jueves, 12 de enero de 2017

La metástasis del goce.

“Porque el mejor público de una novela, de un poema o de un drama es el que está antes de la escritura, no después; el que viene después ya no es nuestro. Los rostros borrosos y ávidos que imaginamos cernidos sobre la página en blanco como futuros lectores de lo que vamos a escribir ésos son los que forman el mejor público, el que empuja a seguir escribiendo, con o sin éxito. Y es el mejor público porque lo crea nuestra propia compulsión de escribir. En cada línea, el escritor verdadero pone su alma para que aparezca en este mundo un lector inexistente; todo escritor, hasta el más despectivo con lo “popular”, quiere dar nacimiento a un público que aún no se conoce a sí mismo y vive disperso hasta que el libro lo reúne. Cada línea pretende crear un lector compulsivo nacido de la nada, gracias a las frases que se van urdiendo bajo nuestra mano y que muchas veces parecen urdirse solas. Si la línea ensarta un lector, la bella página cubierta de líneas ha hilado un público. Un público que no es ni de hoy ni de mañana, porque el escritor quiere que su lector sea eterno (y en algún caso lo consigue). Ese lector es la única razón de ser de  la escritura cuando ésta pasa a llamarse “literatura”, hasta el punto de que ´solo podemos llamar buena literatura a aquella escritura que añade un lector nuevo, no una repetición, a la cadena.”
FÉLIX DE AZÚA. Lecturas compulsivas.


“Me sucede a veces, y siempre que sucede es casi de repente, que surge en medio de mis sensaciones un cansancio tan terrible de la vida que ni siquiera se da la hipótesis de un acto con el que dominarlo. Para remediarlo, el suicidio parece inseguro; la muerte, incluso supuesta la inconsciencia, todavía poco. Es un cansancio que ambiciona, no el dejar de existir —lo que puede ser o puede no ser posible—, sino algo mucho más horroroso y profundo, el dejar de siquiera haber existido, lo que no hay manera de que pueda ser.
Creo entrever, a veces, en las especulaciones, en general confusas, de los indios algo de esta ambición más negativa que la nada. Pero o bien les falta la agudeza de la sensación para relatar así lo que piensan, o les falta la acuidad de pensamiento para sentir así lo que sienten. El hecho es que lo que en ellos entreveo no lo veo. El hecho es que me creo el primero en entregar a las palabras el absurdo de esta sensación sin remedio.
Y la curo con escribirla. Sí, no hay desolación, si es profunda de verdad, si no es puro sentimiento, pero participando en ella la inteligencia, para que no exista el remedio irónico de decirla. Cuando la literatura no tuviese otra utilidad, ésta, aunque para pocos, la tendría.”
FERNANDO PESSOA, Libro del desasosiego.


“No quiero decir que debamos mostrarnos "comprensivos" o "misericordiosos" con "la histérica", "la neurótica" o -sin más- "la loca" de Plath. Al contrario: este libro desmiente, cuando menos a mis ojos, todas las patrañas que se han venido vertiendo sobre su cadáver. Son muchas, y aún colean, pero hay dos que me irritan especialmente. Una, la que puso en circulación el crítico A. Álvarez al poco de morir su "amiga": Sylvia Plath era una poeta abocada al suicidio desde la muerte de su padre (la dichosa "Boca de sombra" a la que todos dan de comer). Falso. A diferencia de, por ejemplo, Alejandra Pizarnik -que sí se entregó, creo yo, a un cierto culto funesto- Plath fue una tremenda luchadora que, por encima de todo, ansiaba ser feliz: amando, trabajando, criando a sus hijos y colaborando, en la medida de sus posibilidades, a transformar la sociedad. Una persona que, consciente del trauma que pesaba sobre ella, así como de la ira, del bloqueo, de las diversas pulsiones enfrentadas que aquella fractura de la infancia seguía generando en su interior, hizo y escribió cuanto pudo para salir adelante. Y, salvo en dos ocasiones, siempre con éxito, tal y como lo demuestra su brillantísima trayectoria profesional. Pero ese "invierno terrible" del que habla Rilke en los Sonetos a Orfeo; aquel álgido y caótico invierno de 1962-63, henchido de vacío y de desamor, pudo más que ella, al final.”
XOÁN ABELEIRA, en la introducción a Sylvia Plath, Poesía completa.



Si ser un buen lector también requiere mucho tiempo –y también cierto bagaje cultural que solo se consigue con mucho esfuerzo-, mucho más difícil resulta ser un buen escritor. Diciembre me ha inmerso en un bloqueo absurdo de escritorzuelo, apenas he escrito nada, me he dedicado a leer, trabajar e intentar convencerme de que realmente estamos en Navidad. Ha habido una crisis consumista en forma de nuevo móvil (para los curiosos Xiaomi Redmi Pro), han existido reencuentros sentimentales, charlas a la luz del hogar, cenas familiares, un árbol de Navidad, he disfrutado de la serie WestWorld (si no la habéis visto, hacedlo YA), y algunas lecturas. Últimamente me ha dado por leer los diarios de escritores famosos, el mes pasado terminé el de Pizarnik y ahora estoy embriagado con el de Sylvia Plath. Seria interesante hablar sobre la ética de inmiscuirse en los pensamientos privados de otra persona, pero a fin de cuentas todos los interesados están muertos, y trasiego con ello como si fueran pequeñas clases de escritura creativa. Una de las cosas que me han reconciliado con la poesía al leerlas es comprender lo vulgar y tosca que resulta la pseudopoesía que se edita hoy en día. La vocación, la violencia, la necesidad de escribir que plasma Sylvia en sus diarios es un gigante cuya sombra, cuya presencia, ya hemos olvidado, y que nos hace vivir en una extraña penumbra, que nos hace leer y escribir mal, que nos impide movernos con soltura porque solo aspiramos a lo que podemos ver a dos palmos de distancia; y solo necesitamos mirar hacia arriba para saber a dónde, a qué.

Pero como decía, vivo inmerso en una indolencia endémica, el blog cumple seis años y solo consigo publicar una entrada con mis libros leídos. Qué triste. Es como esa frase de: “el temperamento es destino”; no puedo huir de mí mismo. Supongo que esa pregunta siempre está ahí, ¿qué hacer, cual es el propósito de levantarse por las mañanas, por qué, cómo justificar nuestra existencia, para qué escribir? No quiero divagar, pero me resulta extraño que nadie escriba o se queje de esta vida esclava que llevamos casi todos, llena de explotación, consumismo y alienamiento. Las Navidades son un ejemplo perfecto, yo también he caído en ello, de cómo se ha transformado en una fiesta laica donde se demuestra amor con regalos, y a ser posible con un ticket regalo por si hay devoluciones. A veces me he sentido, mientras esquivaba las avalanchas de gente por la calle, como Sherlock en el segundo episodio de su nueva temporada (nótese de nuevo mi intencionalidad de recomendaros otra pieza de inteligente talento audiovisual), buscando en el infierno la salvación propia y ajena. Pero como decía: la poesía ha muerto y todos tenemos la culpa. ¿Sarco, existes? ¿Batania, existes? 

2016 ha sido un año extraño. Un año de desencuentros, rupturas, y reencuentros con cierta presbicia, con cierta caducidad si no hay reflexión real sobre nuestros errores. Un año de vecinos ruidosos, llamadas a la policía de madrugada, tapones por las noches, de apócope existencial. De leer cien libros y volcarme en los ensayos políticos, económicos, sociales, filosóficos. En adorar a Schopenhauer como un padre intelectual. En entender el presente de mi país, abochornado por su historia reciente –y lejana-, y verme decepcionado brutalmente por esas “izquierdas” que dicen querer lo mejor para nosotros y solo se saben representar a sí mismas. No sé si ahora soy socialdemócrata, un escéptico, un pesimista esperanzado –como diría Monedero-, o un individualista bien informado que mira sin sorna a los libertarios. En cualquier caso, lo único que me queda es aprovechar el tiempo antes de que una máquina me quite mi trabajo, antes de que llegue el guetto y el colapso. Alguno dirá, ¿qué más da? A fin de cuentas nuestras vidas se podrían resumir en la acción constante, rutina en segundo plano, de acumular recuerdos, como si fueran trastos viejos en el ático de la memoria, quizás con la tonta pretensión de ordenarlos y disfrutarlos más adelante, en algunas vacaciones, cuando tengamos tiempo, cuando nos jubilemos. Supongo que es un error muy humano creerse inmortal. Para eso sirve escribir supongo, para ordenar tu pasado, quitar el polvo a tu propia historia, aunque haya sucedido hace apenas unos segundos, y grabarla sobre el papel para poder reflexionar realmente sobre ella, revivirla mientras iluminas ese ático, con la lucidez del ruido del teclado, en esa soledad –permitidme la broma- del Übermensch, que busca la transcendencia en cada pequeño y sutil acto de libertad.
Rorschach Kovacs. En su regreso al blog, buscando algún lector rezagado, 2017.

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