viernes, 12 de abril de 2013

Capítulo 4 - Unidad Psiquiátrica (Alicia)

Hoy he tenido que ir al hospital, reconocimiento rutinario de mi padre. Siempre me ha resultado curioso cómo sobreviene la vejez. En muchos casos no es algo gradual, no te das cuenta de que los años hacen mella poco a poco. Mi padre era joven. Él se creía joven. Todos le creíamos joven. No conozco a nadie más sano, ni más fuerte. Ni una puta aspirina en toda su vida. Y de repente su corazón se harta y dice basta. Sobrevivió, sí. Pero aquel anciano que salió del hospital no se parecía en mucho a mi padre. Se ha recuperado, vuelve a estar activo, pero cada día necesita más pastillas. Colesterol, azúcar, tensión... De repente su cuerpo se vino abajo, a la mierda el equilibrio. Dos veces había visto llorar a mi padre, dos. Ahora llora a diario. Cada vez que cuenta algo mínimamente emotivo es incapaz de reprimir las lágrimas. Da igual si habla de su infancia o de una familia desahuciada. Lo cuenta todo entre sollozos. En aquel quirófano quedó una parte de él que no recuperará. Ya no es imbatible, se sabe débil y humano. Se descubrió mortal, y el miedo le atenaza.

A mi también me atenazó el miedo cuando me quedé sola. Le creí, creí que nadie más me podría querer, que era un monstruo. Pensé que seguiría para siempre sola. No me parecía tan terrible la soledad, era mil veces mejor que estar acompañada por alguien que te hace sentir tan pequeña que piensas que vas a desaparecer. Pero nunca desaparecía, nunca ocurría. Día a día me levantaba y todo seguía allí, yo seguía allí. Sentir que no hay nada en este puto mundo que valga la pena, que te pertenezca, y seguir cada día en él me desconcertaba.

Aun así no lloraba. No tenía ganas de llorar, para qué, si no le quería mucho antes de que se marchara.

Antes de marcharse me dejó una piedra extraña en la mesilla, al lado de la cama. La gente hace cosas extrañas, sin sentido continuamente, pero luego no soportan tus pequeñas rarezas, tus manías. Yo guardaba piedras de cada lugar que había visitado. Piedras en cajas, en baúles, en maletas. No sé si la dejó de recuerdo. Cuando se marchó limpié la casa, tiré sus recuerdos, que ya no significaban nada, yo, que todo lo guardo, sólo sentía urgencia por limpiar cualquier vestigio de su paso por mi vida. Puse la piedra con una de sus camisetas y la tiré al contenedor de la ropa, para que luego revendiesen su recuerdo en cualquier mercadillo a un euro.

Después de que se marchase, dejando la pecera cerrada para siempre, y la piedra en mi mesilla, conocí a un escritor. Perfecto, sencillamente perfecto. Escribía al amor. Era romántico, apasionado. Yo prefería no creer en palabras. Me lo tomaba como un puto juego. Le daba interés a mi vida, vacía y sin el férreo control de repente. Vivía convenientemente lejos. Mejor, pensé, así acabará antes de empezar, antes de poder darme opción a ilusionarme y caer de bruces. Pero él seguía perfecto, siempre la palabra exacta, siempre verbalizando aquello que yo era incapaz de pensar con claridad siquiera. Cruzábamos mails, me llamaba a diario. Nunca me pidió una foto. Y el desinterés me desquiciaba, sinceramente. Joder, no soy tan horrible, puedo mandar una foto mía, sin recurrir a fotos ajenas o excusas estúpidas. ¿Por qué coño no me pedía una foto? No necesito verte para saber que quiero estar contigo. Y sí, me da la risa sólo de escucharlo, suena a telenovela cutre. Pero entonces me hacía alguna pregunta, como si valorase mis conocimientos, mis opiniones, o me escuchaba atentamente, y me decía que era muy inteligente, que tenía un cerebro muy atractivo, que se follaría mi cerebro. Y claro, yo conocía a los follaalmas, esos que hablan de comunión espiritual mientras intentan bajarte las bragas, pero lo del cerebro me sorprendió, me pilló desprevenida.

Y de repente empezó a planear una vida conmigo. Íbamos a ir a Londres juntos, me iba a hacer de guía. O mejor te llevo a Austria. ¿A Austria? Claro, tengo familia allí, no tendremos que pagar alojamiento ni comida, y de paso te los presento. A la mierda todas las alarmas y defensas. Me empezó a hablar de buscar un trabajo, de mudarme. Y yo, en lugar de decir que frenase, que aquello no era posible… Me acoplé a su velocidad. Creí en ese viaje, en una vida juntos. Olvidé que sabía manejar las palabras a su antojo, que era a eso a lo que se dedicaba, a elegir las palabras, y que podía convencerme de cualquier cosa. Le creí. Hace falta ser gilipollas. Nunca creas a nadie que habla de esa forma del amor, jamás. En el colegio deberían darnos clases de autodefensa emocional, en lugar de tantos conocimientos inútiles. Hay cosas básicas para la supervivencia que no vienen en ningún libro, menos en los libros de texto manipulables, donde la historia se reescribe convenientemente según quien decida los planes de estudio. Somos tan manejables…

Planeamos vernos, parecía lo más lógico, y él seguía hablándome de futuro, de niños en parques, de noches llenas de besos.

Nos vimos, al fin. No habíamos hablado de ello (¡qué romántico, pensé, no me habla de sexo!, mientras mi otra yo pensaba que no le interesaba lo suficiente como para planteárselo siquiera) pero follamos.

Después la magia se diluyó. Mi velocidad no era la adecuada. Mis defectos ya no eran encantadores, mi cerebro nunca fue maravilloso, supongo.

No me escribió ni una puta página. Él, que escribía sobre desconocidas en estaciones, no me escribió ni una maldita línea.

Al final casi tuve que empujarle a que me dijese que se había enamorado de otra y fin. El puto fin. A ella sí le escribió. Claro. Lo leía en su blog, lleno de cartas de amor a ella, de burbujas creadas para ellos dos, aisladas del mundo, lejos de lo que les pudiese dañar.

Y entonces sí lloré. Lloré tanto que no podía abrir los ojos. Lloré de desamor, de rabia, de saberme menos que nada. No culpes a quien te olvida, cúlpate a ti por no conseguir ser inolvidable. Eso leí una vez. Mierda de sentencia de muerte, mierda de frase. ¿Por qué coño recuerdo eso y no el nombre de aquel amigo de la facultad que pensé buscar años después? Memoria selectiva, selectiva negativa.

No volveré a follar jamás. Simplificar. No valía la pena complicarse por una camiseta gris.

Fingí madurez, cordura, mientras recogía los pedacitos de las paredes, el techo, el suelo. Alicia decorando el cuarto. Gaudí hubiese estado orgulloso.

Me alejé, dolida a un rincón, desde el cual observar su felicidad, para arrancar las costras a las heridas y conseguir que no curasen jamás. Necesitaba mantener el dolor. No lloraré más. No así. Necesitaba recordar la sensación de mierda, el dolor, la vulnerabilidad… Necesitaba recordar que me hirió de muerte, dejando un témpano de hielo donde solía estar mi corazón. O una puta piedra. Sí, mejor eso, una puta piedra.

Unidad de hospitalización psiquiátrica leo mientras espero que mi padre salga de una de sus pruebas, y me siento a comer galletas con cacahuetes en las sillas que hay justo enfrente de la puerta. Todo parece muy aséptico, muy poco desequilibrado. Un niño se suelta de la mano de su padre e intenta entrar. Empuja, golpea, mientras su padre esboza un leve “no hagas eso”. Salta para ver a través del cristal. ¿Sabrá qué es este lugar? ¿Intuirá qué tipo de pacientes hay al pasar esa puerta bien cerrada? No creo que nadie lo sepa. Nadie sabe con certeza qué hay en cada ser que habita esas camas. Imagino de repente al pequeño saltando y viendo su yo adulto a través del cristal. Cualquier niño que se conociese ya de adulto, pensaría que había enloquecido. Pocos se reconocen en el niño que fueron. Dudo que el niño que fuimos creyese que estamos muy cuerdos. Se abre la puerta y sale una enfermera, que al ver al niño golpeando finge apenas una sonrisa. Sus ojos vacíos no sonríen.

Miro de nuevo el correo en el móvil, como forma de castigo, por haber sido tan ilusa, por creer que él me contestaría, por enviarle aquel maldito mail. Nada. Nada. Nada.

Estará demasiado ocupado escribiendo para ella, arrancándose la piel. O follando con alguna puta que no escriba mails incoherentes. O… en la bandeja de no deseados, tal vez como nunca le había escrito no fue a la bandeja de entrada… Serás imbécil. Ilusa, sigues siendo una ilusa.

“Alicia, deja ya el móvil, te estaba buscando. ¿Psiquiatría? Alicia, por favor, no te acerques. Tú no… Tú nunca… “, dice mi padre con la voz ya quebrada y los ojos llenos de lágrimas. Joder, ¿dónde se quedó mi padre? Aquel quirófano, los días en cuidados intensivos,… ¿pueden cambiar tanto a alguien? No, es el miedo, el puto miedo, que nos machaca, nos condiciona, nos vuelve ridículas sombras de lo que fuimos, de lo que pudimos ser.

“Joder papá, ni me había dado cuenta”, miento, y me alejo mientras escucho tras de mi los saltos del niño, mientras una lejana letanía sin alma le repite “no hagas eso”.

Fin del capítulo 4.

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