miércoles, 1 de mayo de 2013

Capítulo 22 – Mariposas y Pezones (Alicia)

Después de estar varias horas hablando con Natalia y Mario no hemos conseguido llegar a ninguna conclusión. Me duele la cabeza de pensar en ello, es como un puzzle al que le faltan demasiadas piezas y resulta ya imposible completar.

Por un lado tenemos a la Ana que yo conozco, una chica tímida, callada, tal vez algo excéntrica, muy discreta con sus relaciones. La misma imagen apocada que tienen sus padres, la misma mujer que conoció Natalia en el hospital, y Mario aquel primer fin de semana.

Luego está la otra, la sospechosa de asesinato. La policía ha encontrado sus huellas en la habitación donde murió Peter, de hecho la vieron subir sola con total normalidad a esa misma habitación la tarde anterior. Peter fue encontrado desnudo, atado a la cama: había muerto asfixiado. ¿Fue un accidente, entró otra persona en la habitación? Aunque hubiera sido ella, ¿por qué no entregarse? Cualquier jurado se mostraría clemente una vez se conocieran los detalles del caso, desaparecer es contraproducente. Y ella no es estúpida. Y siguiendo esa línea de razonamiento, ¿por qué no ha contactado con sus padres? ¿Está retenida, secuestrada? No, tampoco resulta coherente, ayer paseaba con Mario por el centro de Madrid con total tranquilidad.

Y volviendo a eso, ¿por qué venir a su casa y drogarlo? ¿Había dejado algo importante escondido y necesitaba recuperarlo? Según Mario esa noche parecía una mujer totalmente distinta: la conversación, los gestos, la ropa, el maquillaje, la forma de moverse... Todo. Quizás la experiencia en Londres sacó a la luz un trastorno de identidad disociativo, la hizo desarrollar otra personalidad más agresiva que surge en momentos de estrés o miedo.

Lo que ninguno menciona -y es lo que más temo-, es que tal vez esta sea la verdadera Ana. Me siento frustrada, inútil. No tenemos ninguna pista.

Antes de irnos Natalia habla de una fiesta fetish que se va a celebrar este viernes en Madrid, cita ineludible para los amantes del BDSM porque es la única que se celebra en España. Ana siempre se ha relacionado por internet con mucha gente amante del fetichismo, si asistimos quizás podamos descubrir algo, encontrar a alguien que sepa algo de ella. Mario se ofrece a ir conmigo pero me advierte con una sonrisa que hay un estricto código de vestuario: corsés, látex, uniformes… maldita sea, esta vez los tacones no van a ser suficiente.

Llegamos a casa de Miguel ya de noche. Estoy agotada. El dolor de cabeza se mantiene. Miguel hace un mohín pero no quiero cenar, solo quiero irme a la cama y acostarme. Nada más taparme con la manta –es un abril extraño- caigo dormida.

(…)

Me despierto asustada. No sé cuantas horas han pasado. Miguel está a mi lado, parece que he gritado en sueños y le he despertado. Le miro sin conseguir despojarme del todo de la pesadilla. A veces son tan reales... despierto sintiendo todavía el temblor bajo mis pies, los golpes de los cascotes, el cuchillo frio en mi garganta. Le abrazo. Siento su respiración agitada, su corazón latiendo cada vez más deprisa. Le miro. Hay tanta ternura en sus ojos... No estoy acostumbrada. Algo se remueve en mi interior. Ignoro a mi parte racional gritando que es una pésima idea y me dejo llevar. Le beso. Un simple roce.

Pero mi cuerpo reacciona ansioso: necesito más, hace demasiado tiempo que no noto un cuerpo estremeciéndose entre mis brazos, el calor inundándolo todo. Le vuelvo a besar, esta vez apasionadamente, le muerdo el labio, nuestras lenguas inician un baile frenético. Noto su peso encima de mí, rodeo su cintura con mis piernas desnudas. Me quita la camiseta y empieza a acariciarme, miles de terminaciones nerviosas despiertan como faros de luna en la tormenta. Han estado dormidas toda una vida. Cuando se acerca a mis pezones siento que voy a morir, que podría morir justo en ese instante. Entonces se detiene. No pares, suplico. Le miro mientras sonríe. Supongo que tener cierto poder a estas alturas le excita. Pellizca mis pezones con su aliento mientras me acaricia con la mano el arco que ha formado mi espalda, puente perfecto para dejarse llevar y caer. Su mano sigue bajando y me arranca febrilmente las bragas, sus dedos se pierden dentro de mí…

Miguel: (Sonríe) Estas inundada…

Desliza sus dedos clitorianos y los saca brillantes, los chupa, los vuelve a deslizar y me los da a probar. Me besa, y el sabor un poco salado se mezcla con nuestra saliva. Joder, me excita tanto sentir mi propio sabor… Sigue mordiéndome los pezones y las heridas desaparecen, las cicatrices se difuminan, el pasado es un vago recuerdo que se desvanece arrastrado por nuestro sudor. Todo vuelve a cobrar sentido.

Su lengua entra en mí, el clítoris se hincha alrededor de sus dedos, dedos largos que me penetran junto a su lengua como si fueran raíces buscando agua. El escenario alzándose sobre el mundo, altar hedonista de carne, mi orgasmo naciendo y muriendo en tu boca, llegando media vida tarde a su primera cita con él.

Sube y me lame el cuello, se entretiene en los lóbulos de las orejas. Le muerdo en el hombro derecho y se acerca aun más. Sin quitarse los pantalones empieza a empujar, el roce de su polla dura a través de la tela me excita. Me hace esperar, hasta que ansiosa suplico. Quítate los pantalones, susurro. Se los quita y me penetra. Noto un latigazo que va desde la nuca hasta el punto que nos une, mis contracciones abrazan su polla hasta que somos casi uno. Sigue follándome, no pares. Dime que me quieres -casi ordena-, aunque sea mentira. Te quiero. Me sorprendo a mi misma convencida de que es cierto, de que en ese jodido instante perfecto le amo. El aire vibra con destellos de riesgo, me puebla, busca un hogar en mi coño y yo me arqueo totalmente a su pasión.

Se gira y me deja cabalgarle, que marque el ritmo. Me lo tomo con calma, quiero disfrutarlo, me siento ligera, alegre, poderosa, maravillada por el momento. Empiezo a acariciar la base de su polla con movimientos circulares. Noto como se estremece dentro de mí. Quiero tener un orgasmo lento y largo. Cuando llega acelero, mi espalda se curva, mi pelo acaricia sus hombros. Le suplico que me folle toda la vida, que practiquemos hasta que mi cuerpo sea el mapa que le guie, hasta que ame cada una de mis imperfecciones. Entonces me agarra las caderas, se aferra firme a mi culo, y ya no hay ni un milímetro que separe nuestros cuerpos, ya no caben ni las palabras, así que me las susurra al oído volviéndome loca. Nuestra carne humea incandescente, se funde en un perfecto y jodido milagro, en un puto guiño a los dioses paganos, como una bomba atómica explotando en el desierto, como un bucle de infinita obscenidad. Miles de descargas recorren mis piernas, no puedo mantenerme erguida.

Entonces sale completamente, me pone de espaldas, tumbada en la cama, agarra mis caderas y las eleva. Quedo a cuatro patas. Me penetra sin preliminares. Dolor. No. Placer. Y dolor. Me gusta ese dolor. Mis pechos asfixiados entre mi cuerpo y el colchón. Mi culo es suyo, le suplico que lo posea, que me lo folle con violencia. La saca y me la vuelve a meter sin avisar. Pego un pequeño grito y aprovecha para meterme los dedos en la boca. Juega con mi lengua, me penetra con ellos... los saboreo como si practicase una felación.

Sigue entrando y casi saliendo de mi cuerpo. Joder, me gusta demasiado. Gimo cada vez más fuerte. Eso le excita, mantiene el ritmo, follándome rápido y duro. Joder, me corro... Aumenta la fuerza de las embestidas, mis codos ceden en pleno orgasmo, mi cara se aplasta contra la almohada. Observo su mano ante mis ojos, el anillo en el pulgar. Me mete los dedos de nuevo en la boca. Chupo, muerdo. Escucho cómo cambia su respiración. Saca los dedos y me pellizca los pezones. Joder. Si me pellizcas los pezones seré tuya para siempre, gimo. Me besa el cuello, me mordisquea. Tengo otro orgasmo brutal, largo, dulce, de un placer desinhibido. Él también se corre, como si fuera un poema, un enorme océano de amor derrumbando sus olas sobre mí, llenándome de espuma mientras susurra “te quiero”. Se echa a un lado y me abraza.
Miguel: Ya las amo.
Alicia: ¿El qué?
Miguel: Tus imperfecciones…
Cierro los ojos, acaricio su pecho. Soy feliz.

Cuando despierto no está. Me levanto nerviosa. Joder, no se ha podido marchar, él no. Le encuentro en la cocina preparando café. No se gira a mirarme cuando entro.
Alicia: ¿Me evitas?
Miguel: Ahora es cuando desapareces, Alicia. 
Alicia: No, ahora es cuando desapareces tú.
Miguel: (Girándose y mirándome a los ojos) Yo no pienso ir a ningún sitio.

Fin Capítulo 22.

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