miércoles, 2 de julio de 2014

Ser esclavos modernos que se dejan llevar por la danza macabra de la alienación...

Bukowski es famoso a nivel internacional por ser un gran poeta, pero aquí, producto de una consciente chapuza, solo conocemos su faceta de novelista. En uno de sus poemas decía: “Esta noche no he podido ir a trabajar, porque no podía dejar de vivir”

La felicidad, ese misterio efímero, fugaz, intangible. Esa zanahoria que nos vende entre neones de centro comercial el capitalismo. Pero no, no busques con una tarjeta de crédito algo que sólo existe en la libertad. Pero, ¿quién es libre ahora? Por definición nadie puede serlo en el capitalismo: necesitamos cada vez más dinero para sobrevivir, para ser independientes. Y para conseguir el dinero nos esclavizamos, malvendemos nuestro tiempo obsesionados con sufragar la siguiente compra compulsiva y lograr, como un drogadicto, ese pequeño subidón de adrenalina que apague momentáneamente nuestro vacío existencial. Queremos más y más, en una neurosis sin final, sin darnos cuenta que son esos mismos objetos que nos empeñamos en poseer los que nos poseen a nosotros

Podríamos cambiar las cosas, acortar las jornadas laborales a seis horas aunque eso significase bajar los sueldos, permitir a las maquinas automatizar los trabajos de cadena de montaje, mejorar las condiciones laborales, alentar la vocación, la proactividad. Pero no, no quieren eso. Nos quieren cansados. Alienados. Con miedo. Resignados. Indefensos ante el alud de publicidad que nos rodea, ante el ansia consumista, las modas y los deportes. Indefensos ante la transmutación en tuerca. Con un futuro de suicida o psicópata. Nos han vendido la idea de que la liberación de la mujer consistía en trabajar, que el trabajo dignifica, y quizás sea así en una sociedad justa y equitativa, pero en un país gobernado por miserables, donde el terrorismo neoliberal mata a sus ciudadanos privatizando la sanidad, la educación, los transportes,el país entero... con reformas fiscales y laborales diseñadas por y para los ricos, el trabajo –que ya por definición roba nuestra libertad- es, simple y llanamente, el MAL.

Por eso, cuando os vendan las cifras de paro de junio, pensar si lo que queréis es vivir en un país donde sus ciudadanos a lo máximo que pueden aspirar es a servir mesas y dar las gracias por la propina en alemán, que para eso se les ha exigido aprender idiomas. Donde hay que elegir entre ser esclavos modernos que se dejan llevar por la danza macabra de la alienación, o buscar comida en los contenedores.

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