jueves, 16 de mayo de 2013

Capítulo 31 - Vigas y Camafeo (Ana)

Siempre me he sentido culpable por ser débil. Camus escribió: “Sabes bien que nunca pienso, soy demasiado inteligente para hacerlo” Quizás ahí radique mi problema, ¿tengo ganas de vivir y ser feliz? Todo el mundo diría que sí, pero, ¿empieza el amor en una necesidad? ¿Dónde comienza la realidad y donde lo sugerido? ¿Qué es importante y que no? ¿Quien lo dictamina: la sociedad, la moral, o nuestras taras? ¿Cómo descubrirlo?

Cuando tenía quince años mi felicidad era Alicia. Nuestro cuento. Aún recuerdo la última vez que me lo contó. Las cigarras en el patio, el verano con su calor pegajoso e insoportable, mi madre obligándonos a dormir la siesta. Alicia siempre en la buhardilla, despierta, mirando fijamente las vigas.

Me tumbé a su lado, en la cama. Le pregunté –aunque ya lo sabía- que es lo que hacía. Contar las vigas del techo, contestó. Once, hay once vigas, once opciones. Son demasiadas. Habló sin pensar, apenas consciente de mi presencia. O muy pocas, contesté. A veces necesitas más para reunir el valor y hacerlo de verdad.
Me miró a los ojos sorprendida. Hubo un latido de afinidad, de cariño intenso cuando me cogió la mano. Pero no quería asustarla. Reí tontamente y le pedí que me volviera a contar el cuento de la princesa. Alicia cerró los ojos, empezó a hablar lentamente y la historia surgió de nuevo. Apretaba con fuerza su mano rezando para que continuara, para que no se percatara de mi respiración agitada, mi excitación, mi arrobamiento. Y fue entonces cuando me rendí a la evidencia: me había enamorado, sí, brutalmente, sin paliativos. Sentirla tan cerca, su perfume, el crisol de su voz envolviéndome con calidez, derritiendo los inviernos sentimentales que habían atenazado siempre mi cuerpo… sí, ahí estaba mi felicidad, en ese instante eterno.

Un par de días después Alicia volvió a mi casa. Toma, te he traído esto, cuando lo vi en un mercadillo me acordé de ti. Y puso un camafeo en la palma de mi mano. No podía creerlo, era como el del cuento, aunque solo tenía un pequeño espejo en el interior, en el lado izquierdo había un retrato muy antiguo: dos niños mirando con ojos de muerte desde otro siglo. Siempre me dieron miedo las fotos antiguas, caras vacías, sin gestos, sin sonrisas forzadas, mirando solemnes a la cámara…aunque quizás tú prefieras dejarlo.
Le pedí que me lo pusiera. Sonrió, echó mi pelo a un lado y rodeándome con sus brazos empezó a abrochármelo. Sus dedos rozaron mi nuca… estaba tan excitada. Quería abrazarla, decirle todo, que cuando estaba cerca no podía pensar, que sentía mi cuerpo ajeno, solo suyo. En un impulso me acerqué a esos labios, mi hogar, y la besé, mi primer beso, el beso más dulce que he dado en mi vida. Fue un segundo, quizás dos, pero sentí como Alicia me correspondía, como nuestros cuerpos se acercaban ansiosos. Pero entonces escuchamos la puerta abrirse. Maria había vuelto a casa. Nos separamos nerviosas. Sentí también algo más, incomodidad en su mirada. Corrí a mi habitación y no salí en toda la tarde.

¿Era lesbiana? No, me gustaban los hombres, sólo me sucedía con ella, con su físico, recordando su voz. Quizás era una exaltación sexual de la admiración que sientes en la adolescencia por alguna amiga. Quizás sufría por la distancia emocional que me imponía mi madre. No lo sé, intentaba en vano buscar una explicación coherente. Pero mis sentimientos tenían de todo menos coherencia. Nunca llegamos a hablar de ello, en parte porque ella se fue a la universidad y empezó a salir con hombres. Incluso se distanció de mi hermana, ya no había excusas para volver a vernos. Pero no volví a quitarme el camafeo jamás.

Sufrí obsesionada dos años más. Hasta que a los diecisiete conocí a Ángela. Era perfecta: el mismo pelo largo y castaño, ojos de ese verde extraño con motitas marrones. Cuando la besé con los ojos cerrados temblamos las dos. Le cedí mi cuerpo virgen, esa sensación de ser un punto anónimo suspendido en la nada, y ella me penetró con sus labios, con sus dedos arqueados, dibujando con saliva palabras de amor sobre mi piel.
Pero cuando moría en su cuello, cuando la mordía y apretaba su cuerpo contra el mío, en lo único que pensaba era en Alicia. Cuando entré en la universidad lo dejamos, no era justo para ella continuar así. No llegamos a perder el contacto, pero nunca más volvimos a acostarnos.

En la universidad lo intenté con varios chicos. Los quería, me excitaban, disfrutaba del sexo. Pero era como si algo se hubiera apagado en mi interior, como si fuera nieve que se derrite al sol de un recuerdo imborrable. Huellas en el desierto que se deshacen a si mismas. No era capaz de llegar al orgasmo. Me acostumbré a ello, siempre había pensado que había algo mal en mi interior, tampoco me sorprendía. Y aunque con Ángela si que había conseguido llegar, no volví a encontrarme con ninguna mujer que me excitase lo suficiente para querer intentarlo.

Años después, cuando regresé de Londres, volví a pensar en Ángela. Mi pobre y dulce amante. Ella lo sabía. Había visto la foto de Alicia en el camafeo cuando estábamos juntas. Incluso llegó a seguirla: quería fijarse en sus gestos, la inflexión de su voz, la ropa que usaba. Intentó parecerse a ella en todo. Pero era imposible. Sus ojos, esos ojos llenos de melancolía, vigas, dolor, llanto, de risa verde sobreponiéndose a todo, eran imposibles de copiar.

Ángela me mira ahora con una sonrisa amarga, triste. Es demasiado elegante para verbalizar su dolor. Pero sé lo que piensa: lo has vuelto a hacer, me has utilizado, sólo he sido para ti una sombra de pasión, algo prescindible, una coartada. Y tiene razón. Lo peor es que me ama. Siempre me ha amado.

La vida a veces es como un puzzle de sentimientos en el que todos perdemos y nadie consigue encajar. 

Fin capítulo 31.

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