miércoles, 10 de abril de 2013

Capítulo 3 - Tórtolas (Alicia)

Hoy he visto agonizar a una tórtola turca. Creí que estaba muerta cuando la he visto a través del cristal del patio del que no tengo llave. Se perdió en aquella mudanza después del naufragio. Todo acabó pudriéndose, alargándose más de lo necesario, más allá de lo razonable. Cuando se marchó creo que se llevó la llave. Nunca se la pedí. Sabía que me gustaba sentarme bajo el olivo, con la espalda apoyada en la corteza rugosa. Me sentía en una absurda pecera, rodeada de cristal. Supongo que por eso se la llevó, por joderme, por robarme aquel pequeño placer que no compartía con él. No sabe que me da igual, desde que se marchó nunca he sentido ganas de acariciar de nuevo a mi olivo.

Hoy sí me hubiese gustado tener la llave. Me jodía tener allí aquella impostora de paloma muerta. Pero de repente la he visto retorcerse. Las moscas la atacaban y ella a cada ataque respondía con una especie de movimiento convulso, intentando incorporarse. Poco a poco ha ido cediendo. A veces ves cosas que te hacen daño, que duelen como si te arrancasen el corazón, pero no puedes evitar seguir mirándolas, en una especie de morbo masoquista.

Eso me pasa con él, lo mismo, igual que con aquella tórtola moribunda. Cada noche le veo morir un poco, retorcerse, arrancarse pedazos de carne. Dentro de poco podré ver el hueso. Pero no puedo evitar seguir observando. Cuando escribe sobre sus ex, sobre esa zorra desalmada que le ha dejado, o sobre aquella que le dijo que no tenía metas. Eso me suena. No tienes metas, lo que pasa es que no tienes metas, me dijo él poco antes de marcharse con la llave del patio. Le leo sin poder evitarlo, sin poder apartar la vista. Es como ver un tren acercándose a la curva desde la que observas a demasiada velocidad, tener la certeza de que descarrilará, llevándose tu cuerpo por delante y no poder mover los pies, ni apartar la mirada. Me gustaría abrazarle, calmar su dolor, evitar que se siga desangrando. Como a la tórtola. Pagaría por poder atravesar ese cristal, acariciar su cabeza y decirle que no se preocupe mientras acabo con su sufrimiento.

Ojalá pudiese hacerlo, pero no tengo la puta llave. Maldito cabrón desalmado.

Anoche le mandé un mail. Quisiera no haberlo hecho. Pensará que estoy loca, seguro que ni contesta. Soy demasiado absurda. Le estaba leyendo, casi notaba el dolor goteando por las costuras, atravesando la puta pantalla del ordenador, esa que me une a él y a la vez me separa, cayendo en mis piernas, resbalando por mis muslos. Sólo quería abrazarle, acariciar su nuca y decirle que todo iría bien, que yo acabaría con su sufrimiento. Cerré el portátil de un golpe, me puse las zapatillas y salí a caminar.

No le gustaba que caminase sola. Era peligroso, decía, tú por ahí de noche sola, la presa perfecta. No le gustaba que hiciese nada sola. Temía creo a mi vida aparte de él, a mi pasado. Una vez le dije que me había encontrado con Ricardo, mi primer novio. Se removió nervioso en el sofá y me preguntó qué me había dicho. Nada, que es feliz, que tiene tres niños, que la vida le trata bien (jodido cabrón, esas fueron las palabras exactas que utilizó, absolutamente seguro de que a mí no me trataba tan bien, yo me despedí con una excusa y evité confirmar sus sospechas), y te manda recuerdos. Habréis tomado café o algo, ¿no? No. Sí, claro, tal y como es Ricardo va a dejar pasar la oportunidad de tomar un café contigo. Yo callé, sin contestarle que yo tampoco hubiese dejado pasar esa oportunidad si fuese feliz, sólo para recordarle que lo era sin él. Pero no así. No podía dejar que supiese lo jodidamente infeliz que era.

Caminé hasta el cementerio. Me gustaba ver la sombra de los cipreses recortándose a la luz de las farolas. “Dame un cigarro”, dijo una voz a mi lado. Yo pegué un saltito y me giré asustada. Era sólo un crío, joder. Mierda, consiguió convertirme en un puto ratoncito asustado con tanta advertencia. “No fumo”, contesté. Y un “y tú tampoco deberías” se quedó balanceándose en mi lengua. Coño, seguro que ya tiene una madre que se preocupe. Y volví sobre mis pasos.

Comercios con carteles de se traspasa, locales vacíos donde antes habían bancos, o fruterías. El Acuario ha cerrado, pensé al pasar y ver la persiana bajada y ni rastro de la eterna terraza. Un par de furgonetas y un coche azul ocupaban el lugar de las mesas. Tendré que buscar otro sitio donde tomar café antes de ir a las entrevistas de trabajo. Y el pensamiento me hizo reír. Mierda, entrevistas de trabajo. Tengo que dejar de perder el tiempo leyendo ese blog y cada puto comentario. Necesito buscar trabajo. Y seguí por la acera silbando una canción de Marea.

Cualquiera que me vea pensará que soy jodidamente feliz. Ojalá me encontrase ahora a Ricardo, podría mentirle sobre lo afortunada que me siento. Ahora no me pondría a llorar al hacerlo, seguro.

Abrí el buzón. Publicidad de un Kebab y de una pizzería con un nombre muy español y un menú muy… muy chino. Un par de facturas. No las abriré. Me niego a saber que no tengo seguro del coche por impago. Si lo sé con certeza conduciré como una abuelita asustada y seguro que me paran. Prefiero seguir sospechándolo. Hasta para eso soy cobarde.

¿Por qué mandaría aquel correo? Autoflagelación. Cuando no te conteste y veas que ni existes para él dolerá demasiado. Es como mutilarse. Como negarse a comer cuando el estómago parece que se ha dado la vuelta y ya ni grita, cuando empiezas a sentir los mareos. Igual, pero menos visible, menos preocupante. La gente puede vivir sospechando que te haces daño a ti misma, haciendo como que no lo ven. Pero si tienen la certeza se ven en la obligación de actuar, o de fingir que no lo ven. Supongo que es más molesto, lo toleran peor. Mi madre puede verme jodidamente triste mientras coma. En eso ni un puto paso atrás, aunque haga veinte años que me dieron el alta, o casi. Pero de algo así nunca te curas, y ella sospecha que aun a veces cuando me peso siento ganas de… de volver a aquello, de regresar al puto infierno con tal de no pasar esa barrera que me he marcado mentalmente. Nunca te curarás del todo, siempre serás una enferma. Eso me dijeron. Me temo que les creí.

El puto mail sigue dándome vueltas en la cabeza.

Querido desconocido:

Quiero abrazarte, alejar todos tus demonios, salvarte de ti mismo. Me salvaré a mí contigo. No tendrás que hacer nada. Sólo dejarme estar a tu lado. Escribe sólo para mí. No te desangres en público. Ella te lee, ¿no te das cuenta? Hay mil formas de mutilarse, de auto infligirse dolor. Esta es la tuya. Pero creo que no te has dado cuenta del poder que le das, de cómo sigue manejándote. O sí, pero quieres que observe el dolor que causa. No lo merece. Nadie lo merece. Déjame que te abrace, hasta que mi cuerpo te sirva de almohada. No pido nada a cambio. Sólo leerte. Leerte yo sola.

Pero hay algo que debes saber. Nunca follaremos. He follado, claro. Lo he hecho muchas veces. No me gusta, nunca me gustó. No entiendo tanta literatura por algo tan banal, tan… vacío. A veces me he divertido, algo muy leve. Como ir a comprar el vestido perfecto y volver a casa con una camiseta gris. Sí, está bien, pero no es lo que esperabas. Eso es el sexo. Nunca fue lo que esperaba. Así que decidí dejarlo. Nunca más me sentiré decepcionada. Nunca más la puta camiseta gris, ni el premio de consolación. No vale la pena el esfuerzo, ni las expectativas. Nunca más.

Sé que te encanta el sexo (aunque no entiendo bien por qué tanto interés), y no sé si podrás pagar un precio como el que pido. Te ofrezco una vida feliz, lo que quieras. Pero nunca follaremos.


No pensaba enviarlo. Tengo miles de mails parecidos, mejores, con las metáforas perfectas, esas que tanto le gustan. Nunca los he enviado. Pero anoche sentía esas ganas de abrazarlo, de protegerlo, de borrar todas las cicatrices con mi lengua… Que mandé el puto mail, hablando de vestidos y camisetas. Ahora además de pensar que estoy loca pensará que soy imbécil. Perfecto, sencillamente perfecto. Por eso no contesta. O tal vez se fue a la bandeja de Spam. Sí, eso es. Sí, sigue mintiéndote, absurda. A ver si te crees que ayuda.

Puta autoestima. Puta nula autoestima. Cuando conseguí recuperarla un poco llegó él. Y a la mierda todo. A la mierda todas las horas de psiquiatra. Y encima se lleva la puta llave… Aun le odio. Ahora tendré que ver cómo se descompone la paloma. Ah, no, es una tórtola. Ya casi ni palomas quedan.

Fin del capítulo 3.

A Murder of One by Counting Crows on Grooveshark