jueves, 12 de enero de 2017

ROSA MONTERO, Historias de mujeres, Alfaguara, Madrid, 1995, págs. 76-79

Simone era altiva y se creía superior a casi todo el mundo. No a Sartre, por supuesto, a quien veneraba probablemente muy por encima de sus merecimientos. Cuando se presentaron los dos, ella con veintiún años, él con veinticuatro, al examen final de filosofía, Sartre sacó el primer puesto y Simone el segundo, pero los miembros del tribunal estaban convencidos de que “la verdadera filósofa era ella”. Sartre siempre fue mucho más creativo, Simone más rigurosa. Probablemente ella hubiera debido dedicarse más al ensayo que a la narrativa (sus novelas son muy flojas), pero, en una de sus pocas debilidades tradicionalmente femeninas, siempre consideró que la grandeza del pensamiento le correspondía a Sartre y que ella ocupaba un lugar subsidiario.

Una vez, estando en pleno y ardiente romance con Nelson Algren, el escritor norteamericano que fue su gran amor de la madurez, Simone le dejó plantado para volverse a Francia: Sartre quería que le ayudara a corregir el manuscrito de uno de sus libros filosóficos. Nada, ni tú, ni mi vida, ni mi propia obra, está por encima de la obra de Sartre, le dijo entonces Simone al estupefacto Algren. Y regresó a París, para encontrarse allí con que Sartre se había ido de vacaciones con su amante de turno. En su entrega, en su aceptación del papel sustancial del hombre elegido (el hombre como el sol, la mujer un planeta), Simone cumplió su herencia cultural, las antiguas normas de su sexo. Pero lo formidable en su caso, lo que hizo que se convirtiera en un nuevo símbolo para la mujer, fue su capacidad para construirse como persona. Se acabaron los antiguos sacrificios femeninos, las ceremonias de autodemolición como la llevada a cabo por Zenobia, la mujer de Juan Ramón Jiménez (también premio Nobel, como Sartre): Simone enseñó que la mujer podía ser por sí misma, además de estar con.

Sin duda, Beauvoir dio ese salto gracias a su ingente voluntad, a su disciplina y a su esfuerzo (de ahí le vino el sobrenombre de Castor: un animalito diligente que no cesa de trabajar y construir), pero también pudo darlo gracias a las condiciones de su época. Simone vivió su adolescencia en los años veinte, después de una guerra, la Primera Mundial, que había acabado con la sociedad del siglo XIX. En Rusia los bolcheviques parecían estar inventándose el futuro, el mundo era un lugar vertiginoso, la revolución tecnológica cambiaba la faz de la Tierra como un viento de fuego. En medio de toda esa mudanza había aparecido un nuevo tipo de mujer, la chica emancipada y liberada, dos palabras de moda. Se acabaron los corsés, las enaguas hasta los tobillos, los refajos; las muchachas se cortaban el pelo a lo garçon, llevaban las piernas al aire, eran fuertes y atléticas, jugaban al tenis, conducían coches descapotables, pilotaban peligrosas avionetas. Eran los febriles y maravillosos años veinte, los crispados e intensos años treinta, tiempos de renovación en los que la sociedad se pensaba a sí misma, buscando nuevas formas de ser. Había que acabar con la tradicional moral burguesa y en el arder de aquellos años se pusieron en práctica todos los excesos que luego volverían a ensayarse, como si fueran nuevos, en los años sesenta: el amor libre, las drogas, la contracultura.

El pulso de la época se manifestaba con toda su intensidad en Montparnasse, el barrio parisino en donde Simone residió toda su vida: por allí habían pasado Trotski, Lenin, Modigliani; por allí anduvieron los cubistas, con Picasso a la cabeza, y los surrealistas (Breton, Aragon), una tropa bárbara y risueña que se dedicaba a reventar funciones teatrales y a darse de mamporros contra los bienpensantes en cenas y actos públicos; practicaban una suerte de terrorismo urbano. La cocaína corría por los bares, se experimentaba con la psicodelia (Sartre se inyectó mescalina en 1935 y anduvo medio loco durante un par de años: decía que le perseguía una langosta por la calle), se tomaba anfetaminas, se bebía mucho. De hecho, el abrupto y prematuro envejecimiento de Sartre debió de tener mucho que ver con sus excesos: desde muy joven se atiborró de anfetaminas y sedantes, todo regado de buen vino. También Simone se excedió con las píldoras estimulantes y sobre todo con el alcohol: cuando murió a los setenta y ocho años tenía cirrosis.

Con todo, y en medio de tanta turbulencia, el mundo era aún muy inocente. Beauvoir y Sartre por ejemplo, siempre tuvieron claro que querían ser famosos (“yo era muy consciente de ser el joven Sartre, de la misma manera que uno dice el joven Berilos o el joven Goethe”) y dedicarse a “salvar el mundo a través de la literatura”. ¿Quién podría creer hoy, en su sano juicio, que la literatura sirva para salvar el mundo, o siquiera que el mundo pueda ser susceptible de ser salvado de ningún modo? La puerilidad del empeño sólo tiene parangón con el nivel de megalomanía que supone. Y es que, en efecto, Sartre y Simone fueron en esto almas gemelas: narcisistas, egocentristas, elitistas, insufriblemente megalómanos. En su novela La invitada, Simone dice de sus protagonistas, que son el calco exacto de Sartre y ella (Beauvoir padecía una absoluta, asombrosa falta de imaginación, y siempre, incluso en sus novelas, hablaba de su propia vida), que ambos “estaban juntos en el centro del mundo, mundo que debían explorar y revelar como misión prioritaria de sus vidas”.

La metástasis del goce.

“Porque el mejor público de una novela, de un poema o de un drama es el que está antes de la escritura, no después; el que viene después ya no es nuestro. Los rostros borrosos y ávidos que imaginamos cernidos sobre la página en blanco como futuros lectores de lo que vamos a escribir ésos son los que forman el mejor público, el que empuja a seguir escribiendo, con o sin éxito. Y es el mejor público porque lo crea nuestra propia compulsión de escribir. En cada línea, el escritor verdadero pone su alma para que aparezca en este mundo un lector inexistente; todo escritor, hasta el más despectivo con lo “popular”, quiere dar nacimiento a un público que aún no se conoce a sí mismo y vive disperso hasta que el libro lo reúne. Cada línea pretende crear un lector compulsivo nacido de la nada, gracias a las frases que se van urdiendo bajo nuestra mano y que muchas veces parecen urdirse solas. Si la línea ensarta un lector, la bella página cubierta de líneas ha hilado un público. Un público que no es ni de hoy ni de mañana, porque el escritor quiere que su lector sea eterno (y en algún caso lo consigue). Ese lector es la única razón de ser de  la escritura cuando ésta pasa a llamarse “literatura”, hasta el punto de que ´solo podemos llamar buena literatura a aquella escritura que añade un lector nuevo, no una repetición, a la cadena.”
FÉLIX DE AZÚA. Lecturas compulsivas.


“Me sucede a veces, y siempre que sucede es casi de repente, que surge en medio de mis sensaciones un cansancio tan terrible de la vida que ni siquiera se da la hipótesis de un acto con el que dominarlo. Para remediarlo, el suicidio parece inseguro; la muerte, incluso supuesta la inconsciencia, todavía poco. Es un cansancio que ambiciona, no el dejar de existir —lo que puede ser o puede no ser posible—, sino algo mucho más horroroso y profundo, el dejar de siquiera haber existido, lo que no hay manera de que pueda ser.
Creo entrever, a veces, en las especulaciones, en general confusas, de los indios algo de esta ambición más negativa que la nada. Pero o bien les falta la agudeza de la sensación para relatar así lo que piensan, o les falta la acuidad de pensamiento para sentir así lo que sienten. El hecho es que lo que en ellos entreveo no lo veo. El hecho es que me creo el primero en entregar a las palabras el absurdo de esta sensación sin remedio.
Y la curo con escribirla. Sí, no hay desolación, si es profunda de verdad, si no es puro sentimiento, pero participando en ella la inteligencia, para que no exista el remedio irónico de decirla. Cuando la literatura no tuviese otra utilidad, ésta, aunque para pocos, la tendría.”
FERNANDO PESSOA, Libro del desasosiego.


“No quiero decir que debamos mostrarnos "comprensivos" o "misericordiosos" con "la histérica", "la neurótica" o -sin más- "la loca" de Plath. Al contrario: este libro desmiente, cuando menos a mis ojos, todas las patrañas que se han venido vertiendo sobre su cadáver. Son muchas, y aún colean, pero hay dos que me irritan especialmente. Una, la que puso en circulación el crítico A. Álvarez al poco de morir su "amiga": Sylvia Plath era una poeta abocada al suicidio desde la muerte de su padre (la dichosa "Boca de sombra" a la que todos dan de comer). Falso. A diferencia de, por ejemplo, Alejandra Pizarnik -que sí se entregó, creo yo, a un cierto culto funesto- Plath fue una tremenda luchadora que, por encima de todo, ansiaba ser feliz: amando, trabajando, criando a sus hijos y colaborando, en la medida de sus posibilidades, a transformar la sociedad. Una persona que, consciente del trauma que pesaba sobre ella, así como de la ira, del bloqueo, de las diversas pulsiones enfrentadas que aquella fractura de la infancia seguía generando en su interior, hizo y escribió cuanto pudo para salir adelante. Y, salvo en dos ocasiones, siempre con éxito, tal y como lo demuestra su brillantísima trayectoria profesional. Pero ese "invierno terrible" del que habla Rilke en los Sonetos a Orfeo; aquel álgido y caótico invierno de 1962-63, henchido de vacío y de desamor, pudo más que ella, al final.”
XOÁN ABELEIRA, en la introducción a Sylvia Plath, Poesía completa.



Si ser un buen lector también requiere mucho tiempo –y también cierto bagaje cultural que solo se consigue con mucho esfuerzo-, mucho más difícil resulta ser un buen escritor. Diciembre me ha inmerso en un bloqueo absurdo de escritorzuelo, apenas he escrito nada, me he dedicado a leer, trabajar e intentar convencerme de que realmente estamos en Navidad. Ha habido una crisis consumista en forma de nuevo móvil (para los curiosos Xiaomi Redmi Pro), han existido reencuentros sentimentales, charlas a la luz del hogar, cenas familiares, un árbol de Navidad, he disfrutado de la serie WestWorld (si no la habéis visto, hacedlo YA), y algunas lecturas. Últimamente me ha dado por leer los diarios de escritores famosos, el mes pasado terminé el de Pizarnik y ahora estoy embriagado con el de Sylvia Plath. Seria interesante hablar sobre la ética de inmiscuirse en los pensamientos privados de otra persona, pero a fin de cuentas todos los interesados están muertos, y trasiego con ello como si fueran pequeñas clases de escritura creativa. Una de las cosas que me han reconciliado con la poesía al leerlas es comprender lo vulgar y tosca que resulta la pseudopoesía que se edita hoy en día. La vocación, la violencia, la necesidad de escribir que plasma Sylvia en sus diarios es un gigante cuya sombra, cuya presencia, ya hemos olvidado, y que nos hace vivir en una extraña penumbra, que nos hace leer y escribir mal, que nos impide movernos con soltura porque solo aspiramos a lo que podemos ver a dos palmos de distancia; y solo necesitamos mirar hacia arriba para saber a dónde, a qué.

Pero como decía, vivo inmerso en una indolencia endémica, el blog cumple seis años y solo consigo publicar una entrada con mis libros leídos. Qué triste. Es como esa frase de: “el temperamento es destino”; no puedo huir de mí mismo. Supongo que esa pregunta siempre está ahí, ¿qué hacer, cual es el propósito de levantarse por las mañanas, por qué, cómo justificar nuestra existencia, para qué escribir? No quiero divagar, pero me resulta extraño que nadie escriba o se queje de esta vida esclava que llevamos casi todos, llena de explotación, consumismo y alienamiento. Las Navidades son un ejemplo perfecto, yo también he caído en ello, de cómo se ha transformado en una fiesta laica donde se demuestra amor con regalos, y a ser posible con un ticket regalo por si hay devoluciones. A veces me he sentido, mientras esquivaba las avalanchas de gente por la calle, como Sherlock en el segundo episodio de su nueva temporada (nótese de nuevo mi intencionalidad de recomendaros otra pieza de inteligente talento audiovisual), buscando en el infierno la salvación propia y ajena. Pero como decía: la poesía ha muerto y todos tenemos la culpa. ¿Sarco, existes? ¿Batania, existes? 

2016 ha sido un año extraño. Un año de desencuentros, rupturas, y reencuentros con cierta presbicia, con cierta caducidad si no hay reflexión real sobre nuestros errores. Un año de vecinos ruidosos, llamadas a la policía de madrugada, tapones por las noches, de apócope existencial. De leer cien libros y volcarme en los ensayos políticos, económicos, sociales, filosóficos. En adorar a Schopenhauer como un padre intelectual. En entender el presente de mi país, abochornado por su historia reciente –y lejana-, y verme decepcionado brutalmente por esas “izquierdas” que dicen querer lo mejor para nosotros y solo se saben representar a sí mismas. No sé si ahora soy socialdemócrata, un escéptico, un pesimista esperanzado –como diría Monedero-, o un individualista bien informado que mira sin sorna a los libertarios. En cualquier caso, lo único que me queda es aprovechar el tiempo antes de que una máquina me quite mi trabajo, antes de que llegue el guetto y el colapso. Alguno dirá, ¿qué más da? A fin de cuentas nuestras vidas se podrían resumir en la acción constante, rutina en segundo plano, de acumular recuerdos, como si fueran trastos viejos en el ático de la memoria, quizás con la tonta pretensión de ordenarlos y disfrutarlos más adelante, en algunas vacaciones, cuando tengamos tiempo, cuando nos jubilemos. Supongo que es un error muy humano creerse inmortal. Para eso sirve escribir supongo, para ordenar tu pasado, quitar el polvo a tu propia historia, aunque haya sucedido hace apenas unos segundos, y grabarla sobre el papel para poder reflexionar realmente sobre ella, revivirla mientras iluminas ese ático, con la lucidez del ruido del teclado, en esa soledad –permitidme la broma- del Übermensch, que busca la transcendencia en cada pequeño y sutil acto de libertad.
Rorschach Kovacs. En su regreso al blog, buscando algún lector rezagado, 2017.

jueves, 5 de enero de 2017

Rorschach Libros 2017

  1. Leonard Cohen - A mil besos de profundidad (Canciones y poemas 1956-1978)   Entretenido (3) 
  2. Leonard Cohen - A mil besos de profundidad (Canciones y poemas 1979-2006)   Entretenido (3) 
  3. Carlos Taibo - En defensa del decrecimiento (Sobre capitalismo, crisis y barbarie)   Entretenido (3)
  4. Robert Silverberg - Muero por dentro   Entretenido (3)
  5. @SrtaBebi - Amor Y Asco   Mediocre (2)
  6. Joaquín Barañao - Historia freak de la Música   Entretenido (3)
  7. Jean-Paul Sartre - La Puta Respetuosa / A puerta cerrada   Entretenido (3)
  8. Descubrir la Filosofía - J.L. Rodríguez García - Sartre   Excelente (4)
  9. Descubrir la Filosofía - J.A Cardona - Filosofía Helenística   Entretenido (3)
  10. Descubrir la Filosofía - Joan Solé - Schopenhauer   Excelente (4)
  11. Jean-Paul Sartre - El Existencialismo es un humanismo   Excelente (4)
  12. Jean-Paul Sartre - Manos Sucias   Entretenido (3)
  13. Alberto Noguera - 2016 en Denia   Entretenido (3)
  14. Hermann Hesse - El Lobo Estepario   Entretenido (3)
  15. Bertrand Russell - La Conquista de la felicidad   Entretenido (3)
  16. Carmen G. de la Cueva - Mamá, quiero ser feminista  Entretenido (3)
  17. Steven L. Kent - La Gran Historia De Los Videojuegos   Excelente (4)
  18. Daniel Glattauer - Terapia amorosa: (Una comedia)   Mediocre (2)
  19. Haruki Murakami - De qué Hablo cuando hablo de correr   Entretenido (3)
  20. Martínez Cantudo Ricardo - La Generación Que Cambió La Historia Del Videojuego   Entretenido (3)
  21. Rupi Kaur - Otras maneras de usar la boca   Entretenido (3)
  22. Doctora Glas - Suicida (no profesional) busca puente   Mediocre (2)
  23. Guillermo Tato - Una Partida Más Y Me Acuesto   Entretenido (3)
  24. Woodfin Rupert - Marxismo: Una Guia Ilustrada   Entretenido (3)
  25. Cryan Dan - Capitalismo: Una Guia Ilustrada   Entretenido (3)
  26. Cristina Peri Rossi - La Barca Del Tiempo      Entretenido (3)
  27. Guinness World Records Especial Videojuegos 2008   Entretenido (3)
  28. Charles Bukowski - Amor   Entretenido (3)
  29. Karmelo C. Iribarren - Pequeños Incidentes (Antología Poética)   Entretenido (3)













Clasificación:
Malo (1) Mediocre (2) Entretenido (3) Excelente (4) Obra Maestra (5)

Rorschach Libros 2016
Rorschach Libros 2015 
Rorschach Libros 2014
Rorschach Libros 2013
Rorschach Libros 2012