sábado, 17 de septiembre de 2016

Una habitación.

Siempre he preferido escribir en el ordenador, cubrir rápidamente la página en blanco con escritura legible, que no hubiera que repasar demasiado, suavizar, sobre todo al principio, el tamiz grandilocuente que se confunde con estilo propio. Todo resulta sencillo, sentarse en tu silla preferida, descansar las manos sobre el teclado, observar esa rayita que parpadea fija en el extremo superior izquierdo de la página en blanco del Word y esperar a que llegue la inspiración. Pero ahora, como la mayoría de las veces, el problema es que pasan veinte minutos y las manos siguen inertes, casi muertas, no hay movimiento, ninguna idea clara en el horizonte del pensamiento, y esa rayita sigue ahí, esperando, con su parpadeo molesto, frío, acuciante, acusatorio. El otro horizonte al que da la ventana que tengo enfrente solo es un espectáculo de ladrillos y persianas bajadas. Necesito inspiración, algo sobre lo qué escribir. Observo mi mesa: ordenador de sobremesa, una tetera a rebosar de té negro, todavía demasiado caliente para tomarlo, dos altavoces que dejan escapar canciones de Radiohead muy bajito, el libro de Onetti “El Astillero” y “Cartas a Lucilio” de Séneca. A mi izquierda dos estanterías llenas de libros, sin fotos ni adornos, solo libros, apilados con cierto desorden. Cada dos años los intento ordenar por autor, luego empiezan las compras compulsivas, los préstamos, traer libros de las estanterías del salón, cierta dejadez. Me intento excusar pensando que las librerías ordenadas suelen tener detrás a lectores asépticos, lo cual no me acaba de gustar, creo que los libros hay que doblarlos, subrayar sus páginas, usarlos sin contemplaciones, y la librería tiene que ser un reflejo de esa actitud.

También tengo varios posters repartidos por las paredes, sobre todo de películas: Fight Club, The Empire Strikes Back, True Detective, Watchmen… y también uno de Bob Marley, Mick Jagger y Peter Tosh en primer plano sonriendo. Este último me resulta indiferente, lo vi en la casa de un conocido que acababa de venir de Londres: joven actor con carisma, vivía con su novia alemana en un piso del centro, seguro de sí mismo, fiestas en su casa, porros y conversaciones que se extendían toda la madrugada y que, en aquellos tiempos, parecían el culmen de la intelectualidad… Supongo que tuve el infantilismo inconsciente de pensar que tener ese poster implicaría atraer parte de esas cosas a mí vida. Atajos existenciales. Debería de quitarlo. Sigamos. Justo detrás de mí hay un calendario de Fotogramas, lo compro todos los años. Cogí esa costumbre por mi ex, le encantaba usarlo como agenda, ir apuntado cosas, cumpleaños de gente, actividades, aniversarios. En mi caso es una metáfora de mi nula vida social, apenas tengo fechas marcadas, dos o tres cumpleaños, más bien parece un osario de soledades. Pero eso sería ponerme muy intensito, y se supone que ya he superado esa fase.

Se me había olvidado, justo encima de la primera estantería tengo el famoso poster de Abbey Road, con los Beatles cruzando el paso de cebra. Tuve una época en que me dio muy fuerte con ellos. Todo empezó de casualidad, hace unos años estuve en paro varios meses y un día estaba aburrido y empecé a ver el primer capítulo documental de “Beatles Anthology”, una serie de cinco documentales de casi dos horas y media cada uno que explica el fenómeno The Beatles. Como cualquier cosa que termina entusiasmándote, primero tienes que pasar por el peaje de adquirir cierto bagaje cultural sobre el tema en cuestión, da igual si es un videojuego, un grupo musical, Kant, o la última edición de Gran Hermano; la excusa universal para que nadie lea es que “no tienen tiempo”, mentira, todos tenemos tiempo para las cosas que nos entusiasman, la gente que le gusta el fútbol suele verse varios partidos a la semana, se saben las alienaciones de su equipo favorito, suelen ojear el Marca y hablar de ello en cuanto se les da la oportunidad –en mi trabajo con cualquier excusa lanzan sus monólogos sobre mí, como si mi ateísmo deportivo fuera una mancha, un error que deben subsanar-. El tiempo invertido, como decía, te permite especializarte en cada hobby, comprenderlo mejor y disfrutarlo más. Luego depende de otros factores que esa obsesión dure más o menos y se convierta en otra cosa. Con The Beatles me duró casi medio año: leí libros, me obsesione también con John Lennon, fui a conciertos “homenaje”, vi todas sus grabaciones y videoclips, y me escuché la discografía completa unas cuantas veces. Al cabo de seis meses empezaron a aburrirme, y dejé de escucharlos totalmente, pero el poster –y el otro de John Lennon- siguen ahí.

En el suelo hay un par de mancuernas de doce kilos. Al fondo de la habitación hay un sillón, y en medio, justo detrás de la silla donde escribo, una mesa bastante grande de madera. Ahí voy dejando los últimos libros que compro y estoy leyendo. Tengo dos ensayos de Juan Carlos Monedero, politólogo famoso por su relevancia en Podemos. Después de leerme su libro “Curso urgente de política para gente decente”, necesitaba leer más cosas de él. Indispensables y muy recomendables sus ponencias en YouTube. Sus libros son amenos, interesantes, exigentes, polémicos e inspiradores. También tengo ahí un ensayo sobre literatura “Escribir Ficción” y una edición conmemorativa de Rayuela, quiero leerlos de nuevo. Luego hay otra pila compuesta por “La Broma Infinita” de Foster Wallace, “Viaje al fin de la noche” de Louis-Ferdinand Céline, “La vida instrucciones de uso” de Georges Perec, y por último “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole, son libros que no he conseguido leer. Que me dan pereza. Que me acusan. Que me llaman lector ocasional, diletante, fraude intelectual. En parte tienen razón, pero es difícil gestionar la pereza endémica de mi carácter con la necesidad de disfrutar de esos clásicos. Hemos llegado a un trato: ellos se quedan inquisidores a la vista, y yo intento evitarlos el máximo tiempo posible.

Mi habitación, mi Sancta Sanctorum, el lugar donde escribo, un lugar importante. Tan importante como mi teclado, un teclado robusto, pesado, me encanta el sonido de las teclas al pulsarlas. Me gusta que tenga varios años, que me haya acompañado casi desde el principio del blog, un fiel compañero, como en ocasiones ha sido mi gato Kirk, o la botella de vino de madrugada. Ahora ya no hay vino, hay otras inspiraciones y convicciones. Otras causas. Diferentes efectos. Pero siempre la misma búsqueda: que la rayita que parpadea en el margen superior izquierdo se mueva y manche de palabras la pulcritud de la página en blanco”