jueves, 23 de agosto de 2012

Harry (IV)

Quizás esté asustado aunque no lo quiera reconocer; quizás sea incluso normal, la vida, las deudas, el trabajo, las mujeres guapas que desarman con una mirada, la bebida. Demasiadas cosas para una habitación tan pequeña. Sigo fumando, otro viejo habito adquirido, otra puta dejando su cicatriz tras el abandono. Pero me gusta este sabor opaco que agarrota la garganta, me gusta recrear con el humo cierta elegancia de película en blanco y negro, quizás el ambiente sea importante antes de la paja solitaria, antes de golpear el teclado. Aunque enseguida rompo el encanto, cojo sus bragas y las olisqueo como un perro sarnoso. Pero así soy yo, así es Harry, una suma de idioteces.

En mi familia somos propensos a la hipertensión, a sufrir trombosis, ictus. Mis abuelos murieron por esa razón. Mi tío tuvo su primer ictus con la misma edad que su padre –mi abuelo- a los sesenta. Y ahora, tres años y medio después, ha muerto. Quizás podría haber llevado una vida libre de excesos, cuidarse más, alejarse de la bebida, pero creo que ya era demasiado tarde. A veces es mejor culpar a algo, porque luego cuando te avisan de que tu amiga del instituto, la chica sana y abstemia con la que quedaste antes del verano para celebrar su embarazo, ha muerto de un derrame cerebral, no sabes como reaccionar y empiezas a ver las costuras al universo.


Cuando muere un familiar con el que no has tenido contacto en diez años a pesar de que ha sido parte importante de tu infancia, todo se torna irreal. Y también demasiado real, porque te percatas del monstruoso efecto que tiene el paso del tiempo, lo degradante e injusto que es que las personas pierdan toda substancia e importancia. No había nada en su casa, ni ordenador, fotos, libros… solo papeles del trabajo, películas, una cadena de música, ropa desperdigada. Y lupas. Me gustan sus lupas, inútiles como cualquier recuerdo.

Los cementerios son visitas guiadas al museo de los muertos, pero en esta sociedad incluso quemar un cuerpo, deshacerte de el, resulta caro, molesto, oneroso. Mi madre discute los detalles con mi otro tío, intentando quebrar años de silencios, de familia desubicada, rancia, egoísta, descastada. Me voy a mi casa, a mi habitación, ¿quiero saber si había demasiadas botellas y caos en su piso, quiero saber si tardaron varios días en encontrar su cadáver, quiero saber porque no le dieron la baja por enfermedad después del primer ictus y en que condiciones siguió viviendo? No, los detalles son quistes, prefiero no saber.

Prefiero entubar las emociones con la segunda botella de vino, dar la espalda y caer sobre un campo de algodones y agujas hipodérmicas. La soledad, mi puta favorita, un mismo concepto en cualquier idioma. Descorchemos otros recuerdos, como la última vez que vi a Daphne, ojos miel, melena azabache, labios entreabiertos, el gesto de morderse el nudillo del indice cuando estaba nerviosa, ese aire frágil y ajeno a la vez.

El sexo sobredimensionado compensaba todas las contradicciones que crepitaban entre los dos; polla, coño, poemas de vida sin derechos de autor, húmedos, ansiosos, abrasados, sodomizados por esa danza de presente puro, llena de miradas fijas y labios abiertos. Siempre buscando ese estertor existencial que lo silenciase todo, aunque solo fueras un mensaje de carmín en un espejo sucio, un neón de bar para el alcohólico, palabras de litio acariciando mi cara.


El vino se derrama sobre el ordenador, desasimiento visceral que provoca el fin de todo.


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