jueves, 13 de marzo de 2014

Escribir es el eterno juego del escondite donde te acostumbras a hacer trampas aunque juegues solo.

No es sano para el hígado forzar demasiado la impostura. Pero ciertas ideas sólo se despiertan bañadas en alcohol. Como si la fláccida psique deglutiera de pronto la futilidad de la existencia y quisiera vencer durante unos instantes los dictados inapelables de la Naturaleza. Hay buenos diálogos en True Detective. Ya no me gustan los tatuajes con olor a peonías. Escribir es el eterno juego del escondite donde te acostumbras a hacer trampas aunque juegues solo. No quiero disimular más. Mis dedos exudan piedad. La piedad del suicidio. La piedad de la ira. La piedad de Sarco Lange alimentando al poema desnutrido con sal y cuervos. La piedad de una prostituta frotándose el clítoris con una piedra. La piedad de una poesía que nace con alas de vómito y cae derrotada buscando la luz. Todos anhelando el final del túnel. O de la botella.

La única forma que tengo de transformar la derrota en victoria es intentarlo otra vez. Los poemas se escriben de madrugada, cuando el mundo duerme y no hay ruidos que molesten. Cuando en la calle sólo están los locos, los borrachos, los marginados, los pocos amigos que aún te son leales. Sigo tecleando. La vida relegada. Nada importa demasiado. Ni dormir. Ni masturbarme. Ni el dinero del alquiler. Sólo importa seguir buscando una idea que no desaparezca cuando intentas convertirla en palabras. Para ello hay que violar a la musa. Follártela entre puntos suspensivos. Enfermarte de verso. Y luego marcharte como un carnicero después de atender al último cliente.

Pero hay que tener cuidado. La poesía es un asesino que te ahoga con su filosofía de vertedero. Un cuchillo enamorado de tu anemia. Un margen de mentiras aprendidas. Un atasco que provoca fiebre y se confunde con encrucijada. La poesía es la peonza rota del niño que ha quedado atrapado en el pozo. La poesía es un orgasmo ajeno que no consigues limpiarte de la cara.

Por eso hay que rendir cuentas con las hadas de absenta. Hay que rendir cuentas al oxido que embrutece tu cerebro cuando te sientas en tu sofá con olor a televisión y logros ajenos. Alguien tiene que pagar la factura de la luz. Alguien tiene que seguir adelante. Las ganas de escribir son parecidas a la arcada. A tener vocación de muesca. O tuerca. Sube conmigo. Escóndete bajo las sabanas. No te preocupes. Todos duermen. Enfoca tu coño hacia mis versos perdidos. Roe los bordes del poema. Hazte amiga de la intrascendencia. Viola sin escrúpulos nuestra jaula de otoño. El poema llora, ¿lo escuchas? Arranca sin piedad sus cuerdas vocales. Es tu muerte o la suya. No dudes. Yo lo hice y me convertí en un charquito de semen donde las musas reflejan sus risas y sus odios.

La noche se transforma en un cuadro de Van Gogh que ejerce su influencia sobre la conciencia del saber. Pero sólo el dolor puede alimentar el enjambre de efervescencia Todo bascula en un punto de apoyo podrido. Las efemérides son cucos que roban tu felicidad. Pero saber que todo es una pletórica cuenta atrás no te hace más bella. La tristeza solo está enamorada del dolor de tus pezones. Obliteración anal. En mi caso la bebida canaliza la ira. Por eso me gustaría beber eternamente –un segundo completo- de ti. Zarandearte. Violentarte. Lamerte hasta que solo fueras un rescoldo de fijaciones y sinapsis rotas. Tú quieres ser un jardín japonés. Quieres que alguien mate dragones por ti. Pero a veces hay que escribir poesía para dejar de escribir poesía.

El pájaro azul canta de madrugada. No te avergüences de su canto.

Tiene algo especial
Tragarse las pastillas
Avanzar por el pasillo a oscuras
Esperando que mi monstruo preferido
Me abra las piernas
Y me viole.

Y saber que si sucede
Mi pobre alma
Llena de cicatrices y roces subterráneos
Le gritará que siga

Que siga
Hasta que su polla
Me haga añicos
O me haga real.

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