hija en el hospital, con ese tubo en la boca, mirándome con odio cuando fui a verla… Joder, me he follado a yonquis de su edad con más ganas de vivir que ella. Me siento un monstruo.
Me meto otra raya, que extraño es este impulso que nos empuja a seguir a pesar de todo. Bebo un trago de la petaca. Me gusta conducir borracho con la sirena a toda leche, me encantaría ir a Sol o cualquier otro sitio, y en medio de una manifestación romper la cabeza a algún perroflauta, sino fuera por las denuncias, por esta mierda de democracia de pacotilla…

Es curioso donde me ha llevado la vida con cuarenta y cuatro años. Yo quería ser dentista, pero en algún momento se torció todo. Quizá no luché lo suficiente, o quizá me dejé llevar por las circunstancias del momento, adaptándome para sobrevivir. Genio o genocida, al final lo único importante es el presente. Saco la nota de suicidio de aquella yonqui a la que encontramos muerta hace unos días:

“Explicar el suicidio en una nota es una incoherencia, normalmente es un simple arrebato, la cuerda, el puente, el gas, la pistola. Nadie da explicaciones de porque Mozart acabó en una fosa común, de porque si tienes un gatillazo siento que la culpa es mía, de porque elegimos no elegir y no abrir la puerta al superyó. Sé que hay gente que me quiere…pero no me comprenden, y si no eres capaz de comprenderme no puedes aceptarme. No sabes porque lloro cuando estoy sola, y por eso me siento sola en tu compañía. Ya ni siquiera me siento viva con la música, cuando escribo, cuando me masturbo…lo siento. Y te pido perdón porque sé que es cosa mía, mi percepción, mi forma de enfocar las cosas, sé que no hay razón para quejarme, que no tengo perspectiva…pero no puedo evitar sentirme así. Simplemente sobrevivo. Podría ir al psicólogo, pero es como la fe ¿de qué serviría a un ateo? Me enamoro sin pensar, de ojos gastados, sin brillo, que tienen miedo a los espejos, coleccionistas de llamadas perdidas, de mails sin respuesta, a rebufo de la funeraria. Así soy yo: complicada, caótica, inservible, de las que se apoyan en la barra de algún bar, inmutable a invitaciones sórdidas o canciones de amor porque esperan que la ginebra haga efecto para volver a aquel verano donde sonaba esa canción y Él, por fin, me sacaba a bailar. La vida, como siempre, tenía otros planes. Pero no quiero enmarcar ese viejo neón estropeado de la nostalgia…solo pienso en la nieve…blanca, pura, apocalíptica, un réquiem de luz que lo inunda todo sin dejar ninguna pista al enemigo. Y dejas tus huellas, esperanzada en ese simple legado, mientras caminas ignorante hacia el Sol que hará desaparecer todo detrás de ti. Pero conozco esa verdad, noto el frio tras el cristal del segundero que marca la marcha fúnebre, y aunque hay cierta ternura contenida en este epigrama separado por comas, no espero que mis palabras sean un gran acontecimiento, todo es tan fugaz como los ojos verdes de ese conductor de autobús que, sin interés, flirtea conmigo. Ya siento el cansancio, el veneno circulando por mis venas, actuando, desatando ese instinto atávico de supervivencia. Subo el volumen, rechazo la llamada, no hay nada por lo que merezca la pena resistir…”

Llamo a Silvia, le digo que tengo coca y caballo. Llego a su cuarto, está sembrado de fotos suyas antes y después de la operación: antes era Silvio y tenía polla. Ahora tiene una vagina de juguete. Lo bueno es que te la puedes follar sin condón. Le gusta poner la música muy alta, creo que lo hace para joderme. Día equivocado. La ato como siempre y empiezo a follármela sin preliminares, me gusta el tacto de esta vagina de mentira, de virgen incapaz de lubricar. Le duele y mi empatía me empuja a meterle sus bragas en la boca y aumentar el ritmo. No consigo correrme y entonces saco la porra y empiezo a golpear esa cara que tanta cirugía y hormonas ha necesitado. No destrozo nada hermoso, solo una patética mentira.

La sangre me salpica, es divertido, excitante, intercalo mis crueles penetraciones con golpes en sus pechos de porcelana, en su rostro amorfo ya por las lesiones. Le arranco un pezón para devolverle la conciencia. Necesito que siga despierta, sus bragas están rojas de sangre y sufre espasmos. Me rio, la vida tiene sentido: golpear, penetrar, matar. Soy un puto psicópata. Y sí: al final somos los únicos supervivientes. Vivís en un mundo de horror. Welcome

¡Qué sonrisa tan rara! by Extremoduro on Grooveshark