jueves, 2 de agosto de 2012

De forma tibia o violenta sucede así en todas partes.

Me despierto con una erección, pensando en ti, en tu coño húmedo, mi lengua entrando y saliendo, bailando un tango con tu clítoris, asfixiándome con tu marejada en esa muerte dulce de tu orgasmo. Piernas jónicas desafiando la gravedad, tu pelo precipitándose, la pubertad de una escena de salón, ¿he conseguido tu atención?

Son las doce de la noche. Vivo de noche, bebo de noche, trabajo de noche. No me gusta la gente, siempre están en colas largas y estúpidas. La masa siempre está equivocada. Prefiere el dinero al tiempo. Yo prefiero no elegir, no quiero tiempo ni dinero. No quiero nada.

Me he despertado por la mañana con demasiado dolor, asco, resaca, calor y cansancio. Me he vuelto a acostar. Antes miré mi cuenta bancaría a través de internet. Habían ingresado la nómina, algo que siempre me resulta milagroso. Ahora ya habrá desaparecido víctima de gastos superfluos: alquiler, recibos, esclavitud. Tengo que elegir entre comprar comida o libros, se me condena a la ignorancia, a la mediocridad. Cerré los ojos pensando en Angélica Libbett. Tiene un blog donde se hace fotos desnuda en todos los hoteles a los que va.

(Soy un grifo que gotea, una botella con la santidad de una virgen vestal, henchida de vitalidad pero ignorante, como una mosca de fruta, de su corta existencia)

Mi habitación es un lodazal, huele a vómito, sudor, soledad. Ansiedad. Tengo hambre pero es demasiado tarde para comprar nada. Abro la botella superviviente. Me raspa la garganta como un racimo de pus. Levanto la persiana. Justo en ese momento uno de mis vecinos, vestido con traje y corbata, pasa por delante de mi ventana, muy despacio, cayendo casi a cámara lenta. Se escucha a continuación un sonido extraño, amortiguado, como el de una sandía abriéndose. Espero. No me atrevo a moverme. Pero no se escuchan gritos, reacciones, puertas abriéndose con violencia. No sucede nada. Quizás solo haya sido una epifanía. Cada uno recibe un poco de miel antes del cuchillo, así es el orden de las cosas. Vuelvo a bajar la persiana, prefiero no comprobarlo.

Son las doce y veinte de la noche. Garzas, un cisne negro bailando en el centro del lago. Así eras tú escapando de la ducha sin ni siquiera dirigirme una mirada. La belleza en el exilio. Intento masturbarme, la bebida acrecienta el deseo, me toco por encima del calzoncillo, cierro los ojos, escancio garganta abajo un poco más de vino caliente imaginando que son tus besos. Deslizo la mano hacia mis bolas, me acaricio, la tengo demasiado dura, tirante, la enorme bestia ha despertado en forma de ariete hambriento, ¿eres tú la mujer adecuada, la puta adecuada? Bailamos, mi polla gruesa y tu coño prieto, un lenguaje de embestidas, de hematomas, mordiscos, gritos, arañazos; intento penetrarte con todo mi cuerpo, con sadismo, engullendo, empalando, cosificando, amarrando tus pechos a mis manos como aceite hirviendo. Tu cara mezcla dolor y placer en cada embestida, palabras duras e hirientes, tus dedos se introducen en mí. Empiezo a morir en tu agujero, aumento la velocidad y me estrello con rabia. Me corro. Me corro. Me corro. Garganta seca. Agarrotado. Por un momento todo es hermoso, brillante, dulce.

Dura poco. El brusco retroceso llena mis venas de mierda y flaccidez.

A la una de la madrugada el monstruo vuelve a despertar. Es algo enfermizo. La miro, enorme y sonrosada, enhiesta, anhelando fricción, ajena a todo, como la ciega tortuga que gira la cabeza buscando comida.

Te echa de menos.

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